Capítulo 7 SESENTA DÍAS DE MENTIRA
—No voy a fingir que estoy enamorada de ti para competir con Mateo.
Rowan guardó el teléfono.
—Bien.
Parpadeé.
—¿Bien?
—Si aceptaras por él, sería una pésima razón.
—Deja de responder como una persona razonable. Me dificulta discutir.
—Puedo corregirlo.
—Seguro tienes talento.
La puerta interior seguía abierta entre nuestras habitaciones. Hacía menos de un minuto su mano había estado en mi cintura y yo había cometido la estupidez de acercarme. Ahora Mateo aparecía desde Madrid dispuesto a convertir mi vida en material promocional.
Otra vez.
—¿Qué quiere contar? —pregunté.
—Celia está averiguándolo.
—No tiene que averiguar nada. Yo sé exactamente qué dirá.
Rowan esperó.
—Que las recetas eran del restaurante. Que trabajábamos juntos. Que él puso dinero, contactos, nombre y estructura. Luego explicará que yo nunca reclamé públicamente porque estaba de acuerdo.
—¿Lo estabas?
—No.
—Entonces que lo diga.
Solté una risa seca.
—Claro. Porque los hombres encantadores jamás consiguen que una mentira parezca razonable.
—No todos somos encantadores.
—Tú especialmente.
—Me tranquiliza.
Caminé hacia mi cama y tomé el teléfono. Tenía mensajes de mi madre, Noor y números desconocidos. También tres nuevos de Mateo.
No los abrí.
Rowan se apoyó en la puerta, todavía sin entrar.
—¿Quieres que me vaya?
—Quiero que dejes de preguntar cosas sensatas.
—Parece que esta noche estoy lleno de defectos nuevos.
—Tus defectos viejos ya ocupaban bastante espacio.
La pantalla volvió a vibrar.
MATEO.
Esta vez llamó.
Miré su nombre hasta que dejó de sonar.
Después volvió a llamar.
Rowan no dijo nada.
Eso terminó de irritarme.
—Pregunta.
—No.
—Estás deseando hacerlo.
—Me dijiste que no era asunto mío.
—Y ahora obedeces demasiado bien.
—Decídete, Vera.
—No puedo. Estoy teniendo una noche terrible.
El teléfono sonó por tercera vez.
Contesté.
—¿Qué quieres?
La voz de Mateo llegó con la misma seguridad que había usado durante años para convencer a proveedores, camareros y a mí.
—Por fin.
—Tienes treinta segundos.
—Vi las noticias.
—Eso ya me lo escribiste.
—Necesitamos hablar antes de que esto se vuelva peor.
Miré a Rowan. Él seguía en el umbral.
—¿Peor para quién?
—Para ti. Están diciendo cualquier cosa. Que dejaste Madrid por él, que me engañabas, que llevabas meses buscando entrar en ciertos círculos.
La mano se me cerró alrededor del teléfono.
—Y mañana vas a ayudar a detener esos rumores, ¿verdad?
Silencio.
Demasiado largo.
—Me pidieron una entrevista.
—Lo sé.
—Solo quiero aclarar cómo terminaron realmente las cosas.
—Terminamos porque publicaste mis recetas como tuyas.
—Otra vez eso.
Rowan levantó la cabeza.
Yo apreté los dientes.
—Sí, Mateo. Otra vez eso.
—Vera, el libro representa el restaurante.
—Las recetas las escribí yo.
—Las desarrollamos juntos.
—¿También desarrollaste mi letra?
—No empieces.
La frase hizo algo extraño dentro de mí. Durante años, “no empieces” había sido la manera más eficaz de terminar cualquier discusión.
Esta vez no funcionó.
—Mañana, cuando te pregunten por qué me fui, vas a decir la verdad.
—No voy a destruir mi carrera porque estés enfadada.
—Gracias. Acabas de ahorrar veinte segundos.
Colgué.
Rowan no se movió.
—Di algo.
—Quiero romperle la nariz.
—Eso no es especialmente real.
—Soy segundo heredero, no santo.
Se me escapó una risa.
—No puedes golpear a mi ex.
—Qué restrictivas son tus reglas.
—Todavía no existen reglas.
Rowan se quedó quieto.
Yo también.
La frase cayó entre los dos.
—Todavía —repitió.
—No te emociones.
—Estoy intentando mantener una expresión institucional.
—Parece estreñimiento aristocrático.
Se rió, esta vez sin contenerse.
Y de pronto me di cuenta de que seguía en camisón, con el cabello desordenado, frente a un príncipe que llevaba la camisa abierta en el cuello y cuyos antebrazos me habían distraído más de una vez durante los últimos diez minutos.
