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MI NOVIO SECRETO USA CORONA

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Lisa C · En curso · 96.7k Palabras

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Introducción

Después de que su prometido se apropia de las recetas que crearon juntos y publica un libro sin reconocer su trabajo, Vera Castillo abandona Madrid y acepta un empleo temporal en una residencia para adultos mayores en Londres. Allí intenta reconstruir su vida cuidando a los residentes y preparando magdalenas inspiradas en sus recuerdos.

Su nueva rutina termina cuando sorprende a un desconocido robando uno de sus postres en plena madrugada.

Rowan Hart es arrogante, reservado y demasiado atractivo para la tranquilidad de Vera. Asegura que solo visita a una antigua institutriz, pero su verdadero nombre es Rowan Ashford, príncipe de Bellhaven y uno de los hombres más perseguidos por la prensa europea.

Cuando los paparazzi los fotografían juntos, el palacio transforma a Vera en la misteriosa novia secreta del príncipe. Para proteger la residencia y evitar que la vida privada de los residentes sea expuesta, ella acepta fingir la relación durante sesenta días.

Las reglas parecen sencillas: nada de besos sin permiso, habitaciones separadas, ningún regalo costoso y ninguna decisión tomada en nombre del otro.

Pero Rowan no sabe proteger sin controlar, Vera no sabe recibir ayuda sin sentirse atrapada y los besos para las cámaras comienzan a parecer demasiado reales.

Capítulo 1

—Suelta esa magdalena o descubrirás cuánto daño puede hacer un cuchillo para mantequilla.

El desconocido dejó de masticar.

Yo mantuve el cuchillo levantado. Eran las dos y diecisiete de la madrugada, llevaba un uniforme verde con harina en el pecho y una zapatilla distinta en cada pie. Él parecía haber salido de una cena donde la gente pronunciaba “patrimonio” sin reírse.

Traje oscuro. Camisa blanca abierta en el cuello. Cabello castaño peinado con un descuido calculado. Y una boca que acababa de morder mi mejor magdalena de naranja y cardamomo.

—Es un cuchillo romo —dijo.

—Estoy cansada. Puedo compensarlo con entusiasmo.

Miró el arma, después mi cara.

—Tiene demasiado cardamomo.

—Entraste en una residencia privada, robaste de mi cocina y decidiste criticar la receta.

—No robé. La magdalena estaba sola.

—También lo está esa silla y no te la estás comiendo.

Su boca se curvó.

—Aún.

Apreté el mango. Aquel hombre sonreía como si estuviera acostumbrado a que nadie le negara nada.

Briar House dormía al otro lado de la puerta. Veintisiete residentes. Si gritaba, Noor aparecería con el desfibrilador y una curiosidad indecente.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Rowan.

—Eso es un nombre, no una explicación.

—Vengo a ver a alguien.

—Las visitas terminan a las ocho.

—La persona que visito no duerme antes de las tres.

—Entonces puede esperar hasta mañana para verte con luz y testigos.

Dejó la magdalena sobre la encimera. Sus dedos eran elegantes para un ladrón nocturno. Llevaba un reloj discreto que probablemente costaba más que mi habitación alquilada.

—Tengo llave.

—Eso empeora la historia.

Sacó una llave de latón del bolsillo.

Reconocí el llavero de Briar House.

—¿Quién te la dio?

—Elsie Quinn.

Bajé el cuchillo un centímetro.

Elsie ocupaba la habitación doce. Setenta y ocho años, sarcasmo intacto y una habilidad especial para descubrir secretos antes que sus propietarios. Llevaba dos semanas negándose a participar en mi taller porque, según ella, “los recuerdos no necesitan azúcar para hacer daño”.

—¿Eres familia suya?

—Algo parecido.

—Eso suele significar que no.

Rowan se acercó. Yo retrocedí medio paso y odié que lo notara.

—¿Siempre interrogas así a las visitas?

—Solo a las que aparecen de madrugada oliendo a lluvia y malas decisiones.

—¿Qué haces con las buenas decisiones?

—No suelen venir a buscarme.

Su mirada descendió a mi boca y volvió a mis ojos sin prisa. Mi cuerpo lo registró como una provocación. Llevaba seis meses sin besar a nadie y tres evitando recordar al hombre que había publicado mis recetas con su nombre. No necesitaba que un extraño despertara partes de mí que había enviado al desempleo.

—Deja de mirarme así.

—¿Así cómo?

—Como si evaluaras otro postre.

—No estaba pensando en comer.

—Eso no mejora nada.

Sonrió.

—¿Tú preparaste las magdalenas?

—No. Llegaron volando desde Madrid.

—Entonces debes estar decepcionada. Una se estrelló contra mi boca.

—Y sobrevivió para arrepentirse.

Extendí la mano.

—La llave.

—No.

—No era una pregunta.

—Tampoco mi respuesta.

