Capítulo 3 No puedo dejar de mirarla

—No pienso volver.

Mi abuelo dejó lentamente la taza de café sobre el escritorio, como si cada movimiento estuviera calculado para irritarme aún más.

Era el único hombre en toda la empresa que no parecía impresionado por mi cargo, ni por mi apellido, ni por nada que yo representara.

—Entonces presenta tu renuncia.

Levanté la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Has escuchado perfectamente.

Me crucé de brazos, sintiendo cómo la tensión me recorría el cuerpo.

—La despedí.

—Y cometiste un error.

—No acostumbro equivocarme.

Él sonrió con una mezcla de paciencia y lástima que detestaba.

—Precisamente ese es tu mayor problema.

Apreté la mandíbula. No estaba dispuesta a discutir. Mucho menos después del peor día de mi vida.

—La empresa puede seguir sin mí.

Mi abuelo no respondió de inmediato. En lugar de eso, deslizó una carpeta hacia mí con una calma que me puso aún más nerviosa.

La abrí.

Procedimientos.

Contratos.

Negociaciones.

Clientes.

Todos llevaban el mismo nombre.

Adriana Ruiz.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa esto?

—Que durante tres años cargaste sobre tus hombros media empresa sin que ella lo valorara.

El silencio se instaló entre nosotros, pesado, incómodo.

—Necesita volver a contratarte.

—No voy a aceptar.

—Entonces convéncela.

—No soy de las que ruegan.

—Entonces aprende.

Sus palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba. Cerré la carpeta con más fuerza de la necesaria.

—No necesito ese trabajo.

—Eso también es mentira.

Lo miré, furiosa.

—¿Terminamos?

—Cuando vuelvas.

Salí de su oficina sin despedirme, con el orgullo herido y una sensación incómoda creciendo en mi pecho.

Una hora después estaba frente a la cafetería donde Valeria había insistido en verme.

Llegué diez minutos antes.

No por ansiedad.

Por costumbre.

Siempre llegaba antes.

Siempre tenía todo bajo control.

Pero esa vez… no lo sentía así.

Miré el reloj por tercera vez cuando la vi aparecer.

Llegó exactamente a la hora.

Traje impecable.

Tacones.

El cabello perfectamente recogido.

Fría.

Impecable.

Y, por primera vez desde que la conocía…

No estaba detrás de un escritorio dándome órdenes.

Era extraño verla fuera de la oficina.

Extrañamente…

Atractiva.

Sacudí inmediatamente ese pensamiento.

¿Qué demonios me estaba pasando?

Tomé asiento frente a ella sin pedir permiso.

—¿Vas a despedirme otra vez o ya podemos pedir café?

No pude evitar notar cómo exhalaba por la nariz.

Casi una risa.

Casi.

—Necesito que vuelvas.

Arqueé una ceja, poco impresionada.

—Eso no sonó nada convincente.

—La empresa te necesita.

—¿Y tú?

La pregunta la tomó completamente desprevenida.

Abrió la boca, pero ninguna respuesta salió.

Sonreí con ironía.

—Eso imaginaba.

Un camarero se acercó y pidió nuestras órdenes. Pedí un café con leche. Ella, un espresso.

El silencio entre nosotras era incómodo, pero no por falta de palabras… sino por todo lo que no estaba diciendo.

La conversación no duró mucho.

Rechacé la oferta.

Rechacé el aumento de sueldo.

Rechacé el ascenso.

Rechacé todo.

—¿Qué quieres? —preguntó finalmente, perdiendo la paciencia.

Dejé la taza sobre el plato con cuidado.

—Respeto.

No dinero.

Aquella palabra cayó con más fuerza que cualquier grito.

Porque no supo responder.

Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.

—Siempre te he tratado como a cualquier empleado.

—Exacto —respondí—. Ese es el problema.

Frunció el ceño.

—No entiendo.

—Nunca te molestaste en conocerme. Solo en usarme.

Mis palabras la atravesaron.

—Eso no es cierto.

—¿Ah, no? —me incliné ligeramente hacia adelante—. Dime, Valeria… ¿sabes algo de mí que no tenga que ver con el trabajo?

Abrió la boca.

La cerró.

No tenía nada.

Ni una sola cosa.

Sonreí, pero no había alegría en esa sonrisa.

—Eso pensé.

Cuando salimos de la cafetería comenzó a llover.

Una lluvia intensa.

Repentina.

Como si el cielo hubiera decidido romperse justo en ese momento.

Abrí mi bolso.

No llevaba paraguas.

Ella sí.

Permanecimos unos segundos mirándonos, la lluvia cayendo cada vez con más fuerza.

Después levantó el paraguas.

—Ven.

La observé sorprendida.

—¿No te preocupa que alguien piense que seguimos llevándonos bien?

—Nunca nos hemos llevado bien.

—Buen punto.

Me coloqué a su lado.

El paraguas era demasiado pequeño.

Nuestros hombros se rozaban a cada paso.

Su cercanía me resultaba… incómoda.

Y al mismo tiempo…

Extrañamente agradable.

Su perfume era elegante.

Frío.

Pero había algo debajo…

Algo más suave.

Intenté concentrarme en el camino, en el sonido de la lluvia, en cualquier cosa que no fuera ella.

Pero era imposible.

Podía sentir el calor de su cuerpo.

El roce ocasional de su brazo contra el mío.

La forma en que respiraba.

Todo.

Llegamos al estacionamiento donde había dejado su coche.

Ninguna de las dos habló.

Hasta que rompí el silencio.

—Lo de ayer…

Me miró.

—¿Qué pasa con ayer?

Vacilé unos segundos, midiendo mis palabras.

—¿Viste algo?

Noté cómo su expresión cambiaba apenas.

Durante un instante su mirada se volvió más intensa.

Desvió la mirada.

—No sé de qué hablas.

La sostuve unos segundos más.

Sabía que mentía.

Después sonreí muy despacio.

—Qué raro.

Me acerqué un poco más.

—Porque juraría que alguien estaba observándonos.

No respondió.

No podía.

Abrió la puerta del coche, intentando recuperar el control.

Pero antes de que entrara, hablé una vez más.

—Si de verdad quieres que vuelva…

Se detuvo.

—Vas a tener que aprender a verme.

Giró ligeramente la cabeza.

—No solo a mirarme.

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