Capítulo 5 Quiero probar

Helena

Estaba en shock, jamás en mi vida había escuchado a un hombre decirme esas palabras. Creo que con solo escucharlas estaba a punto de un orgasmo, uno delicioso y candente que me estaba provocando mi maldito jefe con sus palabras.

El silencio que siguió a su confesión fue tan pesado que casi podía oírse el latido desbocado de mi propio corazón. Por un segundo eterno, sentí su respiración cálida contra mi cuello y la electricidad de su cercanía me dejó paralizada, mis piernas temblaban y mi centro palpitaba. Mi jefe estaba ahí, a un suspiro de distancia, desarmado… real y yo quería probar, quería disfrutar de eso que me estaba diciendo. Díganme loca, caliente, mujer fácil, pero llevaba tres putos años en completo celibato debido a ese hombre que ahora me tiene atrapada y me habla calentando no solo mi corazón, sino que también mi entrepierna.

Pero la magia comenzó a desaparecer, como si un resorte de acero se hubiera activado en su interior, su cuerpo se tensó.

Blackwell se apartó de golpe, casi con asco, como si mi cercanía lo hubiera quemado. Sus manos, que hace un segundo me rodeaban, se hundieron en los bolsillos de sus pantalones deportivos. La calidez en sus ojos se evaporó, sustituida por una capa de hielo aún más gruesa que la de la mañana cuando me mortificó con una simple coma en un informe perfectamente pulcro casi a nivel de premio Novel de literatura.

—No se confunda, Cadwell —soltó con una voz gélida, recuperando esa máscara de arrogancia que tanto detestaba y me intrigaba a la vez—. El cansancio y el alcohol me están haciendo decir estupideces. No empiece a imaginar finales de cuentos de hadas donde el jefe se enamora de la empleada eficiente. Eso es para novelas baratas, y usted y yo sabemos que usted no da el perfil.

El golpe no fue físico, nuevamente atacaba a mi autoestima como si gozara con hacerlo. Retrocedí un paso, sintiendo cómo el frío de la cocina de mármol me calaba los huesos a través de la camiseta que, de repente, me hacía sentir ridículamente estúpida frente a ese hombre que deseaba, pero que simplemente me odiaba como yo a él. No podía dejarme pasar a llevar, no ahora, no más.

—¿Perdón? —mi voz salió más quebrada de lo que pretendía—. Usted fue el que dijo…

—Dije lo que fuera necesario para que se callara y se fuera a dormir —me interrumpió, clavándome una mirada llena de desprecio, juro que había asco y hasta repulsión—. Su presencia aquí es una incomodidad necesaria por la tormenta, nada más. Mañana, a las siete en punto, quiero que esté lista para irnos. Y asegúrese antes de irse de lavar esa camiseta y la ropa de la cama en que dormirá; no quiero que mi ropa o cualquier parte de mi hogar huela a su perfume de descuento ni un minuto más de lo necesario. ¿Entendió?

Di un respingo con la última pregunta, estaba perdida en mis pensamientos, pero era claro que para Timothy Blackwell yo era un ser que provocaba una necesidad física, pero ni siquiera un ápice de sentimientos.

Se dio la vuelta, dándome la espalda de nuevo, volviendo a ser esa estatua de piedra inaccesible, pero con esa cicatriz que me hacía preguntarme por qué la tenía o desde cuándo.

—Es usted un monstruo, Timothy Blackwell —susurré, con las lágrimas escociendo en mis ojos. Quería ser fuerte, pero nuevamente me rompía como —. No es cruel por negocios, es cruel porque le aterra que alguien vea que tiene un ápice de humanidad.

—Váyase de una buena vez a su habitación, Cadwell —habló él sin siquiera voltear a verme, con la mandíbula tan apretada que las palabras apenas salieron, lo sabía conocía como chirriaban sus dientes cuando algo le molestaba y yo era la molestia en ese instante—. Antes de que decida que la inundación de afuera es preferible a seguir escuchando su chillona y estúpida voz.

Caminé hacia el cuarto de invitados con las piernas temblorosas. Al cerrar la puerta, me apoyé contra la madera, tratando de controlar mi respiración y caí al suelo pegándome a la puerta. Por un momento lo tuve ahí, vulnerable, confesando un deseo que yo también sentía por él, pero que me negaba a admitir. Y en un parpadeo, lo había destruido todo con su veneno habitual.

Después de llorar por una media hora, me levanté del piso frío, caminé pidiéndole permiso a cada pie para que se moviera y me metí en la cama, envolviéndome en las sábanas de seda que se sentían como hielo—igual que mi jefe—. Lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de mi ser. Pero lo que más me dolía no eran sus insultos, sino la sospecha de que, por un segundo, lo que había dicho sobre querer besarme era la única verdad que me había dicho en tres años.

Mañana sería el día más largo de mi vida.

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