Capítulo 4 LA SALIDA IMPOSIBLE

—Acércate un centímetro más y descubrirás que rechazar a un príncipe también puede incluir un rodillazo.

Rowan no se movió.

Seguía bloqueando la puerta del comedor, con una mano apoyada en el marco y esa expresión controlada que me daban ganas de arrugarle. Afuera, cuarenta periodistas esperaban verme tropezar, llorar o confesar que coleccionaba coronas en la mesita de noche.

—No voy a tocarte sin permiso —dijo.

—Me tranquiliza saber que las normas básicas de convivencia han llegado a Bellhaven.

—Llegaron. Algunos no las aprendimos a tiempo.

Aquello sonó demasiado sincero para seguir atacándolo con comodidad.

Celia cerró la carpeta.

—Tenemos seis minutos antes de que la policía abra un corredor. Pueden discutir sobre centímetros dentro del vehículo.

—No subiré a ningún vehículo real.

—Es un automóvil —respondió Rowan—. No relincha ni tiene escudo en las ruedas.

—Qué pena. Esperaba huir montada sobre la dignidad de tu familia.

Noor soltó una carcajada desde la esquina. Margaret le lanzó una mirada severa y después se cubrió la boca para esconder la suya.

Celia no sonrió.

—Señorita Castillo, puede salir sola y permitir que la rodeen, o salir con el príncipe bajo protección. No hay una tercera puerta.

—La cocina tiene una.

—Hay fotógrafos en el callejón.

—¿El techo?

—Dos drones.

Miré a Rowan.

—Tu vida parece una plaga con lentes.

—Esta noche sí.

La puerta principal volvió a temblar. Una voz gritó mi nombre. Otra preguntó cuánto tiempo llevábamos juntos.

Noor se acercó y me acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Tienes harina en la cara.

—Perfecto. Que parezca que lo seduje con carbohidratos.

—Eso es bastante creíble.

—No ayudas.

—Estoy intentando que salgas guapa durante tu ruina pública.

Rowan se quitó la chaqueta y la extendió hacia mí.

—Póntela.

—No tengo frío.

—Tu uniforme tiene el nombre de la residencia bordado.

Comprendí. Si aparecía con él, cada fotografía mostraría Briar House. Los periodistas podrían identificar a trabajadores y residentes.

Tomé la chaqueta.

—Esto no significa que haya aceptado los sesenta días.

—Significa que aceptaste una prenda.

—Y pienso devolverla sin lavar.

—Cruel.

La tela conservaba su calor y un aroma limpio, oscuro, que no ayudó a mi concentración. Me quedaba enorme. Las mangas cubrieron mis manos y el borde llegó casi hasta mis rodillas.

Noor ladeó la cabeza.

—Pareces la mañana siguiente a una decisión cuestionable.

—Gracias.

—Era un cumplido.

Rowan apretó la boca para no reír.

—No digas nada —le advertí.

—Solo pensaba que mi chaqueta te queda mejor.

—Tu ego también me quedaría grande.

Celia se puso de pie.

—Cuando crucen la puerta, él caminará a la derecha. Usted mantendrá la mano en su brazo. No responda preguntas. No se detenga. No golpee a nadie.

—Esa última regla es demasiado específica.

—He leído su ficha laboral.

—¿Qué parte?

—La del hombre que intentó tocar a una residente sin consentimiento y terminó con una bandeja en la cabeza.

—La bandeja resbaló.

Margaret carraspeó.

—Tres veces.

Rowan me ofreció el brazo.

—¿Lista?

—No.

—Yo tampoco.

Aquella confesión me hizo mirarlo. Por primera vez parecía un hombre a punto de salir a una habitación hostil, no alguien criado para dominarla.

Puse la mano sobre su antebrazo.

El músculo se tensó bajo mis dedos.

—No interpretes eso como interés.

—Sería difícil. Me estás clavando las uñas.

—Es mi forma de mantener el equilibrio.

—Podrías sujetarme con toda la mano.

—Podrías dejar de dar instrucciones.

—Podrías admitir que estás nerviosa.

—Podrías recordar el cuchillo.

Celia abrió la puerta.

El ruido entró primero.

Mi nombre, el suyo, preguntas en inglés y español, cámaras golpeándose, agentes ordenando distancia. Rowan colocó la palma sobre mi cintura. Esta vez esperó.

Lo miré.

