Capítulo 6 LA PUERTA ENTRE LOS DOS

—Si esta puerta se abre durante la noche, juro que voy a asumir que vienes a robar otra magdalena.

Rowan apoyó una mano en el marco de su lado, sin cruzarlo.

—Qué decepción. Esperaba una amenaza más creativa.

—Estoy cansada. Mañana vuelvo a la violencia con metáforas.

La habitación era tan grande que mi cuarto alquilado habría cabido dentro dos veces y todavía quedaría espacio para que mi dignidad hiciera las maletas. Dejé su chaqueta sobre una silla y señalé la puerta interior.

—Ciérrala.

—Está cerrada.

—Con llave.

—No tiene.

Lo miré.

—¿Un palacio y no pueden comprar una cerradura?

—La residencia es del siglo diecinueve.

—Las cerraduras también.

Se apoyó contra el marco. Se había quitado la corbata y llevaba las mangas dobladas hasta los antebrazos. Era una falta de consideración presentarse así después de haber arruinado mi noche.

—Puedo mandar a alguien.

—No quiero a otro extraño entrando aquí.

—Entonces pondré una silla de mi lado.

—Eso no evita que tú la quites.

—Podría prometer no hacerlo.

—También podrías llamarte Rowan Hart.

Su expresión cambió.

—Eso fue antes.

—Hace cuatro horas.

—Han sido cuatro horas largas.

—Para mí también. Solo que yo no descubrí que era príncipe.

Se hizo un silencio. Rowan bajó la mirada a mis pies.

—Sigues usando dos zapatillas distintas.

—Me dan estabilidad emocional.

—Una tiene un conejo.

—No critiques mi sistema.

Su risa fue baja, breve. Me fastidió que me gustara.

—Vete a dormir —dije.

—Eso intento.

—Desde mi puerta.

—Es nuestra puerta.

—No vuelvas a decir eso.

—Tienes razón. Sonó mucho peor de lo que pretendía.

Caminé hacia él y empujé la madera. Rowan no se apartó. Quedamos frente a frente, separados por menos de un palmo.

—Buenas noches, Alteza.

—Te pedí que no me llamaras así.

—Y yo te pedí una cerradura.

—Vera.

—Rowan.

Su nombre salió demasiado suave. Lo noté porque él dejó de sonreír.

Me apoyé en la puerta, preparada para cerrarla, pero su mano apareció junto a la mía. No me tocó.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Depende.

—¿Mateo siempre hablaba de tus recetas como si fueran de los dos?

El sueño desapareció.

—No voy a hablar de él contigo.

—No pregunté por él. Pregunté por lo que hizo contigo.

—Es la misma puerta con distinta pintura.

Rowan retiró la mano.

—De acuerdo.

Otra vez obedecía. Otra vez eso me dejaba sin el enemigo que necesitaba.

—Al principio sí —dije—. Decía nuestras recetas, nuestra cocina, nuestro futuro. Después empezó a decir mi restaurante, mi menú, mi libro.

Rowan no interrumpió.

—Cuando me enseñó el contrato editorial, mi nombre no aparecía en ninguna parte. Me dijo que añadirlo podía confundir la marca.

La mandíbula de Rowan se endureció.

—¿Y qué hiciste?

—Le tiré una tarta.

—¿Entera?

—De chocolate. Tres capas.

—Empiezo a entender por qué me amenazaste con un cuchillo.

—Tuviste suerte.

Su mirada cayó a mi boca.

—No estoy seguro.

El aire se cerró alrededor de nosotros.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Mirarme como si estuvieras pensando algo que no pienso permitir.

—No sabes qué estoy pensando.

—Tu cara no es tan diplomática como crees.

Rowan inclinó apenas la cabeza.

—Estoy pensando que no entiendo cómo alguien pudo vivir casi diez años contigo y creer que podía borrarte de una portada.

Me quedé quieta.

Eso no era seducción. Habría sido más fácil si lo fuera.

—No necesito que me compadezcas.

—No lo hago.

—Entonces no uses esa voz.

—¿Otra vez mi voz?

