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Mi jefa odia a las mujeres gordas

Mi jefa odia a las mujeres gordas

ale narvaez · En curso · 113.2k Palabras

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Introducción

Valeria Montenegro siempre ha sido conocida por una cosa: ser la CEO más fría e implacable de la ciudad. En su empresa todos repiten el mismo rumor: odia a las mujeres gordas.

Adriana Ruiz lleva tres años soportando sus críticas, sus exigencias imposibles y la sensación de que, haga lo que haga, nunca será suficiente. El día que Valeria la despide delante de toda la junta directiva, decide marcharse con una última verdad.

—Tu prometida te engaña con tu hermano.

Horas después, Valeria descubre que Adriana nunca le mintió. Obligada a pedirle que regrese, ambas comienzan una convivencia llena de discusiones, tensión, celos y una atracción que ninguna está preparada para aceptar.

Mientras Valeria intenta reconstruir su vida después de la traición, también deberá enfrentarse a una verdad mucho más incómoda: quizás nunca odió a Adriana por su cuerpo... sino porque ella era la única persona capaz de ver las grietas detrás de su perfección.

Una historia de romance GL, drama, segundas oportunidades, amor entre opuestas, lenta tensión romántica y escenas intensas donde descubrirán que el verdadero enemigo nunca fue el peso de Adriana, sino los prejuicios y las heridas que ambas llevan demasiado tiempo cargando.

Capítulo 1

—No vuelvas a usar esa falda.

Toda la oficina levantó la cabeza al mismo tiempo, como si alguien hubiera activado un interruptor invisible. El sonido de los teclados se detuvo, las conversaciones murieron en seco y el aire pareció volverse más pesado.

Dejé de escribir.

No necesité mirar para saber que aquella voz era para mí.

Valeria Montenegro caminó hasta mi escritorio sin apresurarse, como si cada paso estuviera calculado para imponer autoridad. Sus tacones negros resonaron con precisión sobre el suelo pulido. Llevaba un traje blanco impecable, perfectamente ajustado a su figura, sin una sola arruga. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño elegante que no dejaba escapar ni un mechón.

Ni una sola imperfección.

Ni una sola emoción en el rostro.

La mujer que dirigía Montenegro Group parecía haber nacido con un manual de perfección bajo el brazo.

Su mirada descendió lentamente hasta mi falda, recorriéndola con una frialdad que resultaba casi quirúrgica.

—No representa la imagen de esta empresa.

El silencio fue inmediato.

Bajé la vista hacia la tela azul marino. Era una falda normal. Ni corta, ni llamativa, ni fuera de lugar. La misma que había usado otras veces sin problema.

—Buenos días para ti también, jefa.

Varias personas contuvieron una sonrisa. Algunas incluso bajaron la cabeza para disimular.

Valeria no.

Nunca sonreía.

—Te hablé en serio.

—Yo también.

—Cámbiate después de la reunión.

—¿La falda hizo algo ilegal?

Un murmullo apenas perceptible recorrió la oficina.

—No.

—Entonces creo que puede quedarse.

Valeria respiró despacio, como si estuviera contando hasta diez para no perder la paciencia.

—Eres la primera persona que discute por una prenda de ropa a las ocho de la mañana.

Alcé una ceja.

—También soy la única asistente que soporta tu carácter.

Un par de empleados bajaron la cabeza para ocultar la risa. Otros fingieron revisar documentos que claramente no estaban leyendo.

Valeria giró sobre sus talones con elegancia.

—Cinco minutos. Sala de juntas.

Y se marchó sin mirar atrás.

Esperé hasta que desapareció por el pasillo. Solo entonces dejé escapar el aire que había estado conteniendo.

—Qué mujer tan insufrible...

Mi compañera Sofía apareció a mi lado casi de inmediato, con los ojos abiertos como platos.

—¿Estás loca?

—Probablemente.

—Un día va a despedirte.

Tomé mi taza de café con calma, como si no acabara de desafiar a la persona más poderosa de la empresa.

—Llevaba tres años intentándolo.

Sofía negó con la cabeza.

—No entiendo cómo sigues aquí.

Di un sorbo.

—Porque soy buena en lo que hago.

Y porque, en el fondo, sabía que Valeria también lo sabía.

La reunión comenzó exactamente a las ocho con cinco.

No a las ocho con seis.

No a las ocho con cuatro.

A las ocho con cinco.

Porque Valeria decía que la puntualidad también era una forma de respeto.

La sala de juntas estaba llena. Directivos, inversionistas y asistentes ocupaban sus lugares con una tensión silenciosa que siempre acompañaba las reuniones importantes. La pantalla proyectaba las cifras del trimestre, gráficos ascendentes y descendentes que definían el futuro de la empresa.

Tomé notas como siempre, con rapidez y precisión. Mi letra era clara, ordenada, casi perfecta. No necesité mirar el teclado para escribir. No necesité repetir instrucciones.