—¿Puedo? —preguntó.

Asentí.

Su mano se apoyó con firmeza. El contacto me atravesó el uniforme y volvió demasiado consciente cada paso. No era un abrazo, pero ante las cámaras parecía íntimo.

Salimos.

Los flashes borraron el jardín. Alguien gritó que levantara la cara. Otro preguntó si había pasado la noche con él. Una reportera quiso saber si yo era la razón por la que Rowan había rechazado a una aristócrata de Bellhaven.

Tropecé con el borde del sendero.

Rowan me sostuvo.

—Mírame —murmuró.

—Estoy intentando no caer.

—Por eso. Mírame a mí.

Levanté la cabeza. Sus ojos permanecían fijos en los míos mientras todo alrededor se convertía en ruido blanco.

—Respira —dijo.

—No me ordenes respirar.

—Entonces hazlo para desobedecerme.

Solté una risa involuntaria. Las cámaras estallaron con más fuerza.

—Acabas de empeorarlo.

—Ahora creen que te hago feliz.

—Demandaré a todos por difamación.

Llegamos al vehículo. Un periodista rompió el cordón y se acercó demasiado.

—¡Vera! ¿Cuándo comenzó la relación?

Me detuve.

Rowan intentó guiarme, pero ya estaba cansada de que otros escribieran respuestas por mí.

—Anoche —dije.

El jardín quedó en silencio durante un segundo.

Rowan bajó la mirada hacia mí.

—¿Anoche? —repitió el periodista.

—Cuando lo encontré robando una magdalena.

Varias personas rieron. Celia cerró los ojos como si rezara por paciencia.

—¿El príncipe entró a la residencia para verla?

—Entró porque no sabe respetar horarios ni recetas.

—¿Entonces niega que sean pareja?

Rowan deslizó el pulgar sobre mi costado. Una advertencia o una pregunta. No supe cuál.

—Digo que todavía estoy decidiendo si merece una segunda magdalena.

El periodista sonrió.

—¿Y un segundo beso?

Mi cuerpo se tensó.

Rowan abrió la puerta del coche.

—La entrevista terminó.

—¡Alteza! ¿La besó anoche?

Él podría haber ignorado la pregunta. En cambio, miró mi boca con una lentitud calculada que provocó otro estallido de flashes.

—No —respondió—. Cometí errores más graves.

Entré al vehículo antes de que mis piernas olvidaran su trabajo.

Rowan se sentó a mi lado. Celia ocupó el asiento delantero y cerró la división de cristal.

—¿Errores más graves? —pregunté.

—Mentirte.

—Eso no sonó romántico.

—No intentaba serlo.

El espacio era demasiado pequeño para su cuerpo y para mi conciencia de él. Su rodilla rozó la mía. Ninguno se apartó.

—Voy a regresar cuando se marchen —dije.

—Por supuesto.

—Y mañana trabajaré como siempre.

—Sí.

—No aceptaré un contrato por miedo.

—No deberías.

Lo miré con sospecha.

—Has dejado de discutir.

—Estoy aprendiendo.

—Muy rápido.

—Tengo una profesora armada.

Mi teléfono vibró dentro del bolsillo. Cincuenta y tres mensajes. Tres llamadas de mi madre. Y uno de Mateo.

Vi la fotografía. Siempre supiste cómo conseguir lo que querías.

El aire se me quedó atascado.

Rowan lo notó.

—¿Quién es?

Bloqueé la pantalla.

—Nadie.

—Esa palabra no te gustó cuando la usé.

—Porque yo estaba delante.

—Ahora también estás delante de mí.

El vehículo arrancó.

La ciudad comenzó a moverse detrás del vidrio, indiferente a que mi empleo, mi cuarto y mi nombre acabaran de convertirse en material público ajeno.

Celia bajó la división.

—Cambio de planes. No podemos volver a la residencia.

—¿Por qué? —pregunté.

—Alguien publicó la lista de empleados y su dirección particular. Hay periodistas frente a su habitación alquilada.

Sentí una presión helada bajo las costillas.

—¿Adónde vamos?

Celia miró a Rowan antes de contestar.

—Al palacio de Bellhaven en Londres.

—No dormiré en un palacio.

Rowan sostuvo mi mirada, serio.

—Entonces tendrás un problema, porque la reina acaba de ordenar que mi novia secreta se instale conmigo esta misma noche.

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