Capítulo 5 LA HABITACIÓN DE SU ALTEZA
—Antes duermo en una banca que bajo el mismo techo que un príncipe mentiroso.
Rowan mantuvo la mirada fija en mí mientras el automóvil atravesaba las rejas negras de una residencia que parecía demasiado grande para existir en Londres.
—Hay seis habitaciones para invitados.
—Entonces dile a la reina que escoja una.
—La orden no fue para ella.
—Qué mujer tan considerada.
Celia cerró la tableta que llevaba sobre las rodillas.
—La reina Beatrice quiere evitar que los fotógrafos consigan otra imagen sin control. Permanecerán aquí hasta que definamos una versión oficial.
—Mi versión oficial es que él robó una magdalena y arruinó mi semana.
—Eso no inspira estabilidad —dijo Celia.
—Tampoco vivir con un desconocido que usa corona.
Rowan miró por la ventana.
—No uso corona.
—Es una metáfora.
—Tus metáforas suelen incluir armas blancas.
El vehículo se detuvo frente a una escalinata. Dos guardias abrieron las puertas. Yo no bajé.
—Vera —dijo Rowan.
—Estoy considerando la banca.
—Llueve.
—Me gusta el clima hostil.
—La banca es de hierro.
—Me gusta la decoración hostil.
Celia salió primero.
—Tienen cinco minutos antes de que la prensa descubra esta entrada. Pueden usarlos discutiendo o llegando adentro sin una nueva crisis.
Rowan descendió y me ofreció la mano. Miré sus dedos, luego su cara.
—Puedo caminar sola.
—Lo sé.
—Entonces retira eso.
—También sé que llevas una zapatilla distinta en cada pie y la escalera está mojada.
Bajé sin tocarlo. El segundo escalón resbaló bajo mi suela y su brazo apareció alrededor de mi cintura antes de que besara el mármol.
—No digas nada.
—No pensaba hacerlo.
—Tu sonrisa está hablando.
—La sonrisa no forma parte del protocolo.
Intenté apartarme, pero su mano permaneció sobre mi cadera un segundo de más. El calor atravesó la chaqueta, el uniforme y cualquier argumento razonable.
—Rowan.
—Estoy comprobando que recuperaste el equilibrio.
—Lo recuperé cuando todavía creía que eras un ladrón común.
Me soltó. Entramos por una puerta lateral, lejos de la fachada principal. El vestíbulo tenía techos altos, retratos antiguos y suficientes flores para esconder un funeral.
Una mujer de cabello plateado esperaba junto a la escalera. No llevaba corona, pero nadie necesitaba explicar quién era. Su vestido azul oscuro, la espalda recta y el silencio de los empleados la presentaban mejor que cualquier anuncio.
La reina Beatrice me examinó de arriba abajo.
—Así que usted es Vera Castillo.
—Y usted debe ser la mujer que decidió dónde dormiré sin preguntarme.
Celia cerró los ojos.
Rowan carraspeó.
La reina levantó una ceja.
—Comprendo por qué mi nieto la encontró interesante.
—Su nieto me encontró armada.
—Eso explica todavía más.
No supe si había ganado o perdido.
Beatrice se acercó y tomó la manga de la chaqueta que yo llevaba.
—Esto es de Rowan.
—Me la prestó para ocultar el uniforme.
—Él no presta ropa.
—También dijo que se llamaba Hart. Su historial de conducta cambió esta noche.
Rowan escondió una sonrisa.
La reina lo vio.
—No recuerdo haberte dado permiso para disfrutar la situación.
—No recuerdo haberlo solicitado.
La tensión entre ambos fue rápida, afilada y demasiado familiar. Beatrice volvió a mirarme.
—Los medios creen que mantienen una relación.
—Los medios también creen que seduzco hombres con harina.
—¿No es así?
—Solo a los que tienen hambre y poco criterio.
—Rowan posee ambas cualidades.
—Abuela.
—No la llames así para evitar que tenga razón.
Celia nos condujo a una sala privada. Sobre una mesa había té, documentos y una bandeja de postres perfectamente alineados. Ninguno parecía comestible.
—¿Dónde está Elsie? —preguntó Beatrice.
—En Briar House —respondió Rowan—. Como pidió.
—Quiero trasladarla.
—Ella no quiere irse.
—Su seguridad está comprometida.
—Su autonomía no desapareció porque la prensa haya encontrado la puerta.
La reina apretó los labios.
—Hablaremos después.
—Hablarán con ella —intervine—. No sobre ella.
Tres pares de ojos giraron hacia mí.
—Elsie puede decidir —continué—. Si la trasladan sin su consentimiento, encontrará la manera de regresar caminando aunque tenga que golpear guardias con el andador.
Beatrice tomó asiento.
—Parece conocerla bien.
—La escucho.
Rowan bajó la mirada hacia mí. Algo en su expresión perdió dureza.
Celia abrió la carpeta del contrato.
—Necesitamos resolver lo inmediato. La señorita Castillo permanecerá aquí esta noche. Mañana volverá a Briar House acompañada por seguridad. Hasta entonces, no puede contactar a la prensa ni publicar declaraciones.
—Puedo llamar a mi madre.
—Sí.
—Y a Noor.
—También.
—¿A mi ex para decirle que deje de escribir estupideces?
—Preferiría que no.
—Entonces será lo primero.
Rowan se inclinó hacia mí.
—¿Mateo?
—No es asunto tuyo.
—Te escribió después de ver la fotografía.
—Sigue sin ser asunto tuyo.
—Tu cara cambió.
—¿Ahora analizas caras?
—La tuya.
Su voz bajó y la habitación se volvió demasiado pequeña. La reina observó el intercambio con atención peligrosa.
—¿Quién es Mateo? —preguntó.
—Un error culinario con cuenta bancaria —respondí.
Rowan soltó una risa.
—Mi exprometido —aclaré—. Publicó mis recetas con su nombre.
La diversión desapareció de su rostro.
—¿Te robó?
—No necesito que hagas nada.
—Solo hice una pregunta.
—Con tono de ejecución pública.
Beatrice bebió té.
—Mi nieto confunde interés con movilizar recursos.
—Estoy empezando a notarlo.
—Y usted confunde independencia con negarse a recibir ayuda.
Aquello dolió porque venía de una desconocida y porque quizá acertaba.
—No me conoce.
—No. Pero conozco la expresión de las mujeres que han tenido que defender cada cosa que les pertenece.
El silencio dejó de ser hostil. Solo duró unos segundos.
Celia deslizó una hoja hacia mí.
—Estas son las condiciones para esta noche. Dormirá en el ala este. El príncipe estará en la habitación contigua por seguridad.
—¿Contigua?
—Hay una puerta interior —dijo Rowan.
—Habrá una silla debajo del picaporte.
—La puerta se abre hacia mi lado.
—Entonces habrá una cómoda.
—Pesa demasiado.
—Encontraré ayuda.
Beatrice dejó la taza.
—No será necesario. La puerta permanecerá cerrada.
—Gracias.
—A menos que la prensa consiga entrar.
—¿Eso ocurre seguido?
—Solo cuando Rowan toma decisiones sentimentales sin avisar.
—No fue sentimental —dijo él.
—Me abrazaste frente a una ventana —repliqué.
—Para protegerte.
—Y ahora todo el país cree que compartimos cama.
La reina se levantó.
—Entonces conviene que parezcan cómodos juntos mañana.
—No pienso besarlo.
—Nadie ha pedido eso.
Rowan se acercó hasta quedar detrás de mi silla.
—Todavía.
Giré la cabeza. Su rostro estaba demasiado cerca. La mirada bajó a mi boca con la misma insolencia tranquila de la cocina.
—No te atrevas.
—No he hecho nada.
—Lo estás pensando.
—Tú también.
Me levanté tan rápido que choqué contra su pecho. Sus manos fueron a mi cintura por reflejo. Esta vez no me aparté de inmediato.
El corazón me golpeó con una fuerza humillante.
—Suéltame.
—Cuando estés firme.
—Estoy firme.
—No en todas partes.
Abrí los ojos.
Celia tosió. La reina sonrió por primera vez.
Rowan me soltó, pero inclinó la boca hacia mi oído.
—Puedes poner todos los muebles que quieras frente a esa puerta, Vera.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una advertencia.
—¿De qué?
Me aparté de golpe, pero la puerta contigua ya había dejado de parecer una simple puerta. Parecía una provocación.
Su aliento rozó mi cuello.
—De que esta noche no seré yo quien intente abrirla primero.
