Capítulo 2 EL PRÍNCIPE SIN PERMISO

—Suéltame ahora mismo o el próximo titular dirá que un príncipe murió apuñalado con cubiertos de desayuno.

Rowan retiró el brazo de mi cintura, aunque no se apartó lo suficiente. Los flashes mordían las ventanas y una voz repetía su nombre.

—No salgas —ordenó.

—Acabas de confesar que mentiste sobre tu nombre y todavía crees que puedes darme órdenes.

—No es momento para discutir.

—Es el momento perfecto. Después quizá tenga que pedir audiencia.

Noor apareció en la puerta con Elsie agarrada a su brazo.

—Tengo una pregunta profesional —susurró—. Si un miembro de la realeza se desmaya, ¿lo tratamos como paciente o esperamos a que llegue alguien con una capa?

Rowan la miró.

—Nadie usa capa.

—Qué decepción.

Elsie golpeó el suelo con el andador.

—Dejen de hacer ruido. Los buitres oyen mejor cuando huelen sangre.

Rowan fue hacia ella.

—Tienes que regresar a tu habitación.

—Y tú tienes que dejar de entrar como delincuente. Ninguno obtendrá lo que quiere esta noche.

Otro destello iluminó la cocina. Me acerqué a la ventana, pero Rowan me sujetó la muñeca.

—No.

Bajé la vista hacia su mano.

—Te quedan tres segundos para conservar los dedos.

Me soltó.

—Si te fotografían, buscarán tu nombre, tu familia y cualquier hombre con quien hayas tomado café durante los últimos diez años.

—Solo llevo seis meses en Inglaterra.

—Entonces les facilitarás el trabajo.

—No necesito que me asustes para obedecerte.

—No intento asustarte.

—Lo estás haciendo fatal.

Su mandíbula se tensó. Sin el gesto arrogante de antes, parecía cansado. No era el cansancio de un turno largo. Era algo antiguo, ensayado.

Elsie se acercó a mí.

—Rowan no sabe pedir. En palacio confundieron la cortesía con una debilidad.

—Elsie.

—Estoy ayudándote.

—Me estás enterrando.

—También lo necesita.

Noor contuvo una risa. Yo no pude.

Rowan me miró como si mi diversión resultara una traición.

—¿Qué?

—Nada. Solo intento imaginarte pequeño, dando órdenes desde una trona.

—No usaba trona.

—Por supuesto. Seguro comías en un trono portátil.

Elsie sonrió.

—Arrojaba los guisantes al suelo cuando algo no le gustaba.

—Tenía cuatro años.

—La semana pasada hiciste lo mismo con una propuesta ministerial.

—Era una metáfora.

—Era una carpeta, y terminó debajo de una mesa.

La imagen consiguió que olvidara a los fotógrafos. Rowan se pasó una mano por el cabello.

—Necesito llamar a mi equipo.

—Hazlo —dije—. Luego sales por donde entraste y te llevas tus cámaras.

—No son mías.

—Te siguen a ti.

—Eso no significa que pueda controlarlas.

—Extraña limitación para alguien que acaba de afirmar que mi vida dejó de pertenecerme.

Sus ojos se fijaron en los míos.

—Elegí mal las palabras.

—Elegiste mal el nombre, la hora y la magdalena.

—La magdalena sigue teniendo demasiado cardamomo.

—Retiro mi compasión.

Noor se acercó a Elsie.

—Voy a llevarla a su habitación antes de que conviertan la cocina en una cumbre diplomática.

—No necesito que me lleven —protestó Elsie.

—Yo necesito una excusa para alejarme antes de decirle al príncipe que su mandíbula es ofensivamente simétrica.

Rowan pestañeó.

—¿Eso fue un cumplido?

—Una observación clínica.

Noor se marchó con Elsie. La anciana señaló a Rowan.

—No vuelvas a decidir por ella.

Después me señaló a mí.

—Y tú deja de blandir cuchillos como si fueran argumentos.

—Funcionó.

—Por eso me preocupa.

La puerta se cerró. Rowan y yo quedamos solos.

Sacó el teléfono. Tenía siete llamadas perdidas y una docena de mensajes. Marcó un número.

—Celia, me encontraron.

Una voz femenina respondió tan alto que pude escucharla.

—¿Dónde estás?

—En Briar House.

—Dime que no entraste por la puerta principal.

—No entré por la puerta principal.

—Gracias a Dios.

