Capítulo 5 Un mes no alcanza

—Llegaste temprano.

Valeria estaba junto a mi escritorio cuando salí del ascensor, con una carpeta en las manos y la postura rígida de quien preferiría enfrentar una auditoría antes que una disculpa.

Me detuve a dos pasos de ella.

—Son las ocho menos diez.

—Tu horario empieza a las ocho.

—Por eso llegué temprano.

—Antes llegabas a las siete treinta.

Dejé el bolso sobre la silla.

—Antes tenía ganas de demostrar algo.

Su boca se cerró.

Valeria puso la carpeta sobre mi escritorio.

—Aquí está el acuerdo por un mes.

No la toqué.

—¿Lo redactaste tú?

—Legal.

—Qué romántico.

Sus ojos subieron a los míos.

—No es un romance.

Sonreí para que no se notara.

—Tranquila, jefa. No vine con vestido de novia.

Un par de personas tosieron para esconder la risa.

Abrí la carpeta.

El acuerdo era simple. Un mes. Mismo cargo. Mejor sueldo. Horario claro. Funciones delimitadas. Ninguna mención a disponibilidad fuera de oficina.

Me sorprendió.

Y odié que me sorprendiera.

—Falta algo —dije.

Valeria se tensó.

—¿Qué?

Saqué una pluma, marqué el margen inferior y escribí una línea con letra firme.

Luego giré la carpeta hacia ella.

Valeria leyó en silencio.

—“La señorita Ruiz no recibirá comentarios sobre su cuerpo, ropa o imagen personal salvo que exista una infracción objetiva al código de vestimenta.” —levantó la vista—. ¿Esto es necesario?

Apoyé ambas manos sobre el escritorio.

—Si preguntas eso, es porque sí.

La oficina dejó de fingir.

Valeria sujetó la carpeta con tanta fuerza que el papel se dobló en una esquina. Durante un segundo pensé que iba a borrar la línea, romper el acuerdo o llamarme sensible.

Tomó mi pluma.

Firmó.

El sonido de la punta sobre el papel fue mínimo, pero a mí me sonó a puerta abriéndose.

—Bienvenida de vuelta, Adriana.

Mi nombre en su boca no era nuevo.

Pero esa vez no sonó como una orden.

Sonó como una derrota.

Y las derrotas de Valeria Montenegro tenían un peligro extraño: daban ganas de mirarlas de cerca.

Demasiado cerca.

Guardé el acuerdo.

—Durante un mes.

—Durante un mes —repitió.

Nos quedamos mirándonos un segundo más de lo necesario.

Lo bastante para que mi pulso hiciera una estupidez.

Lo bastante para que sus ojos bajaran a mi boca.

Apenas.

Casi nada.

Pero lo vi.

Y ella supo que lo vi.

Valeria se apartó primero.

—A mi oficina.

—¿Ya empezamos con las órdenes?

—Necesito actualizarte sobre la agenda.

—Eso sonó casi laboral.

—Lo es.

—Qué alivio. Por un momento pensé que ibas a invitarme a hablar de nuestros sentimientos.

La vi respirar por la nariz.

Otra casi risa.

Otra grieta.

Entré detrás de ella.

Se colocó frente a la mesa y me entregó una lista impresa.

—Hoy cancelé dos reuniones.

Levanté la vista.

—¿Tú cancelaste reuniones?

—No soy incapaz de sobrevivir sin ti.

—Ayer tu abuelo parecía opinar distinto.

Su mirada se afiló.

—Mi abuelo habla demasiado.

—Alguien tenía que hacerlo.

Valeria bajó la vista a los papeles.

—A las once viene Camila.

La pluma se me resbaló entre los dedos.

No cayó al suelo porque la atrapé a tiempo.

Ella lo notó.

Claro que lo notó.

—¿Tu prometida?

—Sí.

La palabra salió seca.

Como un documento archivado en el lugar equivocado.

—¿Viene por trabajo?

—Por la boda.

Sentí una punzada absurda en el estómago.

No tenía derecho.

No tenía sentido.

Valeria podía casarse con quien quisiera, besar a quien quisiera en estacionamientos oscuros y arruinar su vida con la mujer que se acostaba con su hermano. Yo no era nadie ahí.

