Capítulo 6 SI, ACEPTO

Alina

Nunca imaginé que mi boda sería así.

Sin vestido blanco.

Sin invitados curiosos.

Sin música solemne ni promesas ensayadas frente a un altar.

Solo una habitación amplia, silenciosa, con ventanales que dejaban entrar la luz gris de la ciudad…

Ethan frente a mí.

Mi hijo en mis brazos.

Y una calma extraña que no se parecía a la felicidad, pero tampoco al miedo.

Era algo distinto.

Era decisión.

Mi bebé dormía, ajeno a todo. Su pequeño pecho subía y bajaba con una tranquilidad que me rompía por dentro. Me aferré a él como si fuera mi ancla, como si soltarlo significara aceptar que estaba a punto de cruzar una línea sin retorno.

—Todo está listo —dijo una voz femenina detrás de nosotros.

Me giré.

La mujer que acababa de entrar no tenía la rigidez de alguien que viene a juzgar. Tenía una elegancia natural, sobria, y una mirada clara, directa, inteligente. Vestía un traje oscuro, el cabello recogido con precisión, y llevaba una carpeta bajo el brazo.

Ethan se tensó apenas.

—Celeste…

Así que esa era ella.

La hermana menor de Ethan Blake.

—Llegué justo a tiempo —respondió con una media sonrisa—. El tráfico en Manhattan sigue siendo una pesadilla, incluso cuando uno viene a casar a su hermano.

Parpadeé.

¿Casar?

Ethan se aclaró la garganta.

—Alina… ella es Celeste Blake. Abogada. Notaria.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Tú…? —murmuré.

Celeste me miró entonces. No como se mira a una futura cuñada. No como se mira a una mujer “conveniente”. Me miró como se mira a alguien que importa.

—Sí —dijo—. Y antes de que te pongas nerviosa, quiero que sepas algo: nadie los está obligando. Yo estoy aquí solo si ambos quieren que esté.

Silencio.

Sentí el peso de sus palabras. No había trampa. No había presión.

Solo una puerta abierta.

Miré a Ethan.

Él no apartó la mirada.

—Si no quieres… —empezó a decir.

Negué despacio.

—No —lo interrumpí—. Quiero que seas tú quien lo haga.

Celeste sonrió, satisfecha.

—Entonces empecemos.

Ethan

Ver a Celeste ahí, firme, profesional, pero cálida… fue el primer recordatorio de que no todo en mi familia estaba roto.

Ella dejó la carpeta sobre la mesa, sacó los documentos con precisión quirúrgica y habló con voz clara.

—Este no es un matrimonio tradicional —dijo—. Es un acuerdo legal con implicaciones públicas, patrimoniales y personales. Mi obligación no es romantizarlo, sino asegurar que ambos entren aquí con plena conciencia.

Asentí.

—Lo sabemos.

Celeste me miró con dureza.

—No. Quiero oírlo de ella también.

Alina respiró hondo.

—Lo sé —dijo—. Sé que esto empezó como protección. Sé que no es un cuento de hadas. Pero también sé que mi hijo necesita estabilidad… y que sola no la voy a tener.

Celeste la observó unos segundos más. Luego bajó la mirada… directo al bebé.

Y algo cambió.

Su expresión se suavizó de una forma casi dolorosa.

—¿Puedo…? —preguntó, extendiendo los brazos.

Alina dudó solo un segundo antes de asentir.

Cuando Celeste tomó al bebé, él abrió los ojos. No lloró. No se inquietó. La miró como si la reconociera, y Celeste soltó una risa bajita, emocionada.

—Hola, pequeño —susurró—. Soy Celeste.

Levantó la vista hacia Alina, con los ojos brillosos.

—Gracias por traerlo a este mundo. Y por protegerlo.

Sentí un nudo en el pecho.

Celeste volvió a dejar al bebé en brazos de Alina con cuidado y retomó su rol profesional.

—Bien —dijo—. Vamos a lo legal.

Leyó cada cláusula. Explicó cada punto. Habló de bienes, de privacidad, de protección mediática. Nada quedó en el aire.

—Este matrimonio es válido desde el momento en que ambos digan “sí” —concluyó—. No hay marcha atrás fácil. Y eso… quiero que lo entiendan bien.

Me giré hacia Alina.

—No te prometo amor —le dije en voz baja—. Pero sí respeto. Lealtad. Y que nadie vuelva a tocarte a ti ni a tu hijo.

Ella me sostuvo la mirada.

—No necesito promesas bonitas —respondió—. Necesito verdad.

Celeste carraspeó suavemente.

—Entonces —dijo—. Procedamos.

Alina

Cuando Celeste hizo la pregunta, sentí que el mundo se encogía.

—Alina Navarro —pronunció—. ¿Aceptas a Ethan Blake como tu esposo, con pleno conocimiento de los términos, derechos y responsabilidades que este matrimonio implica?

Miré a mi hijo.

Pensé en Nicolás.

En el miedo.

En las noches sola.

Pensé en que este “sí” no era una rendición.

Era una elección.

—Sí —respondí.

Mi voz no tembló.

Celeste giró hacia Ethan.

—Ethan Blake. ¿Aceptas a Alina Navarro como tu esposa?

—Sí —dijo él, sin dudar.

Celeste cerró la carpeta.

—Entonces, por la autoridad que me confiere la ley del estado de Nueva York… los declaro legalmente casados.

No hubo aplausos.

No hubo besos exagerados.

Solo silencio.

Uno profundo.

Ethan dio un paso hacia mí, despacio, como si no quisiera invadir mi espacio.

—¿Estás bien? —preguntó.

Asentí.

—Sí. Solo… necesito un segundo.

Celeste sonrió con complicidad.

—Tómense todos los segundos que quieran —dijo—. Yo voy a llamar a Maya para que suba. Alguien tiene que ser testigo de que esta familia acaba de nacer.

Ethan

Cuando Maya entró, se quedó inmóvil.

—¿Ya…? —preguntó.

Celeste fue directa.

—Ya. Están casados.

Maya abrió la boca… y luego la cerró.

—Wow.

Celeste se acercó y le tendió la mano.

—Celeste Blake. Abogada, notaria… y, por lo visto, futura aliada tuya.

Maya la miró, desconfiada.

—¿Aliada?

Celeste sonrió.

—Créeme. Vas a necesitar una.

Maya soltó una risa nerviosa.

—Creo que me caes bien.

—Perfecto —respondió Celeste—. Yo ya te adopté como mi mejor amiga.

Alina las miró, confundida… y por primera vez desde que la conocía, vi cómo sus hombros se relajaban.

Antes de irnos, Celeste se volvió hacia mí.

—Ethan —dijo en voz baja—. Esto no es un juego. Si vas a protegerlas, hazlo bien.

Asentí.

—Lo haré.

Ella sonrió apenas.

—Entonces bienvenido al verdadero poder.

Alina

Cuando salimos del edificio, no sentí que acabara de casarme.

Sentí que acababa de cruzar una frontera.

Antes de subir al auto, Ethan se detuvo.

—Esto no cambia quién eres —me dijo—. No te quiero invisible.

Lo miré.

—Entonces no intentes salvarme —respondí—. Camina conmigo.

Celeste apareció detrás, cargando al bebé con naturalidad.

—Y yo —dijo— me encargaré de que nadie olvide que esta familia sabe defenderse.

Miré a mi hijo.

Y entendí algo, con una claridad que me asustó:

No me estaba vendiendo.

No estaba huyendo.

Estaba construyendo un refugio.

Para él.

Y para mí.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo