Capítulo 3 LA NOVIA QUE NADIE CONSULTÓ
—No soy tu amante y pienso decírselo al mundo antes del desayuno.
Rowan guardó el teléfono con una calma que me resultó ofensiva.
—Antes del desayuno, el mundo habrá escrito cinco versiones nuevas.
—Entonces daré seis.
—Vera, si desmientes la relación, preguntarán por qué estaba aquí.
—Porque visitabas a Elsie.
—Y después vendrán por ella.
—No puedes usarla para obligarme a mentir.
—No intento obligarte.
—Qué alivio. Solo estás bloqueando la salida con dos guardias y una reputación internacional.
El hombre vestido de negro fingió no escucharnos. Detrás de él, los flashes seguían encendiendo el jardín como una tormenta sin lluvia.
Noor apareció con una bata sobre el uniforme y el teléfono pegado a la oreja.
—Hay periodistas llamando a recepción. Uno preguntó si Vera seduce príncipes con magdalenas.
—¿Qué respondiste? —pregunté.
—Que depende del relleno.
—Noor.
—Después colgué.
Rowan se frotó el puente de la nariz.
—Necesito hablar con la directora.
—Necesitas salir de mi cocina.
—Ambas cosas pueden ocurrir.
—En ese orden.
Antes de que contestara, la puerta principal retumbó bajo varios golpes. Una residente gritó desde el piso superior. Otra preguntó si había incendio.
Yo olvidé la corona, los titulares y el calor que Rowan había dejado en mi cintura.
—Noor, acompaña a la señora Keller. Yo revisaré las habitaciones.
—La seguridad puede hacerlo —dijo Rowan.
—Tu seguridad no conoce a estas personas.
Crucé el pasillo. Él me siguió.
—Vera.
—No.
—Escúchame.
—Llevo diez minutos escuchando cómo otros deciden qué soy.
Subí la escalera de dos en dos. La señora Keller estaba junto a su puerta, abrazada a una almohada. Tenía ochenta y seis años y confundía los ruidos fuertes con los bombardeos de su infancia.
Me agaché frente a ella.
—No hay incendio. Solo gente maleducada afuera.
—¿Vienen por mí?
—No. Vienen por un hombre que roba postres.
Rowan se detuvo detrás de mí.
La señora Keller lo miró.
—Es demasiado guapo para ser ladrón.
—Esa es su estrategia.
Él se inclinó.
—Prometo marcharme cuando todos estén tranquilos.
—No le crea —dije—. También prometió llamarse Rowan Hart.
La mujer entrecerró los ojos.
—¿Es usted famoso?
—A veces.
—Entonces cierre la cortina. La fama no sirve para dormir.
Rowan obedeció sin discutir. Después ayudó a Noor a llevarla hasta la cama. Lo hizo con cuidado, explicando cada movimiento antes de tocarla. La firmeza de sus manos no se parecía a la forma en que me había arrastrado detrás del muro.
Cuando salimos, lo enfrenté.
—Sabes pedir permiso.
—Cuando me dan tiempo.
—Siempre hay tiempo para no sujetar a alguien sin preguntar.
—Tienes razón.
Esperé una excusa. No llegó.
—No vuelvas a hacerlo.
—No lo haré.
La respuesta me quitó parte del enfado y eso me irritó más.
Bajamos. La directora de Briar House, Margaret Hale, nos esperaba en recepción con un abrigo sobre el pijama y el cabello recogido con un lápiz.
—Alteza —dijo sin inclinarse—, está arruinando mi noche.
—Lo lamento.
—Lamentará más la factura si rompen una ventana.
Margaret miró hacia mí.
—¿Es verdad?
—No.
—¿Qué parte?
—Todas las que incluyan romance, amantes o una corona cerca de mi cama.
Noor tosió para ocultar una risa.
Rowan habló:
—El palacio confirmó una relación para proteger la residencia.
—El palacio no sabe dónde está Briar House —dijo Margaret.
—Lo sabrá en unas horas.
—Entonces su estrategia de protección tiene agujeros.
Una mujer entró desde el jardín acompañada por otros dos agentes. Llevaba un traje gris, zapatos sin una mota de barro y una expresión capaz de cancelar cumpleaños.
—Celia Grant —se presentó—. Directora de comunicaciones de la Casa Ashford.
—Vera Castillo —respondí—. Directora de comunicaciones de mi propia vida.
