Capítulo 8 EL PRIMER BESO NO ESTABA EN EL CONTRATO
—Quiero que dejes de hablar como si mi boca fuera una cláusula pendiente.
Rowan no se apartó.
Sus manos seguían apoyadas en el respaldo de mi silla, lo bastante cerca para encerrarme y lo bastante lejos para que pudiera levantarme si quería.
—No respondíste.
—Porque hiciste una pregunta estúpida.
—Era bastante sencilla.
—No. Sencillo sería preguntarme si quiero café.
—¿Quieres café?
—Quiero golpearte con la cafetera.
—Eso parece un no.
Celia dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Voy a fingir que esta conversación no está ocurriendo delante de un contrato jurídicamente vinculante.
—Excelente idea —dije.
Rowan me sostuvo la mirada.
—Yo no pienso fingir.
—Eso ya quedó claro.
Me levanté.
Él retrocedió inmediatamente.
Odiaba que respetara mis límites con tanta precisión porque me quitaba razones para mantenerlo en la categoría de hombre insoportable.
Tomé la carpeta.
—Quiero leer todo.
—Son diecisiete páginas —dijo Celia.
—He sobrevivido a contratos de proveedores españoles. Puedo con esto.
—Tiene ocho horas antes de la entrevista.
—Entonces Rowan puede preparar café.
Él levantó una ceja.
—¿Eso es una orden?
—Considéralo tu primera obligación como novio falso.
—Empiezo a sospechar que saldré caro.
—Tú eres el príncipe. Yo soy la explotada.
Celia señaló la última página.
—Antes de firmar necesito una decisión concreta respecto al contacto físico público. No podemos improvisarlo mañana.
—Mano, brazo, cintura si pregunta —dije.
Rowan se acercó a la cafetera.
—¿Y besos?
—Ya lo dije. Solo si son necesarios.
—¿Quién determina necesidad?
—Yo.
—Conveniente.
—Es mi boca.
—Argumento difícil de refutar.
Celia escribió algo.
—Entonces cualquier beso requiere consentimiento verbal previo.
—Sí.
—Sí —repitió Rowan.
Lo miré.
No estaba bromeando.
Aquello calentó algo bajo mis costillas que no tenía ninguna relación con la discusión.
Me senté y comencé a leer.
Quince minutos después descubrí una cláusula sobre guardarropa.
—No.
Celia levantó la cabeza.
—¿Qué?
—“La Casa Ashford podrá proporcionar vestuario adecuado para compromisos institucionales”. No.
—No podemos llevarla a una cena de Estado con uniforme de Briar House.
—Tengo vestidos.
Rowan dejó una taza frente a mí.
—Uno de ellos tiene cerezas.
Lo miré.
—¿Cómo sabes eso?
—Celia recibió fotografías de tu armario.
Me giré hacia ella.
—¿Entraron a mi habitación?
—Su casera permitió a seguridad recoger ropa básica.
—¿Sin preguntarme?
Celia frunció el ceño.
—Creí que había dado autorización.
—No la di.
Rowan dejó su propia taza.
—Entonces la ropa vuelve mañana.
—Necesito ropa.
—Volverá contigo. Tú decides qué traer.
Celia lo miró.
—Eso complica la logística.
—Entonces complicaremos la logística.
Mi mano se quedó alrededor de la taza.
No necesitaba que me defendiera. Mucho menos frente a su propia gente.
Y aun así...
—Gracias —murmuré.
Rowan sonrió.
—¿Puedes repetirlo? Creo que el edificio crujió.
—Puedo retirarlo.
—Ya lo guardaré como recuerdo.
Continué leyendo.
Llegué a la parte económica.
La fundación financiaría durante un año el proyecto terapéutico de Briar House, pero el presupuesto quedaba sujeto a revisión trimestral.
—Quiero cinco años.
Celia casi se atragantó.
—¿Cinco?
—Si voy a prestar mi vida durante sesenta días, no voy a aceptar un proyecto que pueda desaparecer después de una foto bonita.
—Eso supera la autorización que tengo.
—Entonces llama a quien la tenga.
Rowan tomó la carpeta.
—Cinco años.
Celia lo miró.
—Rowan.
—Sin derechos sobre recetas, sin control de contenido y con dirección exclusiva de Briar House.
—La reina preguntará por qué.
—Dile que mi novia es difícil.
—Tu novia está aquí —dije.
—Lo sé. Me gusta quejarme delante de ella.
—Eso puede convertirse en cláusula de terminación.