—Entré por la cocina.

Hubo un silencio.

—A veces olvido cuánto esfuerzo inviertes en empeorar una situación sencilla.

Miré hacia otro lado para que Rowan no viera mi sonrisa.

—Hay residentes —continuó él—. No pueden acercarse al edificio.

—Ya hay fotografías circulando. Una silueta femenina aparece contigo en la ventana.

Mi sonrisa murió.

Rowan me miró.

—No se ve su rostro.

—Eso no detendrá a nadie. Necesito saber quién es.

—Nadie.

La palabra me pinchó más de lo razonable.

Celia respondió:

—Si estaba lo bastante cerca para aparecer abrazada a ti, dejó de ser nadie.

—No estaba abrazándola.

—La fotografía discrepa.

Rowan cerró los ojos.

—Envía seguridad.

—Te sacaré por el jardín. Después hablaremos de la mujer.

Colgó.

—¿Nadie? —pregunté.

—Quise proteger tu identidad.

—Podrías empezar por usar mi nombre.

—Vera.

Lo pronunció despacio, sin la ironía anterior. Mi estómago reaccionó.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Decirlo como si acabara de ocurrírsete una mala idea.

Dio un paso hacia mí.

—Las malas ideas suelen ser más fáciles de ignorar.

—Entonces debes llevar años entrenando.

—Desde que era niño.

Otro flash cruzó el vidrio. Rowan se acercó tanto que el borde de la encimera presionó mi espalda. Apoyó una mano a mi lado, sin tocarme.

—Van a intentar fotografiarte otra vez.

—Puedo esconderme sola.

—No lo dudo.

—Tu cara dice lo contrario.

—Mi cara está demasiado cerca de la tuya para que la estudies con precisión.

El aire cambió. Olía a lluvia, café y a la magdalena. Su mirada bajó a mi boca. Esta vez no fingí no notarlo.

—¿También vas a robarme eso? —pregunté.

—¿Qué cosa?

—La respuesta sería menos peligrosa si retrocedieras.

No lo hizo.

—No suelo obedecer amenazas hechas con cuchillos para mantequilla.

—Puedo buscar uno mejor.

—Tendría que dejarte pasar.

Su pecho rozó el mío. Apenas. Fue suficiente para que el calor subiera por mi cuello.

—Rowan.

—Dijiste que usara tu nombre. Devuélveme la cortesía.

—Alteza.

Se apartó como si lo hubiera empujado.

—No me llames así.

—Es lo único verdadero que sé de ti.

La frase le borró cualquier provocación.

Antes de que respondiera, alguien golpeó la puerta trasera tres veces. Rowan miró el reloj.

—Es seguridad.

—Perfecto. Vete.

—No puedo dejarte aquí.

—Trabajo aquí.

—Los fotógrafos también lo saben ahora.

—No me llevarás contigo.

—No pretendía hacerlo.

—Entonces deja de hablar como si fueras a meterme en una maleta real.

Abrió la puerta unos centímetros. Un hombre vestido de negro habló desde el jardín.

—Alteza, tenemos un problema. La imagen ya está en varios medios.

—¿Se distingue su rostro?

El hombre dudó.

—No, pero alguien la reconoció por el uniforme.

Sentí que el suelo cambiaba de sitio.

—¿Qué publicaron? —pregunté.

Rowan tomó el teléfono que le ofrecían. Leyó la pantalla y endureció la expresión.

—Dímelo.

Giró el dispositivo hacia mí.

La fotografía nos mostraba detrás de la ventana: su brazo alrededor de mi cintura, mi cuerpo pegado al suyo y su boca a un suspiro de mi cuello.

El titular decía: EL PRÍNCIPE DESAPARECIDO, ATRAPADO EN UNA CITA NOCTURNA.

Debajo, una línea anunciaba que la misteriosa mujer trabajaba en Briar House.

—Esto es culpa tuya —murmuré.

—Lo sé.

—Vas a desmentirlo.

—No puedo hacerlo sin explicar por qué estaba aquí.

—Entonces inventa algo.

—Ya lo hicieron por mí.

El teléfono de Rowan vibró. Leyó el nuevo mensaje y palideció.

—¿Qué ocurre?

Levantó la mirada.

—El palacio acaba de confirmar que no soy soltero.

—¿Qué?

Guardó el teléfono y volvió a acercarse.

—Desde este momento, Vera, todo el mundo cree que eres mi amante secreta.

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