Era eficiente.

Era indispensable.

Pero eso no significaba que fuera bienvenida.

—Los ingresos han aumentado un doce por ciento respecto al trimestre anterior —explicó uno de los directivos—, pero los costos operativos también han subido.

Valeria escuchó en silencio, de pie junto a la pantalla, con los brazos cruzados. Su mirada analizó cada dato como si pudiera detectar errores invisibles.

Hasta que uno de los inversionistas pidió un receso.

—Cinco minutos —dijo.

Las sillas se movieron, las conversaciones regresaron en murmullos bajos. Algunos salieron de la sala, otros revisaron sus teléfonos.

Me quedé en mi lugar, organizando documentos.

Fue entonces cuando escuché las voces.

Dos asistentes cuchichearon cerca de la puerta. Creyeron que nadie las escuchaba.

—¿Viste cómo la miró?

—Pobre Adriana.

—Dicen que la jefa no soporta contratar mujeres gordas.

—Solo sigue aquí porque es demasiado buena en su trabajo.

No levanté la cabeza.

No reaccioné.

No dije nada.

Fingí no escuchar.

Lo hacía desde hacía años.

Era más fácil.

Más seguro.

Más soportable.

Cuando regresaron a la sala, Valeria ya estaba de pie junto a la pantalla, como si nunca se hubiera movido.

—Continuemos.

Me acerqué para entregarle unos documentos actualizados. Mis dedos rozaron apenas el borde de la carpeta antes de soltarla.

Valeria los revisó durante unos segundos.

Frunció el ceño.

—Hay un error.

Tomé la carpeta de nuevo, revisando rápidamente las cifras.

No había ninguno.

—Los números son correctos.

—El formato no.

Levanté la mirada.

—¿Eso ameritaba detener la reunión?

—Sí.

El tono de Valeria no admitía discusión.

Suspiré, apenas perceptible.

—Entendido.

Pero algo dentro de mí se tensó.

Esa fue la gota que derramó el vaso.

Valeria cerró la carpeta de golpe. El sonido seco resonó en la sala.

—Señorita Ruiz...

Había terminado allí.

El silencio cayó como una losa.

Nadie se movió.

Nadie habló.

El aire se volvió denso, incómodo.

Permanecí inmóvil durante varios segundos. Mis manos descansaron sobre la mesa, quietas, como si estuviera procesando cada palabra.

Después sonreí.

No fue una sonrisa feliz.

Fue una sonrisa cansada.

Como la de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando ese momento.

Guardé lentamente mi libreta.

Metí el bolígrafo en el bolso.

Me puse de pie con calma, sin prisa, sin dramatismo.

—¿Algo más?

Valeria me observó con frialdad.

—Recursos Humanos se pondrá en contacto contigo.

—Perfecto.

Caminé hacia la puerta. Cada paso fue firme, decidido. No hubo temblor en mis manos ni duda en mi postura.

Llegué hasta ella.

Apoyé la mano en el picaporte.

Y entonces me detuve.

Sin girarme.

Hablé con una calma que hizo que toda la sala volviera a guardar silencio.

—Pero antes de irme...

creo que había algo que deberías saber.

Valeria cruzó los brazos.

—No me interesa.

—Tu prometida pasó la noche con tu hermano.

El vaso de agua cayó al suelo.

El sonido del cristal rompiéndose retumbó por toda la sala.

Valeria dejó de respirar.

—¿Qué acabas de decir?

Giré lentamente.

Mis ojos ya no tenían ironía.

Solo una profunda decepción.

—Lo que escuchaste.

—Acabo de despedirte.

—Lo sabía.

—Y esta es tu forma de vengarte.

Negué con la cabeza.

—Si hubiera querido vengarme...

hice una pausa, sosteniendo su mirada,

—habría esperado hasta el día de tu boda.

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Digo, porque debe existir una razón para que a estas alturas me siga afectando aquello que viví hace tantos años. Algo que explique, por qué los hechos que me llevaron hasta donde hoy estoy, me persigan sin cansancio.
Desde que todo comenzó, o acabó, depende de cómo se mire, no he podido avanzar. No realmente. Siempre hay algo que me hace regresar atrás.
Una frase. Un lugar. Una fecha.
Todo me lleva hacia él.
A mi supuesto "para siempre".
La frustración y la rabia me llenan cuando recuerdo cómo sucedió todo. Cómo fue capaz de mirarme a los ojos mientras besaba a otra, mientras tocaba a otra. Cómo fue capaz de culparme de todo cuando lo enfrenté.
El dolor de la traición fue horrible. No solo por lastimar mi orgullo, mi dignidad, sino también, por todo lo que provocó en mi posterior vida.
Me prometió un para siempre. Y nunca lo cumplió.
No al menos, de la forma en que debía.