Capítulo 2 Una simple coma
Helena
No sé qué demonio me poseyó.
¿Estaba harta de sus estupideces?
¿Me creía Elsa de Frozen con el libre soy?
No tengo idea, pero una fuerza extraña me orilló a esto. Me levanté de la silla de un salto, con la carpeta apretada contra el pecho como si fuera un escudo. No, esta vez no se la iba a dejar pasar. Si quería guerra por una coma inexistente, guerra tendría.
Soy su asistente, pero por algo estudié literatura y si en algo me destaqué fue en redacción. Caminé hacia su puerta y, sin llamar —un pecado capital en el mundo de Bilz y Pap de Blackwell—, entré de golpe.
Mi endemoniado jefe se encontraba sentado tras su imponente escritorio de caoba, con la chaqueta del traje colgada en el respaldo y las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando unos brazos fuertes y ligeramente velludos que gritaban masculinidad. Ni siquiera se inmutó
por mi entrada triunfal. Seguía escribiendo algo en su computadora, con los lentes de lectura apoyados en el puente de su nariz perfecta—deja de comértelo con la mirada, Helena, al punto.
—Se le olvidó tocar, Cadwell —dijo sin levantar la vista—. Y ya le he dicho que su presencia es tolerable sólo cuando es silenciosa.
Perdóname, señor porque voy a pecar…
Ya te iré a rezar mil padres nuestros y chorrocientos mil Ave María…
—No hay ningún error en la página seis —solté, ignorando su comentario y dejando caer la carpeta abierta justo sobre el teclado, obligándolo a detenerse—. He revisado la gramática, la sintaxis y hasta el espaciado. Esa coma está exactamente dónde debe estar según la Real Academia Española y según el
sentido común.
Blackwell dejó escapar un suspiro lento y cargado de fastidio. Se quitó los lentes, frotándose el puente de la nariz, y luego clavó esos ojos azul acero en los míos. El aire en la habitación pareció espesarse de repente.
He despertado a la bestia…
—¿Me está contradiciendo? —preguntó con una calma que daba más miedo que sus gritos de cuervo.
—Le estoy diciendo la verdad, señor. Usted solo quería una excusa para molestarme porque anoche me fui a las once y no me quedé a terminar de organizarle su colección de relojes por colores.
Di en el clavo…
Se levantó lentamente. Su estatura era intimidante, obligándome a echar la cabeza hacia atrás para no perder el contacto visual. Rodeó el escritorio hasta quedar a centímetros de mí. Podía oler de nuevo ese aroma a sándalo, pero ahora mezclado con el olor metálico de la maquinaria de la cervecería que
siempre flotaba en el ambiente. Estaba que ardía y creo que no de deseo.
—Usted está aquí para hacerme la vida más fácil, no para cuestionar mis correcciones —dijo, bajando la voz a un susurro peligroso casi sensual—. Si yo digo que “esa” coma está mal, está mal. Porque yo soy el dueño de esta empresa, yo soy el que paga su sueldo y yo soy quien decide si usted es útil o
simplemente un estorbo con aroma a vainilla.
Rodé los ojos, ¿qué tenía mi dulce aroma? La vainilla era mi favorita y, al parecer, al señor monstruo del lago Ness le molestaba desde que me conoció. Como el alma en desgracia que me poseyó estaba más ardida que yo, respiré hondo y no me quedé callada.
—Entonces despídame —lo reté, con el corazón martillando contra mis costillas—. Si soy tan ineficiente, si soy un estorbo, si tanto le molesta mi perfume… ¿por qué sigo aquí después de tres años, Blackwell?
No hubo título, solo la ira que había contenido por tres años. Ya estaba harta y no me importaban mis sueños si mi libertad y mi cordura se iban al tacho de la basura. Sin dejar de mirarlo a la cara me crucé de brazos. Por un segundo, solo un segundo, vi un destello de algo diferente en su mirada. No era odio,
no era crueldad. Era algo oscuro, hambriento y profundamente perturbador. Sus labios de muñequito se tensaron en una línea recta.
—Porque nadie más aceptaría el puesto —respondió con frialdad, aunque no retrocedió ni un milímetro—. Nadie es tan… persistente como usted.
—¿Persistente? ¿Así es como llama a mi paciencia infinita? —contraataqué.
—Lo llamo como se me da la puta gana. Ahora —señaló la carpeta—, llévese eso. Cámbielo. Ponga la coma donde yo quiero, aunque sea gramaticalmente un desastre. Quiero ver que es capaz de seguir una orden sin cuestionarla como una niña malcriada.
Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas plateadas en sus iris azules. La tensión entre nosotros era casi eléctrica, una mezcla de furia pura y algo más que me negaba a reconocer. Estaba a punto de soltarle una respuesta mordaz cuando su teléfono sonó, rompiendo el hechizo.
Él no se movió. Siguió mirándome un momento más, bajando la vista hacia mis labios antes de regresar a mis ojos con un gesto de desprecio que pareció casi forzado.
—Fuera de mi oficina, Cadwell. Y tráigame los costos de logística de la semana pasada. ¡Ahora!
Me di la vuelta, agarrando la carpeta con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos. Salí de allí sintiendo mis mejillas arder. No sabía si era de rabia o por la forma en que me había mirado, pero una cosa era segura: Timothy Blackwell era un monstruo. Y lo peor de todo es que, por un instante, me había
parecido el monstruo más fascinante del mundo.
¿Me volví loca?
