Capítulo 3 LLEGASTE

ALINA.

Esto debe ser una pesadilla...

Mi espalda choca contra la pared, no hay salida, el pánico me nubla la vista. 

—¡Aléjese! —grito, levantando la bolsa como si pudiera defenderme 

—Relájate, solo quiero hablar… — dice riendo  

Me agarra del brazo con fuerza, grito y trato de zafarme, pero el movimiento me desequilibra, el peso del vientre me traiciona. 

—¡Suélteme! —pataleo, empujó, él me sacude con brusquedad 

—¡Cálmate!— pierdo el equilibrio 

Caigo de costado contra la pared y luego al suelo. El golpe no es fuerte, pero el miedo sí, un  dolor agudo me atraviesa el vientre y el aire se me escapa de los pulmones. Gimo, me encojo instintivamente, protegiéndome el abdomen. 

—¿Ves lo que provocas? —dice él, fastidiado 

—¡Aléjate de ella! —una voz firme corta el aire 

Todo ocurre rápido. 

El hombre se gira, sorprendido. Un empujón, un golpe seco, un forcejeo breve. El desconocido cae hacia atrás y sale corriendo, maldiciendo, me quedo en el suelo, temblando. 

—¿Estás herida? —pregunta, agachándose a mi altura 

—No, yo… — y entonces lo siento. Un calor repentino entre las piernas 

No debería estar pasando, mi respiración se corta, bajo la mirada. 

—Creo que… —mi voz tiembla— creo que algo no está bien… — él sigue mi mirada, sus ojos se endurecen 

—¿Cuántos meses tienes? — 

—Casi… nueve — respondo sintiendo las lágrimas llenar mis ojos  

—Tenemos que ir al hospital. Ahora — 

Y mientras intenta ayudarme a ponerme de pie, el dolor vuelve, más fuerte esta vez. 

No ahora, no puede nacer ahora.  

El dolor llega en oleadas, como si mi cuerpo estuviera rompiéndose desde adentro. 

—Respira… respira conmigo —me digo, pero la voz me tiembla y ya no sé si lo hago en voz alta o solo en mi cabeza 

Las puertas del hospital se abren de golpe y el frío del lugar me golpea la piel sudada. El olor a desinfectante se mezcla con mi miedo, yna camilla aparece, manos desconocidas me rodean, preguntas que no logro procesar. 

—¿Seguro médico? ¿Nombre del padre? ¿Semanas de gestación? — 

—No… no tengo seguro —logro decir entre jadeos. 

La enfermera se detiene, literalmente se detiene, me mira como si acabara de decir algo imperdonable. 

—Señora, sin seguro no podemos ingresarla a sala de parto. Tendrá que esperar admisión — señala a la sala repleta de gente  

Esperar. 

La palabra me cae como una bofetada. 

—¡No puede esperar! —grita una voz masculina detrás de mí— ¡Está en trabajo de parto! — lo veo entonces. 

Ahí está. 

El hombre del que apenas sé nada, el desconocido que apareció cuando más lo necesitaba.  Se acerca a la camilla, me toma la mano con una firmeza que me sorprende. 

—Soy su esposo —dice, sin dudar— Hagan lo que tengan que hacer — el mundo se detiene 

¿Esposo? 

La enfermera lo observa con recelo. 

—¿Documento? — 

—Está en el auto —responde sin parpadear— Pero mi esposa está a punto de dar a luz. Si algo le pasa, los haré responsables — 

No sé cómo lo hace. No sé de dónde saca esa seguridad, esa autoridad que corta el aire, solo sé que funciona. 

La camilla vuelve a moverse, las luces del pasillo pasan rápido sobre mí, el dolor se intensifica y grito.  

Solo quiero que mi bebé nazca. 

—No me deje sola — le suplico, apretando su mano con lo poco que me queda de fuerza 

—No lo haré —responde— Te lo prometo — y se queda 

En la sala de parto todo es blanco, brillante, abrumador. Me colocan suero, me hablan, me indican cuándo empujar. El dolor es insoportable, primitivo, brutal, siento que me parto en dos. 

—¡Empuja, Alina, empuja! —me dice la doctora 

¿Le dije mi nombre? 

No recuerdo. 

Solo empujo, grito, lloro, maldigo. Y él está ahí, no habla mucho, no pregunta, solo sostiene mi mano, firme, constante, como un ancla. 

—Ya viene —dice la doctora y entonces lo escucho 

Un llanto pequeño, fuerte y vivo. Mi corazón se detiene… y vuelve a latir con más fuerza que nunca. 

—Es un niño —dice la doctora sonriendo. 

Las lágrimas me caen sin permiso. No puedo ver bien, todo está borroso, pero cuando me lo ponen sobre el pecho, el mundo se acomoda. 

Es real, él es real, tan pequeño, tan perfecto. 

—¿Nombre del bebé? —pregunta la enfermera, lapicero en mano 

Me quedo en silencio. 

Lo miro. Sus ojitos cerrados, sus dedos diminutos, entonces levanto la vista hacia él… hacia el hombre que sigue ahí, que no se ha movido ni un centímetro desde que todo empezó. 

—¿Cómo te llamas? —le pregunto, con la voz rota 

Nuestros ojos se encuentran. 

—Ethan —responde. 

No sonríe, no presume, solo dice su nombre, como si fuera lo más natural del mundo, miro a mi hijo otra vez. 

—Ethan —susurro— Te llamarás Ethan — 

Él aprieta mi mano, apenas, como si ese nombre también le hubiera tocado algo por dentro. 

Horas después, cuando el hospital se calma y la noche cae, estoy sola en la habitación. Ethan duerme en la cuna transparente a mi lado. Yo lo observo, memorizando cada rasgo, cada respiración. 

No sé cómo será mi vida ahora, no sé cómo lo voy a hacer, pero sé que no estoy arrepentida. 

Al día siguiente salgo del hospital, mi bebé duerme y Mata me espera afuera. Al llegar al apartamento me abraza y acuesta al bebé en la cuna de segunda qué le pude conseguir, me trae comida y un té, le agradezco y me acuesto para descansar.  

Y mientras me voy quedando dormida recuerdo al hombre que me salvó.  

SI no fuera por él, mi vida no sería igual.

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