Capítulo 1 Un café caliente y un humor de perros

Helena

Si la belleza fuera un pecado, Timothy Blackwell tendría un pase directo al último círculo del infierno de Dante.

Lo miré mientras entraba a las oficinas de la Cervecería Wings. Un metro noventa de hombros anchos envueltos en un traje azul marino hecho a medida, casi diría que lo cosieron en su piel, el cabello negro como el ala de un cuervo perfectamente peinado hacia atrás y esos ojos azul acero

que, si te descuidabas, podían congelarte la sangre a diez metros de distancia. Tenía labios de muñequito, de esos que parecen diseñados para besar con delicadeza, pero que él solo usaba para escupir órdenes y humillaciones.

Porque digamos las cosas como son, ¡Es un verdadero hijo de puta! y yo soy su adorable y conciliadora asistente, ama de llaves, cocinera y niñera personal.

Miré mi reloj: 8:00 a.m. en punto. Mi tortura diaria acababa de comenzar.

Vamos, Helena ¡Fighting!

—Cadwell —soltó sin siquiera mirarme, su voz era un barítono profundo que vibraba en mi pecho a pesar de mi resentimiento—. Si ese café no está a setenta grados exactos sobre mi escritorio en los próximos treinta segundos, puedes empezar a buscar trabajo en una cafetería de mala muerte, porque será el único lugar que te contrate tras mi referencia.

Apreté los puños bajo el escritorio. Buenos días para ti también, pedazo de animal, pensé. Pero mi sonrisa profesional, esa que había aprendido con el tiempo, se mostró en mis labios rosa palo.

Respira, Helena, todo tiene su razón de ser y eso hice, respirar y fingir como lo había hecho todos estos años.

—Está en su escritorio, señor Blackwell. Sesenta y cinco grados, para ser exactos. Sé que le gusta que se enfríe mientras revisa el informe de producción —respondí con mi mejor cara de asistente que no quiere cometer un asesinato y la satisfacción de haber hecho lo correcto.

Él se detuvo en seco frente a la puerta de su oficina y giró lentamente. Me recorrió con la mirada, desde mis zapatos planos hasta el chongo algo desordenado en mi cabeza. Sus ojos se entrecerraron.

—¿Te pagan por pensar o por obedecer? —dio un paso hacia mí, invadiendo mi metro cuadrado. Olía a sándalo, éxito y a un ego tan grande que apenas cabía en el edificio—. No me gustan los subordinados que intentan adivinar mis preferencias. Me gustan los que hacen lo que se les dice.

—Llevo tres años siendo su asistente, cocinera y niñera, señor —le recordé, manteniendo la mirada y aguantando la rabia—. A estas alturas, no adivino. Sé que si el café está a setenta grados, usted se quema la lengua y me culpa del cambio climático.

Hubo un silencio tenso. Vi una pequeña vena palpitar en su sien. Timothy Blackwell era el hombre más cruel del planeta, y yo era la única que se atrevía a devolverle los golpes…verbalmente, claro.

—El informe de ventas de la nueva cerveza Dark Wing —dijo ignorando mi comentario—.Tiene errores.

Joder y ahí vamos…

—¿Errores? Lo revisé tres veces anoche antes de salir a las once de la oficina.

Él sacó la carpeta de su maletín de cuero y la lanzó sobre mi escritorio con un golpe seco.

¿Cuándo se la llevó?

—La coma en la página seis está en el lugar equivocado. Arréglalo. Y Cadwell… —se acercó a mi oído, y por un segundo, su aliento cálido me erizó la piel—. La próxima vez que uses ese perfume de vainilla tan barato, asegúrate de no estar cerca de mí. Me distrae de lo mucho que detesto tu ineficiencia.

Se dio la vuelta y cerró la puerta de su oficina con un estruendo que hizo temblar mis fotos familiares.

Me dejé caer en mi silla, exhalando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Lo odiaba. Realmente lo odiaba. Había pasado tres años soportando gritos, desplantes y horarios inhumanos en la cervecería. Cualquier otra persona habría renunciado a los tres meses, pero yo no. Había algo en su crueldad, algo en la forma en que sus ojos buscaban los míos después de un regaño, que me mantenía atada a ese escritorio.

Miré la puerta cerrada de su oficina.

—Un día de estos, Blackwell —susurré para mí misma—, voy a ser yo quien te dé las órdenes a ti.

Pero sabía que mentía. Porque mientras él fuera el jefe y yo la asistente que sabía exactamente cómo le gustaban los huevos por la mañana y qué marca de dentífrico usaba, el poder seguía siendo suyo. La verdadera pregunta era ¿Por qué, después de tres años de llamarme ineficiente, tonta, alimaña y otra sarta de epítetos aún no me había despedido?

Abrí la carpeta de la página seis. No había ningún error en la coma. El muy idiota solo quería molestarme.

—Hijo de su santa madre…

Sonreí con amargura. Este iba a ser un día largo.

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