Capítulo 2 Yo no soy...
—Pensé que ya te habías ido.
No respondí.
Acababa de salir del ascensor y lo único que quería era llegar al estacionamiento, subir al coche y desaparecer de aquel día que parecía no tener fin. Cada paso que daba resonaba en el silencio del edificio casi vacío, como si incluso el eco quisiera recordarme todo lo que había pasado.
La traición de Camila seguía clavada en mi pecho.
Las palabras de Valeria seguían repitiéndose en mi cabeza, una y otra vez, como un eco imposible de silenciar.
Y lo único que deseaba era eso: silencio.
Silencio absoluto.
Entonces escuché una risa.
Suave.
Baja.
Pero inconfundible.
Me detuve sin pensarlo.
Fue un acto reflejo, como si mi cuerpo hubiera reaccionado antes que mi mente. Las voces venían desde el fondo del estacionamiento, donde la luz era más tenue y las sombras parecían alargarse sobre el concreto.
Di un paso más.
Luego otro.
Y entonces las vi.
Valeria estaba frente a una mujer de cabello corto, oscuro, con una chaqueta de cuero que le daba un aire despreocupado, casi rebelde. Eran casi de la misma estatura, lo que hacía que la escena se sintiera extrañamente equilibrada, como si ninguna dominara a la otra.
Hablaban en voz baja.
No alcancé a entender las primeras palabras.
Pero no hacía falta.
Había algo en la forma en que se miraban.
Algo íntimo.
Algo que no pertenecía al mundo laboral que yo conocía.
La desconocida sonrió.
Fue una sonrisa lenta, segura.
Después levantó una mano y acarició la mejilla de Valeria con una delicadeza que me resultó inesperada.
Valeria no se apartó.
Al contrario.
Cerró los ojos apenas un segundo.
Como si aquel gesto le resultara demasiado familiar.
Demasiado natural.
Sentí un vacío extraño en el estómago.
No era asunto mío.
No debería haber seguido mirando.
No tenía ningún derecho.
Pero no fui capaz de moverme.
Era como si mis pies se hubieran quedado pegados al suelo.
Como si algo invisible me obligara a quedarme allí.
La mujer dio un paso hacia adelante.
La besó.
Valeria respondió.
Sin dudar.
Sin resistencia.
Durante unos segundos, ninguna de las dos pareció recordar que el resto del mundo existía. El tiempo se detuvo en ese instante, suspendido entre sus labios, entre sus respiraciones entrecortadas.
Las manos de Valeria recorrieron lentamente la espalda de la otra mujer.
La acercó un poco más.
Sus dedos descendieron, firmes, seguros, hasta posarse en sus glúteos.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
El corazón empezó a martillearme en el pecho con una fuerza que me dejó sin aliento.
Un calor extraño me recorrió sin previo aviso.
Subió desde mi abdomen, extendiéndose como una corriente eléctrica que no supe cómo detener.
Sin darme cuenta, llevé una mano a mi pecho.
Rozando uno de mis pezones con una presión leve, casi inconsciente.
Mi respiración se volvió irregular.
Más rápida.
Más profunda.
¿Por qué seguía mirando?
¿Por qué no podía apartar la vista?
No tenía sentido.
Nada de aquello tenía sentido.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Valeria abrió los ojos de golpe.
Como si acabara de despertar de un sueño.
Como si de pronto recordara quién era.
Retiró bruscamente las manos de los glúteos de la otra mujer.
La apartó con fuerza.
—Esto no está bien.
Su voz sonó tensa.
Casi quebrada.
La desconocida la observó con una mezcla de paciencia y tristeza, como si aquella escena no fuera nueva para ella.
—Siempre dices eso.
Valeria negó lentamente.
—Porque yo no soy...
La frase murió antes de terminar.
Se quedó suspendida en el aire, incompleta, cargada de algo que no alcanzaba a comprender.
La otra mujer suspiró.
—Siempre dices eso.
Se acercó un poco más, como si quisiera volver a besarla, como si no estuviera dispuesta a rendirse tan fácilmente.
Valeria retrocedió otra vez.
—No, Sofía.
Por favor.
El nombre quedó flotando en el silencio.
Sofía.
La mujer sonrió con resignación.
No era una sonrisa feliz.
Era una sonrisa cansada.
—Algún día dejarás de huir.
Se dio media vuelta y caminó hacia la salida, sus pasos firmes resonando en el estacionamiento hasta desaparecer.
Valeria permaneció inmóvil.
Con la respiración agitada.
Con los ojos cerrados.
Como si estuviera peleando contra algo que nadie más podía ver.
Como si estuviera intentando contener algo que amenazaba con desbordarse.
Solo entonces reaccioné.
Bajé la mirada.
Y me quedé helada.
Mi mano ya no estaba en mi pecho.
Había descendido sin que me diera cuenta.
Hasta mi entrepierna.
La aparté de inmediato.
Como si me hubiera quemado.
Como si aquel contacto fuera algo prohibido.
Algo que no debía haber ocurrido.
Di un paso hacia atrás.
Luego otro.
Sin hacer ruido.
Necesitaba irme.
Necesitaba salir de allí antes de que Valeria me descubriera.
Antes de que tuviera que enfrentarla.
Antes de que tuviera que enfrentarme a mí misma.
Porque había algo profundamente inquietante en todo aquello.
Algo que no podía ignorar.
Descubrir que la mujer con la que llevaba tres años trabajando, obedeciendo órdenes y soportando su carácter frío, escondía una parte de sí que jamás imaginé… era desconcertante.
Pero no era eso lo que más me perturbaba.
No era verla besar a otra mujer.
No era descubrir ese secreto.
Era otra cosa.
Algo mucho más incómodo.
Mucho más difícil de aceptar.
Me detuve un segundo antes de llegar a la salida.
Respiré hondo.
Intentando recuperar el control.
Intentando ordenar mis pensamientos.
Pero era inútil.
Porque, por alguna razón que no conseguía explicar porqué me había acelerado tanto aquella escena.
