Capítulo 9 EL BESO QUE LA REINA INTERRUMPIÓ

—Espero no haber interrumpido algo que mañana deba fingir que ya ocurrió.

Solté la camisa de Rowan.

Él no se apartó con la misma rapidez.

La reina Beatrice estaba junto a la puerta, acompañada por Celia, que tenía la expresión resignada de quien acababa de descubrir que su trabajo incluía supervisar besos reales y falsos a las cuatro de la mañana.

—No ocurrió nada —dije.

Rowan miró mi boca.

—Ocurrió un beso.

Lo fulminé.

—Uno malo.

—Eso sigue siendo uno.

Beatrice entró.

—Excelente. Ya tienen una primera discrepancia pública.

—No fue público —respondí.

—En esta familia, señorita Castillo, cualquier cosa que Celia presencia termina convertida en estrategia.

Celia levantó una ceja.

—Gracias por valorar mi trabajo, majestad.

La reina vio el contrato firmado sobre la mesa.

—¿Aceptó?

—Sesenta días —dije—. Con mis condiciones.

—Ya me han informado de las condiciones.

—Entonces también sabe que nadie decide qué hago con mi boca.

Beatrice miró a Rowan.

—Parece una norma escrita pensando específicamente en ti.

—Estoy desarrollando una reputación injusta.

—Entraste de madrugada en una residencia con nombre falso.

—La reputación llegó sola.

Tuve que morderme la mejilla para no reír.

Beatrice tomó asiento.

—La entrevista será a las nueve. Antes debemos resolver una cuestión.

—Si tiene que ver con compartir habitación, la respuesta es no —dije.

—No me interesa dónde duerme mi nieto mientras llegue vestido a sus compromisos.

Rowan se apoyó contra la mesa.

—Qué afectuosa.

—Te criaron varias personas. No todas hicimos buen trabajo.

La frase lo hizo quedarse quieto un segundo.

Beatrice continuó:

—La prensa ya sabe quién es Mateo Sanz.

Sentí cómo se endurecían mis hombros.

—Entonces la entrevista de mañana será sobre él.

—Intentarán convertirla en eso.

—Que lo intenten.

—El problema no es Mateo —dijo Celia—. Es lo que él está insinuando.

Tomó su tableta y la deslizó hacia mí.

Había una fotografía antigua. Mateo y yo en la cocina del restaurante, sonriendo detrás de una tarta enorme.

Debajo, una frase suya:

“Vera siempre quiso una vida más grande de la que yo podía darle.”

Me reí.

No porque tuviera gracia.

—Qué elegante.

Rowan tomó la tableta.

—¿Qué significa exactamente?

—Que está sugiriendo que lo dejé por ambición.

—Y que apareció un príncipe seis meses después —añadió Celia—. El relato se construye solo.

Rowan dejó la tableta con demasiada fuerza.

—Entonces lo corregimos.

—Sin atacarlo —dije.

Me miró.

—¿Por qué no?

—Porque no pienso convertir mi relación con Mateo en un espectáculo para demostrar que merezco estar contigo.

La última palabra quedó suspendida.

Contigo.

Aunque fuera falso.

Rowan la oyó. Lo supe por la forma en que dejó de tensar la mandíbula.

Beatrice también.

Por desgracia.

—Esa frase funcionará mañana —dijo.

—No era una frase preparada.

—Las mejores rara vez lo son.

Me crucé de brazos.

—¿Qué quieren de mí?

Celia respondió:

—Que no niegue el pasado. Que no ataque a Mateo. Y que hable de Rowan como alguien que conoció después de llegar a Londres.

—Eso es verdad.

—Necesitamos algo más íntimo.

—No.

—Vera.

—Cada vez que dices mi nombre con esa voz, pierdo derechos.

Rowan sonrió.

—Empiezo a disfrutar estas reuniones.

—Tú cállate. Hace cinco minutos estabas pidiendo repetir un beso.

Beatrice giró hacia él.

—¿Lo pidió?

—Con consentimiento previo.

—Milagroso.

—Abuela.

—Estoy orgullosa del progreso básico.

Celia se masajeó la sien.