Celia escribió algo con más fuerza de la necesaria.
Una hora después habíamos tachado seis apartados, añadido cuatro y convertido el acuerdo de relaciones públicas en algo que, por primera vez, parecía mío también.
Firmé.
El bolígrafo apenas dejó el papel cuando Rowan extendió la mano.
—¿Qué?
—Tenemos un trato.
—No pienso estrecharla. Parece demasiado empresarial.
—Podemos besarnos.
—Eres incorregible.
—Solo ofrecía alternativas.
Le entregué el bolígrafo.
Rowan firmó debajo de mi nombre.
La tinta todavía estaba húmeda cuando Celia cerró la carpeta.
—Perfecto. Ahora viene la parte difícil.
—¿Más difícil que vender mi intimidad por financiación?
—Convencer a una periodista de que llevan semanas saliendo.
Me dejé caer contra el respaldo.
—Pensé que diríamos que era reciente.
—Reciente significa dos meses para ellos. Si dicen dos días, nadie creerá que el palacio confirmó nada.
—Entonces inventaremos.
—Con detalles —dijo Celia—. Primera cita. Primer beso. Qué admira él de usted. Qué admira usted de él. Quién dio el primer paso.
Rowan bebió café.
—Ella.
—Ni muerto.
—Eso no tiene sentido —dijo.
—Tampoco que yo te persiga.
—Me empujaste contra una puerta hace una hora.
—Para sacarte de mi habitación.
—Detalles.
Celia abrió otra libreta.
—Primer beso.
—No ocurrió —dije.
—Necesitamos una versión.
Rowan me miró.
—La cocina.
—Demasiado cerca de Elsie.
—El jardín.
—Había cuarenta periodistas.
—Mi coche.
—Había una mujer escuchando.
Celia levantó una mano.
—Gracias por recordarme que sigo aquí.
Me cubrí la cara.
—Esto es ridículo.
—Precisamente por eso debemos ensayarlo —respondió.
Levanté la cabeza.
—¿Ensayar qué?
Celia miró a Rowan.
Rowan me miró a mí.
—No.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
Celia cerró la libreta.
—No necesitan besarse ahora. Pero mañana habrá una fotografía al final de la entrevista. Si el fotógrafo pide cercanía y ambos se congelan, tendremos un problema.
—Sé estar cerca de un hombre.
Rowan dio un paso hacia mí.
—Eso podemos comprobarlo.
—Qué conveniente para ti.
—Tuya fue la observación.
Se detuvo frente a mí.
No me tocó.
—¿Puedo?
Mi mirada bajó a sus manos.
—La cintura.
—Sí.
Sus dedos se acomodaron sobre mí.
Mi cuerpo respondió antes que mi orgullo.
Rowan me acercó apenas.
—Demasiado rígida —murmuró Celia.
—Estoy abrazando a un príncipe que me irrita.
—Tu supuesta pareja.
Rowan bajó la cabeza.
—Mírame.
—No me ordenes.
—Por favor.
Lo hice.
Error.
Su boca estaba demasiado cerca.
—Ahora sonrían —dijo Celia.
—No puedo.
—¿Por qué? —preguntó Rowan.
—Porque estás respirándome encima.
—Podría contener el aire.
—Hazlo.
Lo hizo.
Duró cuatro segundos.
Me reí.
Rowan también.
Celia soltó un suspiro.
—Eso. Esa es la fotografía que necesitamos.
Rowan no apartó las manos.
Yo tampoco me moví.
Nuestros ojos volvieron a encontrarse.
—Vera —dijo despacio.
Sabía qué iba a preguntar.
Y debería haberlo detenido.
—¿Puedo besarte?
El corazón me golpeó una vez, brutal.
—Solo para practicar.
Su boca se curvó.
—Eso no estaba en mi pregunta.
—Rowan.
—Necesito un sí o un no.
Tragué saliva.
—Sí.
Su mano subió apenas por mi espalda.
Su boca rozó la mía.
Nada más.
Un contacto corto.
Preciso.
Y absolutamente insuficiente.
Rowan se separó un centímetro.
Mis dedos habían terminado agarrados a su camisa.
—Eso fue un beso horrible —susurré.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿Quieres que lo repita?
Debería haberlo soltado.
En cambio, tiré suavemente de su camisa.
—Esta vez deja de besarme como si la reina estuviera mirando.
Celia aclaró la garganta detrás de nosotros.
—Excelente consejo, porque acaba de llegar.
