
Melolagnia
Alondra Alvarado · Completado · 100.2k Palabras
Introducción
Helena Jacov es una chica de desendecia polaca de apenas 19 años de edad, la vida la ha llevado asta donde está. Trabaja de prepago. En su corta vida se ha encontrado con todo tipo de cliente, menos con un loco psicópata que le desagraden los gemidos.
¿Qué tan difícil puede ser no emitir sonido?
Todo cambia cuando Helena suelta sin querer un pequeño sollozo de placer.
Capítulo 1
—¿Está todo listo? —preguntó tajante apenas salió de la importante junta nocturna de la que había sido partícipe.
—Si señor, la chica lo espera en su casa. —Alexander Vance como era conocido en la élite de los CEOS, se aflojó el amarre de su corbata y entró al auto conducido por su chofer.
—Quiero ver una foto —le pidió a su asistente quien lo acompañaba en el mismo auto.
—Se llama...
—No me interesa su nombre —dijo con desdén tomando la foto de la chica rubia.
Alexander sonrió y devolvió la foto.
—Es perfecta. —Después de un largo día de trabajo Arnaut se encargaba de contratar alguna mujer para su jefe y la llevaba a su casa para que pudiera tener sexo con ella. Ya se había vuelto una rutina, aún que el acto sexual como tal no era la razón principal de su obsesión de tener siempre alguien con quien estar.
Silencio, es lo que más lo llenaba de placer, eso y ver como cada una de ellas luchaba contra su instinto, uno tan básico como comunicarse a través del sonido, su sed de sexo era solo la punta del iceberg de todo lo que escondía, y pobre de aquella que no pudiera darle lo que el pedía.
Arnaut aún recordaba a la pobre chica, Irene, no había olvidado su nombre, esa noche Alexander había estado con ella, todo parecía estar bien con sus respectivas reglas, no besos, no sonidos, ni caricias, solo su placer propio, pero nada salió como había previsto esa noche, apenas Alexander Vance había llegado al orgasmo, Irene gimió equivocadamente al llegar al suyo.
Vance paró toda acción mirándola con furia, con brusquedad la tomó del brazo y la volteó. En su mirada se podía notar el temor. Primero fue una bofetada que hizo sangrar su labio, Irene gimió de nuevo solo que ahora de puro dolor, Alexander la cargó sobre su hombro y la llevó hasta el sofá donde la obligó a inclinarse mientras el la azotaba varias veces.
Jamás quiso regresar de nuevo después de eso, ella solo había sido una de las pocas mujeres que desobedecieron sin querer a Alexander, otras más solo hacían su trabajo y se iban. Aunque los golpes eran algo que sabían que podría pasar, jamás pensaron que sería por enojo real y no porque estos le causaran algún placer, lo cual no era el caso.
Ante el ojo público su fetiche era un secreto, para la sociedad él era el respetable Alexander Vance, el CEO más importante en Londres y el soltero más cotizado. Incluso para Arnaut, su asistente, era un misterio el acto sexual que practicaba su jefe, ¿A quién podría molestarle que su pareja sexual gozara y que lo demostrara con sus gemidos? Claramente ese alguien era Alexander.
Nadie nunca imaginó lo que realmente escondía el CEO de Gold In. Hasta que ella llegó a su vida.
.
.
.
Unas horas antes
—¿Tienes muchos clientes hoy?
Helena soltó un suspiro y negó mientras se ponía crema en su cuerpo semi desnudo, delante de Leyna su amiga y roommate.
—Ha estado un poco tranquilo, en estas fechas todos quieren ser fieles o no tiene suficiente dinero para pagar una prepago. —Bufó mientras se vestía.
—No podemos darnos el lujo de estar sin trabajo o bajar nuestra cuota, apenas si nos queda dinero para las compras y el alquiler, Bruno se queda con todo nuestro dinero. —Helena asintió en respuesta. Aún sin clientes tenían que pagar solo por dejarlas trabajar, era un robo, lo sabía, pero que más podía hacer si tenía una deuda que pagar.
Empezó a maquillarse en silencio. No le gustaba pensar en la miserable vida que llevaba. Leyna caminó hacia el armario escogiendo un vestido corto y botas largas.
—¿Dónde te veré después de tu turno? —preguntó la azabache viéndose por última vez al espejo.
—No lo sé, me toca con un señor muy importante según me dijeron las chicas. —Helena se encogió de hombro restándole importancia sin notar la mirada curiosa de Leyna a su espalda.
—¿De quién se trata? —Helena se puso pensativa tratando de recordar el nombre.
—Alexander... Vance, creo. —Su amiga abrió sus ojos, sorprendida, ella notó su semblante y se preocupó un poco
—Tranquila no es nada malo solo es que hablan cosas extrañas de él.
—¿Extrañas? —preguntó curiosa.
—Jamás he ido a unos de sus servicios pero según lo que dicen por allí es que el tipo tiene gustos extraños, no le gusta que lo toquen o besen y mucho menos que emitan algún sonido ¿me entiendes? —Helena sonrió.
—¿Solo eso? —Se puso de pie y con tranquilidad empezó a ponerse el vestido rojo y corto de holán que ese día usaría—. Gracias a Dios que solo querrá follar y ya. ¿Sabes el asco que me da que quieran que los bese y que me queje hasta que la garganta me duela? Es tan asqueroso y fastidioso, más cuando no sientes ni si quiera un poco de placer al estar con ellos.
Leyna sonrió con nostalgia y palpó su hombro, al menos tenía el consuelo de que eso no fuera problema para su amiga.
—Llámame cuando termines y nos veremos para cenar. —Helena asintió tomando sus cosas antes de despedirse.
La rubia salió de su edificio con un poco de prisa mientras se peinaba en el camino rumbo a su trabajo.
—¡Hola! —la voz y sonrisa de su vecino la hicieron parar—. Oye no sé si sepas quien soy...
Helena le sonrió en respuesta y asintió, claro que sabía, él era Addam, el chico lindo y amable del 5a.
—Addam. —Él sonrió asombrado—. Así te llamas ¿no? —Helena dijo fingiendo no estar segura, no quería que pensara que sabía todo de él, cuando hasta ese momento habían cruzado palabra, se vería como una acusadora.
—Pensé que no sabrías mi nombre... Helena. —La rubia asintió mirando al piso. Addam rascó nervioso su nuca y no supo que más decir, Helena era preciosa, como ninguna otra chica que el haya visto y cuando esa tarde se propuso hablarle por primera vez no creyó que llegaría tan lejos, incluso pensó que la hermosa chica del apartamento 7b jamás le regresaría el saludo, pero ahora estaba frente a ella con su atención puesta en su persona y con los nervios a flor de piel.
Helena desvió la mirada al notar a Layna en la puerta del edificio, mantenía su celular en la oreja, ayudándose a sostenerlo con su hombro, mientras le señalaba el reloj de su muñeca y le dedicaba una mirada reprobatoria. En ese momento se despabilo recordando que tenía que irse ya o podría irle muy mal.
—Perdón Addam, pero tengo que irme, luego platicamos ¿Si? —Sin pensar Helena dio un paso hacia él y besó tiernamente su mejilla, no dijo nada más y siguió su camino, mientras el chico a su espalda sonrió como un tonto enamorado sin creer lo que había pasado. Juró en ese momento que jamás iba a volver a lavar su rostro..
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#90 Capítulo 90 fin
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Última actualización: 2/6/2026
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