Capítulo 4 El monstruo me quiere comer

Helena

El resto del trayecto hasta el exclusivo ático de mi jefe, en la zona alta de la ciudad, fue una batalla contra los elementos. Para cuando estacioné frente a la imponente torre de cristal, el cielo parecía haberse roto definitivamente. No era solo la lluvia inclemente, los truenos y relámpagos.

Había algo más… El viento aullaba entre los edificios y el agua caía en cortinas tan densas que apenas se veía la entrada del lobby. Mi jefe bajó del coche sin despedirse, pero al intentar cruzar la acera, una ráfaga de viento casi le arranca el abrigo. Lo vi detenerse y hablar con el portero, quien gesticulaba frenéticamente señalando hacia la calle principal. Dio la media vuelta y se acercó a mi coche. Golpeó mi ventana. La bajé apenas unos centímetros. Debí haberme ido antes, pensé.

—Los túneles de acceso al centro están inundados y han cerrado el puente principal por riesgo de desbordamiento —dijo, con el cabello ya empapado pegado a la frente, lo que le daba un aire salvaje que nunca le había visto—. No va a poder llegar a su casa, Cadwell. Su cosa se convertirá en un submarino amarillo antes de que avance diez calles.

—Puedo intentarlo —respondí, aunque mis manos temblaban sobre el volante. Solo quería escapar de ahí y estar bajo mis sábanas para olvidar el día de hoy.

—No sea idiota. No quiero que mi asistente muera ahogada; me tomaría meses entrenar a otra persona para que soporte hacer mi café a sesenta y nueve grados —me ordenó con esa mezcla de arrogancia y pragmatismo que me sacaba de quicio, pero que hasta sonaba divertida en este momento—. Suba. Ahora.

Cinco minutos después, me encontraba en el ascensor privado que subía directamente a su ático.

El silencio era sepulcral, solo roto por el goteo de su ropa mojada sobre el suelo de mármol. Al abrirse las puertas, recordé su realidad, esa que me golpeaba cada vez que venía a hacer de nana personal. Su apartamento era como él: frío, minimalista, peligrosamente elegante y con unas vistas de la ciudad que daban vértigo.

—Vaya a la habitación de invitados, al fondo a la derecha, ya la conoce —indicó mientras se quitaba el abrigo y lo lanzaba sobre el sofá de cuero que probablemente costaba más que mi coche y mi pequeño apartamento—. Hay toallas limpias y creo que… —se detuvo, recorriéndome con la mirada—. Alguna camiseta mía le servirá de pijama. No intente ponerse algo de mi armario personal o la despediré de verdad. Le dejaré algo en algunos minutos.

Y ahí estaba, lanzó la idea del despido, pero reculó de inmediato.

—Gracias por la hospitalidad, “encantador” como siempre —mascullé dirigiéndome al pasillo.

Tras una ducha rápida y caliente que me devolvió la vida, me puse la camiseta de algodón negro que mi jefe había dejado sobre la cama. Me quedaba como un vestido, llegándome a la mitad de los muslos, y olía intensamente a él. Me sentía vulnerable y extrañamente despierta. Salí a la cocina buscando un vaso de agua, pero me detuve en seco. Timothy estaba de pie frente al ventanal que daba a la ciudad, con un vaso de whisky en la mano. Se había cambiado por unos pantalones deportivos grises y estaba sin camiseta.

La luz de los rayos iluminaba de vez en cuando los músculos de su espalda, marcados y perfectos, y una cicatriz larga que le cruzaba desde el hombro izquierdo hasta la espalda baja. Se veía humano. Menos “jefe” y más hombre.

—¿No puede dormir, Cadwell? —preguntó sin darse la vuelta.

—El ruido del trueno es fuerte —mentí, acercándome un poco—. Señor Blackwell… esa cicatriz…

Él se giró lentamente. Al verme con su ropa, su mirada se oscureció y el vaso de whisky tembló apenas un milímetro en su mano. La tensión del coche no había desaparecido; se había multiplicado al estar entre estas cuatro paredes de lujo y sombras. Me sentía más expuesta de lo que estaba él frente a mí.

—No haga preguntas sobre cosas que no le incumben —dijo, pero su voz no tenía el filo de siempre. Estaba ronca y un tanto dubitativa—. Debería estar en la cama.

—¿Por qué es tan difícil para usted ser simplemente… amable? —di un paso hacia él, desafiando el campo de fuerza de su frialdad—. Estamos solos. No hay empleados, no hay cerveza, no hay comas que corregir.

Mi jefe dejó el vaso sobre la mesa de centro y caminó hacia mí con una lentitud predadora—no era un cuervo, era como una pantera—. Me acorraló contra la isla de granito de la cocina, apoyando las manos a ambos lados de mis caderas. Su torso desnudo estaba a centímetros de mi rostro; podía sentir el calor que emanaba de su piel.

—Porque si soy amable, Helena —susurró, inclinándose hasta que sus labios rozaron mi oreja—, olvidaré por qué puse todas estas reglas. Y si las olvido, usted se daría cuenta de que este jefe cruel lleva tres años intentando no besarla cada vez que entra a su oficina a discutir por una estúpida coma.

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