—Necesitamos una historia para el primer beso.

—Ya tenemos una —dijo Rowan.

Lo miré.

—No tenemos ninguna.

—La cocina.

—No nos besamos en la cocina.

—Pero casi.

—Los casi no cuentan.

Su mirada bajó a mi boca.

—Depende del casi.

El calor me subió por el cuello.

Beatrice soltó un suspiro.

—Si van a hacer eso durante la entrevista, quizá no necesitemos ninguna historia.

—¿Hacer qué? —pregunté.

—Mirarse como si hubieran olvidado que hay más personas en la habitación.

Aparté los ojos.

Mala idea.

Pareció admitir culpa.

Celia se levantó.

—Ensayaremos preguntas. Primera: ¿qué fue lo primero que le gustó de Rowan?

—Nada.

—Vera.

—Me robó una magdalena.

—Algo utilizable.

Pensé.

Rowan me observaba sin sonreír.

—Cómo trató a Elsie.

Él bajó los ojos.

Celia anotó.

—Bien. Rowan, misma pregunta.

—Su boca.

—No —dije.

—Es verdad.

—Busca otra verdad.

—Sus amenazas.

—Peor.

—La forma en que defendió a Keller antes de preguntarse qué pasaría con ella misma.

La habitación quedó en silencio.

Mi pecho hizo algo incómodo.

—Eso sí sirve —dijo Celia.

—No debería.

Rowan sostuvo mi mirada.

—No dije que fuera conveniente.

Celia continuó.

—¿Qué es lo más difícil de ella?

—Que convierte cualquier ayuda en una invasión.

—¿Qué es lo más difícil de él? —preguntó Beatrice.

—Que cree que tener buenas intenciones le da permiso para decidir.

Rowan asintió despacio.

No discutió.

Eso casi fue peor.

—¿Qué es lo que más admira de ella? —preguntó Celia.

Rowan tardó demasiado.

—Que no me necesita.

La respuesta me pinchó.

—Eso suena romántico —dijo Beatrice—, pero incompleto.

Rowan se apartó de la mesa.

—Lo es.

Caminó hacia mí.

—¿Qué haces?

—Terminando la respuesta.

—Desde ahí puedes hablar.

—Pero no quiero.

Se detuvo frente a mí.

—Vera no me necesita. Y aun así, cuando está conmigo, quiero que tenga razones para elegirme.

Mi respiración cambió.

Beatrice dejó de mirar los documentos.

Celia tampoco escribió.

—Eso sí sirve —murmuró.

Yo no sabía qué hacer con las manos.

Rowan sí.

Las mantuvo quietas.

—Ahora tú —dijo.

—¿Yo qué?

—¿Qué admiras de mí?

—Tu capacidad para entrar donde no te invitan.

—Vera.

—Tu resistencia al cardamomo.

—Estoy esperando.

Lo odiaba.

Porque sabía que estaba esperando una verdad.

—Que cuando te digo que pares... paras.

Su expresión cambió.

No fue sonrisa.

Fue algo más peligroso.

—Siempre.

El silencio se volvió incómodamente cálido.

Beatrice se levantó.

—Perfecto. Ya parecen enamorados sin necesidad de practicar más besos.

—No estamos enamorados —dije demasiado rápido.

—Entonces tenga cuidado mañana —respondió la reina—. Porque la cámara distingue mal entre una buena mentira y una verdad que todavía nadie quiere admitir.

Celia miró su reloj.

—Necesitan dormir. A las ocho maquillaje, a las ocho y media preparación final.

Me dirigí hacia la puerta.

Rowan me siguió hasta el pasillo.

—Vera.

—No.

—Ni siquiera pregunté.

—Vas a preguntar por el beso.

—No.

Me detuve.

—¿Entonces?

Se acercó lo suficiente para bajar la voz.

—Mañana, si la periodista pregunta si estoy enamorado de ti, puedo mentir.

—Eso es literalmente el contrato.

—No es lo que pregunté.

—Rowan...

Su mirada no se movió.

—Quiero saber si prefieres que diga la mentira que acordamos... o la verdad que está empezando a complicarlo todo.

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