
Mi esposo paralitico
Hana Reed · Completado · 350.5k Palabras
Introducción
Aunque el matrimonio fue sellado por un acuerdo que exige que Zoé le dé un heredero a la familia Lane en menos de dos años, ella está decidida a hacer más que cumplir con su deber. Con su calidez y perseverancia, intentará llegar al corazón del hombre que ahora es su esposo... sin saber que ambos guardan heridas que podrían unirlos o destruirlos.
Capítulo 1
Zoé Rivers sostenía el acta de registro matrimonial con ambas manos, como si el simple hecho de tocarla pudiera volver real lo que aún no lograba procesar. Estaba sola en la habitación que le habían asignado dentro de la imponente mansión Lane. Silencio absoluto, como si la misma casa respirara con contención.
No había flores, ni aplausos, ni invitados. No hubo música. Tampoco hubo un beso al final de un altar.
Y mucho menos, hubo un novio.
Miró a su alrededor: muebles antiguos de roble, alfombras persas, un espejo que no se atrevía a enfrentar y un vestido blanco que ya no tenía sentido. Sin pensar más, comenzó a desabotonárselo. ¿Por qué lo usé? se preguntó, molesta. No hubo fiesta. No hubo nadie esperándola en el altar ni sonrisas que la calmaran. Solo una firma. Solo un apellido nuevo.
Deslizó la tela blanca hasta que cayó a sus pies. Se envolvió en una toalla de felpa blanca y caminó hacia el baño. El vapor aún flotaba en el aire; el agua caliente había sido la única bienvenida decente que recibió en aquella mansión.
Fue entonces, mientras el sonido del agua aún goteaba en la tina, que escuchó el chirrido de la puerta abrirse.
Se giró lentamente, con la toalla bien ajustada a su pecho.
Y lo vio.
Sentado en una silla de ruedas, con gafas oscuras cubriéndole los ojos, estaba Eduard Lane. Su esposo. El hombre con quien se había casado solo por deber. Su primera vez viéndolo en persona, aunque lo había estudiado mil veces en una fotografía poco favorecedora.
Pero esto... esto era diferente.
La realidad superaba toda imagen.
Su rostro era anguloso, casi esculpido con precisión. Cejas densas, piel clara, mandíbula firme. Su nariz recta le daba un aire regio, mientras que su postura erguida, pese a la silla de ruedas, revelaba una dignidad que no se doblegaba. Incluso ciego, había algo en él que imponía.
Zoé tragó saliva.
Él no dijo nada. Solo la miraba -o le dirigía la mirada- como si supiera exactamente dónde estaba ella.
El silencio entre ambos se alargó, pesado, tenso, cargado de cosas no dichas.
Zoé apretó más la toalla contra su cuerpo. Respiró hondo.
Y entonces, habló con una mezcla de ironía y torpeza que no pudo evitar.
-Bueno... ¿debería quitarme la ropa e irme a la cama primero? ¿O debo ayudarte a quitarte la tuya antes?
Eduard no respondió de inmediato. Pero una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios, como si no estuviera tan ciego a todo como parecía.
Todos hablaban de él como si fuera una sentencia.
Eduard Lane, el heredero maldito.
Desde pequeña, Zoé había oído rumores en susurros, relatos adornados por el miedo y el misterio. Decían que había nacido con una sombra a sus espaldas, que todo lo que tocaba acababa roto... o muerto.
A los nueve años, perdió a sus padres en un accidente de avión que él no debía tomar.
A los trece, su hermana mayor se lanzó por el balcón de la mansión, sin explicación alguna.
Y ya como adulto... tres prometidas. Tres mujeres con futuro, belleza y promesas. Las tres, fallecidas. Una por enfermedad súbita, otra por un accidente de tránsito absurdo, la última... simplemente no despertó.
El apellido Lane pesaba como una lápida.
Zoé lo sabía. Lo pensó una y otra vez antes de firmar el acta. Pero cuando su tía se lo propuso, cuando la idea de ayudar a su abuela enferma con los costosos tratamientos se convirtió en una posibilidad real, no pudo decir que no.
¿Cuánto vale una vida? se había preguntado. Y su respuesta fue: una firma.
Ahora estaba frente a él. El hombre cuya oscuridad parecía extenderse incluso más allá de su ceguera.
Apretó los labios cuando notó que él no respondió a su pregunta anterior. Quizás no la había escuchado. Se acercó un poco más, arrastrando los pies descalzos sobre la alfombra, y soltó un leve "hmm" para hacerse notar.
Nada.
Y entonces, como si ese leve sonido activara un mecanismo silencioso, Eduard movió lentamente una mano y se quitó las gafas negras que cubrían sus ojos.
Zoé contuvo el aliento.
Aunque sabía que él no podía verla, sintió que la observaba con una intensidad que le erizó la piel.
-¿Sabes con quién estás casada? -preguntó, con una voz grave, contenida, que parecía haber sido entrenada para no quebrarse nunca.
Ella se encogió de hombros, queriendo disimular el nudo que se formaba en su estómago.
Zoé jamás había conocido a alguien como él. Ni tan frío. Ni tan firme.
-Sí, lo sé -respondió Zoé sin titubeos.
Eduard frunció levemente el ceño. Su postura era rígida, y aunque sus ojos no podían ver, algo en su rostro denotaba que había escuchado más allá de las palabras.
-¿Y no le temes a la muerte?
La pregunta cortó el aire entre ellos.
El corazón de Zoé dio un vuelco en su pecho. Sintió cómo su piel se erizaba, pero se mantuvo firme. No podía permitir que la duda la quebrara. No ahora.
-No le temo a la muerte -dijo, con la voz clara, sin una pizca de temblor-. Salvaste a mi abuela... Para mí, eso es suficiente.
Era verdad.
Eduard Lane, el hombre que todos evitaban, había aceptado pagar los tratamientos que ella jamás habría podido costear. Un acto que no pedía gratitud, pero que lo decía todo.
Zoé lo miró, seria, con la determinación marcada en su rostro. Yo cumpliré mi promesa, pensó para sí. Te daré hijos, y cuidaré de ti toda mi vida.
Tal vez Eduard no lo sabía aún, pero acababa de casarse con una mujer que no huiría.
Eduard pareció captar algo en el aire. La tensión de las palabras no dichas. El peso del sacrificio silencioso.
Una sonrisa leve, casi imperceptible, apareció en su rostro.
-Entonces, esposa -dijo con un tono que no era burla ni frialdad, sino un reconocimiento suave-, ayúdame a darme un baño.
Zoé tragó saliva, pero no desvió la mirada. Apretó los labios y asintió con seguridad. No iba a romper su palabra. No iba a retroceder.
-Te prepararé un baño -respondió, con una dulzura firme.
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#293 Capítulo 293 Fin
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Última actualización: 6/30/2026
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