Capítulo 2 CLINICA
Despierto antes que el despertador de Maya.
No porque haya dormido bien, sino porque mi cuerpo ya no sabe cómo hacerlo.
Escucho movimiento en la cocina. El sonido de una sartén, una cuchara golpeando el borde de una taza, me quedo mirando el techo unos segundos más, respirando lento, como si alargar ese instante pudiera retrasar lo inevitable.
—¿Alina? —dice Maya desde la cocina— Ya estoy haciendo desayuno —
Me incorporo despacio, el vientre me tira, como un recordatorio constante de algo que todavía no sé si voy a permitir que exista.
Camino hasta la cocina con pasos lentos. Maya está de espaldas, con el cabello recogido de cualquier manera y una camiseta demasiado grande. Parece tranquila, como si el mundo no se hubiera derrumbado anoche.
—Hice huevos y tostadas —dice— No sabía si te gustaban, pero… bueno, es lo que había —
—Gracias —respondo, y mi voz suena más firme de lo que me siento
Nos sentamos frente a frente. Ella me observa con cuidado, sin hacer preguntas, sin forzar nada, ella siempre ha sido así. Maya no invade, acompaña.
—Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites —dice finalmente— No tienes que decidir nada hoy — asiento, aunque las dos sabemos que no es verdad
Porque hoy sí tengo que decidir.
—Tengo que irme al trabajo. Vuelvo tarde, pero te llamo, ¿sí? —
—Sí —
Me aprieta la mano antes de irse, como si pudiera transferirme un poco de su calma. Cuando la puerta se cierra, el silencio cae pesado sobre el departamento, demasiado pesado.
Recojo el plato sin haber probado casi nada y vuelvo al sofá. Mi celular está ahí, boca abajo, l sé sin mirarlo, lo siento como una presencia.
Lo tomo.
Un correo sin abrir.
Industrias Blake.
Lo he leído tantas veces que podría recitarlo de memoria. Felicitaciones por el concurso. Proyecto seleccionado. Beca completa. Pasantía asegurada.
Un futuro que sigue existiendo, incluso cuando yo no sé si podré hacerlo. Abro el calendario, la cita está marcada en rojo.
Clínica.
10:30 a.m.
Miro la hora.
El reloj avanza sin compasión.
“No voy a llorar”
Me lo repito mientras camino por la calle, con el abrigo cerrado hasta el cuello y las manos hundidas en los bolsillos. El aire es frío, cortante, la ciudad sigue funcionando como si nada, gente apurada, autos tocando bocina, risas que no me pertenecen.
“Solo es un trámite.”
Eso me digo al bajar las escaleras del metro, al sentarme, al evitar mirarme reflejada en el vidrio.
“Después de hoy, todo vuelve a empezar.”
Pero ni siquiera yo me creo esa mentira.
La clínica es blanca, demasiado blanca. Huele a desinfectante y a decisiones que nadie quiere tomar, doy mi nombre en recepción, me hacen firmar papeles, no leo nada.
Me siento en la sala de espera con las manos entrelazadas sobre el vientre.
La televisión está encendida.
No la estoy mirando cuando empieza la noticia. La escucho de fondo, como ruido, hasta que un nombre atraviesa el aire y me perfora el pecho.
—…el heredero del conglomerado De Laurent confirmó esta mañana su compromiso… —
Levanto la vista, mi corazón se detiene. La imagen es clara, demasiado clara.
Nicolás De Laurent.
Traje impecable. Sonrisa perfecta.
A su lado, una mujer rubia, elegante, de ojos fríos y postura ensayada.
—…con Valeria Montemayor, también heredera de una de las familias más influyentes del país…
El mundo se vuelve distante, como si estuviera bajo el agua.
—La boda se celebrará en tres meses —continúa la presentadora— Una unión que promete ser uno de los eventos sociales del año —
Tres meses.
Trago saliva, siento cómo algo se me aprieta en el pecho, cómo la garganta se me cierra.
Recuerdo su voz acusándome.
Promiscua.
Infiel.
¿Ese hijo siquiera es mío?
Recuerdo cómo me miró, como si nunca me hubiera conocido. Como si cuatro años de amor no hubieran sido nada.
Alrededor mío, nadie reacciona, nadie sabe que el hombre en la pantalla fue quien me rompió la vida. Valeria sonríe a las cámaras. Perfecta, intocable, la mujer correcta.
Yo no existo. Soy un error que se escondió bajo la alfombra. Ella es la mujer que sus padres aceptaban, hasta él. Yo solo fui un pasatiempo estos años, en los cuales jugó conmigo mientras en sus planes la mujer con la que compartiría su vida era otra.
Siento una punzada en el vientre, instintivamente lo cubro con la mano, y algo dentro de mí se quiebra.
Me pongo de pie.
La enfermera me llama por mi nombre, pero no me detengo. Camino hacia la salida con el corazón latiendo desbocado, con las piernas temblando, con lágrimas cayendo al fin, libres, calientes.
Salgo a la calle y respiro hondo, el frío me golpea el rostro, pero sigo caminando.
Los meses siguientes no son fáciles, no son heroicos, son reales.
Envío currículums, muchos. Trabajo horas extras donde me aceptan, me mareo en el metro, vomito en baños ajenos,
pero sobretodo… Sigo adelante.
Me repito que puedo, que debo, porque alguien depende de mí.
Bajo del autobús con una bolsa de comida barata apretada contra el pecho. El frío me cala hasta los huesos y el cansancio me pesa más que el vientre, las luces de la calle parpadean, la acera está casi vacía.
Demasiado vacía.
Entonces lo siento.
Pasos.
No los escucho al principio, los presiento. Ese sexto sentido que se activa cuando algo no está bien, aprieto el paso.
Los pasos también.
—Tranquila —me digo en voz baja— No pasa nada — pero mi corazón no obedece
Cruzo la calle sin mirar, el semáforo cambia, un auto pita, no me detengo. Mi respiración se acelera, el vientre tira, pesado, incómodo.
—Oye… —dice una voz a mi espalda
Acelero todo lo que puedo, pero mi cuerpo ya no responde como antes. Mis piernas están hinchadas, el equilibrio no es el mismo, cada paso es un esfuerzo.
—Te hablo a ti —insiste la voz
Siento su sombra encima de mí antes de que lo vea. Una mano me roza el brazo y el miedo me estalla en el pecho.
—¡No! —grito, girándome— ¡Déjeme en paz! —
Es un hombre más grande que yo, huele a alcohol, sus ojos recorren mi cuerpo con descaro, se detienen en mi vientre.
—Mírate… —sonríe torcido— ¿Y tú sola a estas horas? — retrocedo.
—Estoy embarazada —digo, más como súplica que advertencia— Por favor —
—Eso no te hace intocable —responde, y da un paso hacia mí
