Capítulo 4 Vuelve

—No voy a regresar.

Ni siquiera levanté la vista del café cuando lo dije.

Lo hice con una calma tan firme que sabía que dolería más que cualquier grito. No había rabia en mi voz, ni reproche abierto. Solo una decisión tomada, sólida, inamovible. Durante años había aprendido a medir cada palabra frente a ella, a no mostrar demasiado, a no dar espacio a interpretaciones. Pero esta vez no estaba actuando. Esta vez era real.

Valeria permanecía de pie frente a la mesa. Podía sentir su tensión sin necesidad de mirarla. Era como una electricidad contenida, una presión invisible que me rodeaba. Era la primera vez en años que tenía que convencer a alguien de aceptar un trabajo. Y, por lo que percibía, lo odiaba.

—Escúchame cinco minutos —pidió.

Su voz no era la misma de siempre. No era la voz firme, segura, casi fría que usaba en la oficina. Había algo más… algo que no supe identificar de inmediato.

Di un pequeño sorbo a mi café antes de responder. Necesitaba ese segundo extra para mantenerme firme.

—Te escuché durante tres años.

Levanté la mirada por fin. Mis ojos estaban tranquilos, pero cansados. No era un cansancio físico. Era algo más profundo, acumulado.

—Ahora me toca escucharme a mí.

Vi cómo apretaba la mandíbula. No estaba acostumbrada a perder el control de una conversación. Mucho menos frente a alguien que, hasta hace poco, obedecía cada una de sus órdenes sin cuestionarlas.

—Cometí un error.

Solté una risa breve, casi imperceptible. No fue burla. Fue incredulidad.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que todavía esperaba escuchar eso.

El silencio que siguió fue pesado. Denso. Como si el aire entre nosotras se hubiera vuelto más espeso, más difícil de respirar.

El mesero dejó las bebidas sobre la mesa y se retiró sin decir una palabra. No necesitaba entender nada para notar la tensión. Nadie necesitaba entender nada para sentirla.

—No debí despedirte —añadió Valeria, con una voz más baja.

Levanté lentamente la cabeza.

Era la primera disculpa que recibía de ella.

Y, por alguna razón, eso me dolió más que el despido.

—No —respondí en voz baja—. No debiste dejar de escucharme hace mucho tiempo.

Vi cómo algo en su expresión cambiaba. Porque era verdad.

Había ignorado cada advertencia. Cada intento de conversación. Cada momento en que traté de acercarme a ella con algo más que trabajo. No porque creyera que mentía. Sino porque estaba demasiado convencida de que tenía el control de todo.

Y ahora parecía darse cuenta de que no era así.

—Necesito que vuelvas —insistió después de unos segundos.

Negué lentamente.

—No necesito volver a un lugar donde cada mañana siento que mi cuerpo entra antes que yo.

Frunció el ceño, confundida.

—¿Qué significa eso?

Sonreí con tristeza. Era difícil explicarlo sin sonar exagerada. Sin parecer débil.

—No importa cuántas horas trabaje. No importa cuántos problemas resuelva. Siempre tengo la sensación de que, cuando me miras…

Hice una pausa breve. Sentí un nudo en la garganta, pero no iba a detenerme ahora.

—Lo primero que ves es que estoy gorda.

El silencio fue absoluto.

La vi abrir la boca, pero ninguna respuesta parecía suficiente. Sus ojos se movieron ligeramente, como si buscara algo que decir y no lo encontrara.

—Nunca te despedí por tu peso —dijo finalmente.

Solté una carcajada breve, sin humor.

—Claro que no.

—Lo digo en serio.

—Y yo también.

Apoyé los codos sobre la mesa, inclinándome ligeramente hacia adelante. Esta vez no iba a suavizar nada.

—¿Sabes cuántas veces me pediste cambiar la ropa? ¿Cuántas veces me hablaste de imagen? ¿Cuántas veces dijiste que debía proyectar algo diferente delante de los clientes?

No respondió.

—Nunca dijiste la palabra “gorda” —continué—. No hacía falta.

Las palabras quedaron suspendidas entre nosotras.

Y por primera vez, vi algo distinto en sus ojos.

No era defensa.

Era incomodidad.

Y eso… eso me sorprendió más de lo que quería admitir.

Porque Valeria nunca se incomodaba. Nunca dudaba. Nunca parecía cuestionarse a sí misma.

Hasta ahora.

No supe en qué momento terminó la conversación.

Solo recuerdo salir de ese café con una sensación extraña en el pecho. Caminé varias cuadras sin rumbo, sin prestar atención a la gente, al ruido, al tráfico. Todo parecía lejano, como si estuviera dentro de una burbuja.

No era alivio.

Tampoco era enojo.

Era algo más confuso.

Como si hubiera cerrado una puerta… pero no del todo.

Como si una parte de mí todavía estuviera ahí, sentada frente a ella, esperando algo que no sabía nombrar.

Esa noche no pude concentrarme en nada.

Intenté trabajar, leer, distraerme. Abrí documentos, respondí correos, incluso intenté ver una serie. Pero nada lograba sostener mi atención más de unos minutos.

Su voz seguía repitiéndose en mi cabeza.

"Cometí un error."

Me tumbé en la cama mirando el techo.

Pensé en todo lo que había pasado.

En todo lo que había aguantado.

En todas las veces que me quedé callada cuando quería decir algo. En todas las veces que acepté comentarios disfrazados de sugerencias. En todas las veces que me convencí de que no era para tanto.

Y también pensé en lo otro.

En cómo me miraba a veces cuando creía que no la veía.

En los silencios incómodos que nunca entendí.

En esa sensación constante de querer demostrarle algo… sin saber exactamente qué.

Y, aun así…

Había algo que no podía ignorar.

No era solo el trabajo.

Nunca lo había sido.

Suspiré.

Tomé el teléfono.

Abrí el chat.

Su nombre seguía ahí, como si nunca hubiera desaparecido de mi vida.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos antes de escribir.

"Acepto volver."

Mi dedo dudó antes de enviar el siguiente mensaje.

"Pero solo durante un mes."

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