Necesitaba dormir.
O una ducha fría.
Probablemente ambas.
—Llama a Celia —dije.
La sonrisa desapareció.
—¿Estás segura?
—No. Pero tampoco pienso permitir que Mateo vuelva a contar mi historia mientras yo me quedo callada.
Rowan entró un paso en mi habitación y se detuvo.
—Eso no significa que tengas que aceptar los sesenta días.
—No.
—Podemos hacer una declaración.
—Y entonces preguntarán por Elsie.
—Sí.
—Y por Briar House.
—Sí.
—Y seguirán frente al edificio.
Rowan no respondió.
—Maldita sea.
—Coincido.
—Sesenta días son una barbaridad.
—Puedo intentar reducirlos.
—No.
Frunció el ceño.
—¿No?
—Si voy a hacerlo, no quiero que cambien las condiciones cada tres días. Quiero reglas. Escritas. Claras. Y quiero poder terminarlo si alguno cruza una línea.
Rowan me miró con una intensidad que me hizo consciente de que había aceptado antes de pronunciar la palabra.
—Dime tus reglas.
—No aquí.
—¿Por qué?
Señalé mi camisón.
Sus ojos bajaron.
Lentos.
Demasiado lentos.
—Rowan.
—Estoy mirando la tela.
—La tela cubre cosas.
—Lo había notado.
—Sal.
—Eso sí sonó a orden.
—Aprendo de los peores.
Retrocedió hasta su habitación, pero mantuvo una mano en la puerta.
—Cinco minutos. Sala pequeña al final del pasillo.
—Diez.
—Cinco.
—Ocho.
—Siete.
—Odio negociar contigo.
—Todavía ni empezamos.
Le cerré la puerta en la cara.
Siete minutos después entré en una sala con pantalones, jersey y suficiente dignidad recuperada para firmar una guerra.
Celia ya estaba allí.
También Rowan.
Sobre la mesa esperaba una carpeta nueva.
—No voy a firmar nada hasta que yo añada mis condiciones —dije.
Celia me ofreció un bolígrafo.
—Por eso estamos aquí.
Me senté.
—Primera: Rowan no me toca sin permiso.
—Aceptado —dijo él.
—Segunda: no compra nada para mí que yo no pueda rechazar.
Celia anotó.
—Tercera: no interviene con Mateo, mi familia, mi trabajo ni mis decisiones usando su título.
Rowan apretó la mandíbula.
—Aceptado.
—Cuarta: mis recetas siguen siendo mías. El programa de Briar House también.
—La fundación financiará, no administrará —dijo Celia.
—Quiero eso por escrito.
—Lo tendrá.
—Quinta: habitaciones separadas.
Rowan levantó una ceja.
—Parece importante.
—Muchísimo.
—Anótalo dos veces, Celia.
Le lancé una mirada.
—Sexta: los besos solo existirán si son necesarios frente a cámaras y me preguntas antes.
El silencio cambió.
Celia dejó de escribir durante un segundo.
Rowan inclinó la cabeza.
—¿Y si no hay cámaras?
—Entonces no hay razón para besarme.
—Eso no responde la pregunta.
—Sí la responde.
—No del todo.
La temperatura de la sala subió sin pedir permiso.
Celia carraspeó.
—Puedo salir.
—No —dije.
—Sí —dijo Rowan al mismo tiempo.
Lo fulminé.
Él sonrió.
Celia recogió la carpeta.
—Hay una entrevista en ocho horas. Necesitan parecer creíbles para entonces.
—Podemos parecer creíbles sin besarnos —dije.
Rowan se levantó y rodeó lentamente la mesa.
—Probablemente.
Se detuvo frente a mí.
—¿Qué haces?
—Comprobando algo.
—No puedes tocarme.
—No te estoy tocando.
Apoyó ambas manos en el respaldo de mi silla, sin rozarme. Su rostro quedó cerca del mío.
Demasiado.
Mi respiración se traicionó.
—Rowan.
—Si mañana preguntan cuándo fue nuestro primer beso, necesitamos una respuesta.
—Inventamos una.
—¿Y si preguntan cómo beso?
—Diré que mal.
—Eso dañaría la credibilidad.
—Sobrevivirás.
Su boca quedó a centímetros.
—Entonces dime una cosa antes de que firmemos, Vera.
—¿Qué?
Sus ojos bajaron a mis labios.
—Cuando llegue el momento de besar a mi novia falsa, ¿quieres que finja también que no llevo toda la noche deseando hacerlo?