Solo la asistente que había regresado por un mes.

—Entonces necesitarás otra asistente para eso —dije.

Valeria levantó la cabeza.

—¿Perdón?

—Mi contrato dice funciones laborales. Tu boda no es laboral.

—Eres mi asistente.

—De dirección.

—Adriana...

—No voy a reservar flores para una boda que sabes que no deberías tener.

La frase salió antes de que pudiera vestirla de prudencia.

Valeria se quedó inmóvil.

El aire cambió dentro de la oficina.

—Eso no te corresponde —dijo.

—Tienes razón.

—Entonces no vuelvas a decirlo.

Me acerqué a la mesa y dejé la agenda frente a ella.

—Perfecto. Entonces tampoco vuelvas a pedirme que ordene una mentira.

Sus ojos se oscurecieron.

Por rabia.

Por vergüenza.

Por algo más.

—No sabes nada de mi vida.

—Sé que ayer besaste a otra mujer como si te faltara el aire.

Su rostro perdió color.

La puerta estaba abierta.

Su mirada saltó hacia afuera.

Me di cuenta demasiado tarde.

Valeria cruzó la oficina en dos pasos y cerró la puerta de golpe.

Ella se giró hacia mí.

Ya no estaba fría.

Estaba furiosa.

Y asustada.

—No vuelvas a mencionar eso aquí.

—No lo habría hecho si no hubieras intentado meterme en tu boda.

—Esa boda no es asunto tuyo.

—Entonces deja de arrastrarme a ella.

—No te arrastro.

—Me acabas de decir que viene Camila.

—Porque vas a verla en la oficina.

—No. Me lo dijiste para medir mi reacción.

Valeria abrió la boca.

No respondió.

La rabia me subió al pecho, pero debajo había algo peor. Celos ridículos. Celos sin permiso.

—No juegues conmigo, Valeria.

Su nombre salió sin cargo, sin título, sin distancia.

Ella lo sintió.

—No estoy jugando.

—Entonces dime qué estás haciendo.

Valeria dio un paso hacia mí.

Uno solo.

Suficiente para que su perfume me alcanzara.

—Estoy intentando no cometer más errores contigo.

Mi risa salió más baja de lo que esperaba.

—Pues empezaste fatal.

Valeria miró mi boca.

Esta vez no fue un accidente.

Fue una mirada completa, peligrosa, descarada en su silencio.

Y mi cuerpo, traidor profesional, la entendió antes que mi cabeza.

—No me mires así —susurré.

—¿Así cómo?

—Como si no supieras qué hacer conmigo.

Su respiración cambió.

Yo debería haber retrocedido.

No lo hice.

Ella tampoco avanzó.

Nos quedamos en ese punto exacto donde nada ocurre y, aun así, todo se arruina.

Entonces golpearon la puerta.

Valeria se apartó de mí como si el aire quemara.

—¿Qué? —dijo, demasiado brusca.

La puerta se abrió sin esperar permiso.

Camila entró con un vestido color crema, lentes oscuros en la cabeza y una sonrisa que no le tocaba los ojos. Detrás de ella venía un hombre alto y moreno.

Lo reconocí enseguida.

El hermano de Valeria.

La noche que mencioné en la sala de juntas acababa de entrar caminando.

Camila me miró primero.

Luego a Valeria.

Luego otra vez a mí.

Su sonrisa se volvió más filosa.

—Qué curioso —dijo—. Pensé que la asistente despechada ya estaba fuera.

Valeria dio un paso al frente.

—Camila, no empieces.

El hermano de Valeria soltó una risa baja.

—Déjala, Val. La chica solo dijo la verdad en el momento equivocado.

Camila se quitó los lentes con calma.

—No vine a discutir con empleadas.

Me quedé quieta.

Valeria giró hacia mí, como si temiera que yo respondiera.

Y quizá debió temerlo.

Pero antes de que pudiera abrir la boca, Camila levantó la mano izquierda y mostró el anillo.

—Vine porque quiero que mi boda se anuncie hoy mismo en la empresa.

El silencio cayó pesado.

Valeria palideció.

Yo sentí cómo algo se rompía muy despacio dentro de mí.

Camila sonrió.

—Y quiero que Adriana redacte el comunicado.

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