Capítulo 3 Odio a mi jefe

Helena

Ya son las nueve de la noche cuando la tormenta estalló sobre la ciudad. Odio la lluvia y más cuando hay truenos y relámpagos. El rugido de los truenos competía con el sonido de la maquinaria de la Cervecería que funcionaba en su turno de noche. Yo estaba terminando de archivar los benditos costos de logística cuando vi a mi jefe salir de su oficina, con el abrigo largo sobre el brazo y una expresión que podría haber cortado el acero.

Diez minutos después, mi teléfono interno vibró.

—Cadwell. Al estacionamiento. Ahora —cortó la comunicación antes de que pudiera protestar.

—¿Y ahora qué quiere? — Tomé mis cosas porque no quería seguir en ese lugar, un rayo apareció en el cielo y el trueno resonó haciéndome saltar frente al ascensor— Odio las tormentas tanto como a mi jefe.

Cuando bajé, lo encontré frente a su flamante y carísimo deportivo plateado. El capó estaba abierto y él parecía querer incendiar el motor con la mirada. La lluvia golpeaba el techo de metal del estacionamiento con una violencia ensordecedora. —No arranca —soltó sin mirarme, con una calma aterradora—. He llamado al servicio técnico y tardarán dos horas por la tormenta.

—Vaya, hasta a los dioses les fallan sus carruajes —murmuré con una risita queda, ganándome una mirada gélida del señor monstruo del lago Ness.

—Cierre la boca y suba a su… cosa —señaló con desprecio mi pequeño mini Cooper de diez años, estacionado tres lugares hacia la derecha—. Me llevará a mi casa. No pienso esperar aquí como un mendigo.

—¿Perdón? Mi “cosa” es un coche muy digno y no es un servicio de Uber, señor Blackwell —le espeté, aunque ya estaba buscando las llaves en mi bolso. No tenía opción; si lo dejaba aquí, mañana me haría la vida el doble de miserable.

Él no respondió. Caminó hacia el lado del copiloto de mi coche y se quedó esperando. Con un bufido, quité el seguro.

Timothy Blackwell apenas cabía en mi vehículo. Sus piernas largas chocaban contra la guantera y sus hombros anchos ocupaban la mitad de mi espacio vital. El ambiente se llenó instantáneamente de su aroma a sándalo y lluvia. El espacio, que siempre me había parecido cómodo, de repente se sintió como una caja de cerillas.

—¿Tiene que estar tan cerca? —pregunté, tratando de poner las manos en el volante sin rozar su brazo.

—Si este pobre cacharro tuviera dimensiones humanas, no estaríamos compartiendo oxígeno, Cadwell —respondió él, recostando la cabeza en el asiento y cerrando los ojos—. Conduzca. Y no hable.

Arranqué el motor, que emitió un carraspeo poco elegante. Vi a mi jefe hacer una mueca de dolor físico ante el sonido. Salimos a la calle y la visibilidad era casi nula. El limpiaparabrisas trabajaba a toda marcha, creando un ritmo hipnótico: clac-clac, clac-clac.

El silencio en mi pequeña prisión era denso, cargado de todo lo que nos habíamos gritado durante el día. De vez en cuando, tenía que cambiar de marcha, y mi mano inevitablemente rozaba la tela fina de su pantalón de vestir. Cada vez que sucedía, una corriente eléctrica me recorría el brazo. Él no se movía, pero noté que su mandíbula se apretaba más con cada roce.

—¿Por qué no me despide, Blackwell? —pregunté de repente, rompiendo su regla de oro del silencio. La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que mis palabras sonaron como un secreto confesado a medias.

Él no abrió los ojos. Solo suspiró. Como si responder le molestara tanto como la tormenta.

—Ya se lo he dicho. Es persistente, Cadwell

—Sabe que no es verdad. Hay miles de personas en esta ciudad más persistentes y más… eficientes que yo. Usted me odia. Se pasa el día buscándome errores que no existen. Me hace cocinarle, me hace limpiar, almidonar hasta su ropa interior, me trata como si fuera de su propiedad.

Mi jefe, abrió los ojos lentamente. En la penumbra de la noche, iluminados solo por las luces tenues del tablero de mi vehículo, sus ojos azul acero arecían casi negros.

—¿Cree que la odio, Helena? —Su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa y extrañamente íntima. Era la primera vez que usaba mi nombre de pila en los años que llevo con él.

—¿No es obvio?

—Usted no tiene la menor idea de lo que pasa por mi cabeza —respondió, girando el cuerpo hacia mí tanto como el estrecho espacio se lo permitía—. Si la odiara, no me importaría cómo huele. No me molestaría que se fuera a las once de la noche. Si la odiara, no estaría ahora mismo contando los segundos para que este maldito coche se detenga porque no soporto estar tan cerca de usted sin…

Se calló de golpe, sus ojos estaban tan abiertos y azules que me quedé sin respirar. Detuve el coche de manera intempestiva, derrapando en el pavimento, el semáforo en rojo. Lo miré, con el corazón queriendo saltar de mi pecho.

—¿Sin qué, Blackwell? —susurré.

Mi jefe alargó la mano. Pensé que me iba a golpear y cerré instintivamente los ojos, mordiendo mi labio inferior, pero nada de lo que imaginé sucedió. Sus dedos, largos y fríos, rozaron un mechón de pelo que se me había escapado del moño. Su toque fue tan ligero que casi pareció una alucinación, pero la intensidad de su mirada decía lo contrario.

—Sin recordarle quién es el que manda aquí —terminó, su voz recuperando la frialdad habitual, aunque sus dedos se demoraron un segundo de más en mi mejilla antes de retirarse bruscamente—. El semáforo está en verde, Cadwell. Conduzca antes de que me arrepienta de no haber esperado bajo la lluvia.

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