—Tienes varias. La de ordenar. La de provocar. Y esa.

—¿Cuál es esa?

—La que hace que parezca que te importa.

Sus ojos no se apartaron.

—Tal vez me importa.

El pulso me golpeó en la garganta.

—No me conoces.

—Sé que amenazas con cubiertos, que haces demasiadas preguntas, que proteges a tus residentes antes de protegerte a ti misma y que cuando alguien intenta decidir por ti levantas la barbilla medio centímetro.

—Eso es observación, no conocimiento.

—También sé que has mirado mi boca cuatro veces desde que entramos.

Abrí la mía para negarlo.

Él sonrió.

—Cinco.

—Eres insoportable.

—Y tú sigues aquí.

—Porque es mi habitación.

—Buen argumento.

Le empujé el pecho con la palma.

No se movió.

Eso fue un error.

El calor de su cuerpo me subió por el brazo. Rowan miró mi mano, luego a mí. No hizo nada. Ni siquiera respiró más fuerte.

—¿Puedo tocarte? —preguntó.

La pregunta me atravesó peor que si hubiera obedecido a su primer impulso.

—¿Dónde?

Sus ojos bajaron lentamente.

—La cintura.

Debería haber dicho que no.

—Solo la cintura.

Su mano llegó despacio, como si quisiera darme tiempo para cambiar de opinión. Cuando sus dedos se cerraron sobre mi costado, mi espalda se tensó.

—Estás nerviosa.

—Estoy considerando si romperte un dedo.

—Tu pulso discrepa.

—Mi pulso no firma contratos.

—Todavía.

Levanté la vista.

—No conviertas esto en parte del acuerdo.

—No lo haría.

—Celia sí.

—Celia convertiría un incendio en un cronograma.

Solté una risa y su pulgar se movió apenas sobre mi cintura.

Demasiado apenas.

Demasiado consciente.

—Rowan.

—Dime que pare.

No lo dije.

Su otra mano permaneció junto al marco. No me encerró. No avanzó. Me dejó el espacio entero para irme.

Y precisamente por eso fui yo quien dio medio paso hacia él.

Su respiración cambió.

—Vera.

—No digas nada.

—Eso va contra mi educación.

—Tu educación necesita reparaciones.

Nuestros cuerpos quedaron cerca. Su boca estaba a una distancia absurda. Sentí su aliento y tuve la certeza irritante de que si lo besaba iba a recordar demasiado bien cómo sabía el hombre que había criticado mis magdalenas.

El teléfono de Rowan sonó.

Me aparté tan rápido que choqué con la puerta.

Él cerró los ojos.

—Voy a lanzar eso por la ventana.

—Contesta.

Miró la pantalla.

—Es Celia.

—Con más razón.

Respondió.

—¿Qué pasa?

La voz de Celia llegó amortiguada.

Rowan dejó de sonreír.

—No. Esta noche no.

Pausa.

—He dicho que no.

Otra pausa.

Me crucé de brazos.

—¿Qué quiere?

Rowan colgó.

—La entrevista de mañana se adelantó.

—No he aceptado ninguna entrevista.

—Lo sé.

—Entonces dile que la cancele.

—No puede.

—¿Por qué?

Sacó el teléfono y me mostró una portada digital.

Una fotografía mía saliendo de Briar House ocupaba casi toda la pantalla. Debajo había otra imagen: Mateo, frente a su restaurante en Madrid.

El titular decía que mi exprometido estaba dispuesto a contar “la verdad” sobre mi relación con el príncipe.

Sentí que el estómago se me endurecía.

—¿Qué dijo?

—Todavía nada. Anunció una entrevista para mañana a primera hora.

—Perfecto. Que hable.

—Vera.

—No voy a esconderme porque Mateo necesite cámaras para sentirse importante.

Rowan me observó unos segundos.

—Entonces mañana tendrás que decidir algo.

—No me gustan las decisiones que empiezan con esa cara.

Rowan sostuvo mi mirada.

—Si prefieres que Mateo cuente tu historia por ti otra vez... o contarla tú fingiendo que estás enamorada de mí.

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