Celia me examinó desde las zapatillas diferentes hasta la harina del cuello.
—Comprendo por qué las fotografías funcionan.
—Yo comprendo por qué usted no sonríe.
—Sonreír durante una crisis crea expectativas.
Margaret nos condujo al comedor. Rowan cerró la puerta mientras Celia distribuía tres teléfonos sobre la mesa. En cada pantalla aparecía nuestra fotografía.
En una, yo era una cuidadora española que había conquistado al príncipe.
En otra, una oportunista.
La tercera aseguraba que estábamos comprometidos.
—Esa gente trabaja rápido —murmuré.
—La estupidez viaja sin equipaje —dijo Celia.
—Desmienta todo.
—No podemos.
—Entonces aprendió esa palabra de él.
Rowan se sentó frente a mí.
—Si negamos que existe una relación, buscarán la verdadera razón de mis visitas.
—Podemos decir que colaboras con la residencia.
—Pedirán documentos, fechas y fotografías.
Margaret cruzó los brazos.
—¿Qué riesgo corre Elsie?
Celia respondió:
—Su historial, su vínculo con la familia real y su estado médico se volverán noticia. También investigarán a cada residente.
El comedor quedó en silencio.
Pensé en la señora Keller temblando, en Elsie usando el sarcasmo para ocultar que cada semana recordaba menos, en las familias que habían confiado en nosotros.
—¿Cuánto tardará en desaparecer? —pregunté.
—No desaparecerá —dijo Celia—. Pero podemos cambiar el relato.
—No soy un relato.
—Desde que apareció junto a él, lo es para los medios.
Rowan apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Hay otra opción.
—Cada vez que dices eso, alguien termina perdiendo privacidad.
—Escúchala antes de rechazarla.
—No prometo nada.
Celia deslizó una carpeta hacia mí.
—Confirmaremos que usted y el príncipe mantienen una relación reciente. Nada de amante secreta. Nada de compromiso. Solicitarán respeto mientras conocen el futuro de la relación.
Abrí la carpeta. Había reglas sobre ropa, entrevistas, desplazamientos y publicaciones.
—Esto parece un manual para secuestrar mi personalidad.
—Es una propuesta.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos semanas —dijo Celia.
Rowan la miró.
—No bastará.
—Lo sé.
—Entonces no le mientas.
Celia cerró los labios.
—Sesenta días.
Me levanté.
—Ni hablar.
—La fundación real compensará a Briar House por los daños y financiará el programa que usted presentó ayer.
La miré.
—¿Cómo sabe del programa?
—Sé todo lo relevante.
—Mis residentes no son moneda de cambio.
—Nadie ha dicho eso.
—Lo escribió con números.
Cerré la carpeta y la empujé.
Rowan no la tocó.
—Vera, no tienes que aceptar esta noche.
—No aceptaré mañana tampoco.
—Entonces hallaremos otra salida.
Celia lo observó con evidente desacuerdo.
—Alteza, la reina espera una solución antes de las nueve.
—La reina puede esperar.
—Bellhaven no.
—Ella no es Bellhaven.
Sus ojos se encontraron. Algo pesado pasó entre ambos.
Me dirigí a la puerta.
Rowan se levantó y la bloqueó, sin tocarme.
—Déjame pasar.
—Sí. Pero primero necesitas saber qué ocurrirá al salir.
—¿Otra amenaza?
—La verdad. Hay cuarenta periodistas frente al edificio. Si te ven sola, te destrozarán. Si sales conmigo, obedecerán a seguridad.
—No pienso agarrarme de tu brazo y sonreír.
—No te pediría que sonrieras.
Mi pulso dio un salto absurdo. El recuerdo de su pecho contra mi espalda regresó con una precisión irritante. Rowan lo notó, porque sus ojos descendieron hasta mi garganta.
—Eso tampoco estaba en la propuesta.
—No.
—Entonces deja de usar esa voz.
—¿Cuál?
—La que hace parecer razonable una idea desastrosa.
Él sonrió apenas.
—¿Qué quieres entonces?
Rowan miró mi boca y después volvió a mis ojos.
—Que me permitas acercarme lo suficiente para que crean que no eres una víctima.
—¿Y qué se supone que debo parecer?
Su voz bajó.
—La única mujer capaz de rechazar a un príncipe y hacer que él quiera besarla de todos modos.