Rodeé la encimera para bloquearle la salida. Él se movió al mismo tiempo y quedamos demasiado cerca. Su pecho casi rozó el mío. El calor atravesó la tela fina del uniforme, y lamenté no haberme puesto el sujetador correcto para enfrentar intrusos.

Rowan bajó la mirada.

Crucé los brazos.

—Di una palabra y te entierro en puré de manzana.

—Solo iba a decir que tienes harina en el cuello.

Su mano se levantó.

—No me toques.

Se detuvo. Bajó la mano y retrocedió.

—Entendido.

La obediencia me desarmó más que su descaro.

La puerta se abrió y Noor apareció con una manta sobre los hombros y el desfibrilador pegado al pecho.

—¿Necesitas ayuda o llegué tarde a la parte interesante?

—Encontré un intruso.

Noor miró a Rowan, su traje y mi cuchillo.

—Claro. Y yo encontré razones para maquillarme en el turno nocturno.

—Dice que viene a ver a Elsie.

—Elsie no recibe hombres después de medianoche desde mil novecientos setenta y ocho.

—No soy ese tipo de visita —dijo Rowan.

—Todos dicen eso antes de quitarse la camisa.

—Noor.

—Estoy verificando riesgos.

Ella se acercó y palideció apenas.

—Yo te conozco.

Rowan dejó de sonreír.

—Lo dudo.

—Te he visto en alguna parte.

—Tiene cara de anuncio de perfume —dije.

Noor chasqueó los dedos.

—No. Es algo de noticias.

Rowan envolvió la magdalena en una servilleta y avanzó hacia la puerta.

Me interpuse.

—No vas a ninguna parte hasta devolver la llave.

—Elsie me espera.

—Puede confirmar tu historia.

—No quiero despertarla.

—Has venido a verla.

—No dije que estuviera dormida.

—Entonces iremos juntos.

—No.

—Vuelves a confundirme con alguien que acepta órdenes.

Sus ojos cambiaron. Seguían tranquilos, pero debajo apareció algo duro.

—Vera, hay conversaciones que no te conciernen.

—Todo lo que ocurre aquí durante mi turno me concierne.

—No tienes idea de lo que interrumpes.

—Y tú no sabes cuánto odio que hombres desconocidos intenten hacerme sentir pequeña.

La frase salió antes de que pudiera detenerla. Vi a Mateo en la cocina de nuestro restaurante, explicándome que poner mi nombre en el libro “confundiría la marca”. Apreté el cuchillo.

Rowan lo notó.

—No intento hacerte pequeña.

—Entonces deja de hablarme desde arriba.

Miró la diferencia de altura.

—Eso requeriría arrodillarme.

Noor soltó una risa que convirtió en tos.

—Puedo ayudar. Le golpeo detrás de las rodillas.

Un ruido metálico sonó en el pasillo. Después llegó una voz débil.

—Rowan.

Elsie estaba junto a la puerta, apoyada en su andador, con una bata azul y el cabello blanco suelto.

—Te dije que entraras por atrás.

Noor bajó el desfibrilador.

—¿Usted le dio una llave?

—Le di muchas cosas. La mayoría no supo aprovecharlas.

Rowan llegó hasta ella y le acomodó la manta. La arrogancia desapareció de su rostro.

—No debiste levantarte.

—Y tú no debiste tardar tres meses en venir.

El dolor en la voz de Elsie borró cualquier comentario. Rowan apretó la mandíbula.

—Estaba trabajando.

—Siempre trabajas cuando tienes miedo.

Él miró hacia nosotras.

—Necesito hablar con ella a solas.

—Cinco minutos —dije—. Luego vuelve a la cama.

—No eres su guardiana.

—Esta noche sí.

Elsie levantó una ceja.

—Me agrada. Es mandona sin tener corona.

Rowan quedó inmóvil.

Noor me agarró del brazo.

—Vera, ya recordé dónde lo vi.

Un destello iluminó la ventana.

Luego otro.

Rowan apagó las luces. Su brazo rodeó mi cintura y me arrastró detrás del muro. Sin pedir permiso. Mi espalda chocó con su pecho. Su boca quedó junto a mi oído.

—No hagas ruido.

—¿Quién está afuera?

Las cámaras volvieron a disparar. Noor llevó a Elsie al pasillo.

Sentí su respiración contra mi cuello y el latido acelerado bajo mi mano.

—Suéltame.

—Cuando se vayan.

—No eres quien decide eso.

—Esta vez sí.

Una voz gritó desde el jardín:

—¡Alteza! ¿Está visitando a alguien en Briar House?

Se me helaron los dedos.

Miré al hombre que todavía me mantenía pegada a su cuerpo.

—¿Alteza?

Rowan cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía un ladrón de magdalenas. Parecía alguien acostumbrado a esconder un reino detrás de una mentira.

—Mi nombre no es Rowan Hart —murmuró—. Soy el príncipe Rowan Ashford de Bellhaven, y si esas cámaras te han visto conmigo, tu vida acaba de dejar de pertenecerte.

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