Capítulo 7 Capítulo 7

Trampa

Fiorella no había dormido nada en toda la noche, tenía el recuerdo de la bofetada de su madre, la boda con Lorenzo, lo que había pasado con él  y por supuesto Dante Rossi.

Lo mejor era mejor ir a la estación de policía. Ese era su único lugar seguro. Cuando cruzó las puertas de la estación de policía, caminó directo por el pasillo central.

—Greco —la llamó una voz grave. Ella se detuvo.

El comisario George Jones estaba de pie frente a la sala de juntas, con una carpeta gruesa bajo el brazo y la expresión de pocos amigos, la misma que tenía cuando había algo muy urgente. 

—Pasa —ordenó.

Fiorella entró.

Dentro de la oficina ya habían varios oficiales, hombres y mujeres armados, algunos sentados, otros de pie, aunque todos estaban prestando atención. 

George cerró la puerta detrás de ella. Mientras llevaba las manos a sus sienes.

—Tenemos información confirmada —dijo sin rodeos—. Al parecer nos llegó la ubicación, movimientos, y también hay  hombres armados. Todo apunta a…

Fiorella cruzó los brazos.

—Dante Rossi —dijo Fiorella.

George la miró fijamente, sin titubear.

—Esta noche —dijo uno de los hombres, el mismo que había entregado la pista, el mismo que la había encontrado.

—No es una redada cualquiera —continuó George—. No vamos por un pez chico. Vamos por el hombre que lleva años burlándose del sistema… de nosotros. 

Fiorella sintió cómo algo se le encendía por dentro. La ansiedad, y una necesidad de verlo caer y hacerlo pagar por la muerte de su padre. Sin contar lo que había pasado la noche anterior con su madre.

—Quiero a todos listos en diez minutos —ordenó el comisario—. Chalecos, armas largas, comunicación abierta. No quiero errores.

Se giró hacia ella.

—Greco, vienes conmigo.

Fiorella asintió sin decir una palabra. Ahora lo único importante era capturar a Dante… nada más. 

Fiorella se colocó el chaleco antibalas con movimientos automáticos, ajustándolo con fuerza. Su amiga Emma Jones apareció a su lado.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja. Fiorella no la miró.

—Nunca lo estoy —respondió—. Pero hoy menos.

Emma apretó los labios. 

—Ten cuidado.

Fiorella cargó su arma, revisó el seguro y la guardó.

—Siempre lo tengo.

Minutos después, la estación estaba totalmente hecha un caos. Más de veinte patrullas salieron una tras otra, seguidas por camionetas blindadas.

Fiorella iba en el asiento trasero, mirando por la ventana. La lujosa mansión apareció entre árboles altos y rejas negras. Era enorme.

Demasiado enorme, solo pensó que está era su única oportunidad para atrapar a Dante. Aunque algo no andaba bien, las luces estaban apagadas, además también había silencio absoluto. Todo era demasiado perfecto.

—Posiciones —ordenó George por radio—. Nadie entra solo.

Los policías descendieron en formación. Armas en alto y con sus respiraciones contenidas.

Fiorella avanzó con el grupo frontal, y el arma firme entre sus manos.

—Revisen perímetro —ordenó alguien. Luego forzaron la reja.

Más de 20 policías entraron. Ahora sí iba a ser el final de Dante Rossi.

El interior de la mansión era un laberinto de pasillos amplios, varias escaleras y cuadros caros, demasiados caros, digno de un capo de la mafia.

—Aquí no hay nadie —susurró un oficial.

Fiorella no se relajó.

—Eso no me gusta —murmuró.

Subieron al segundo piso. Habitaciones vacías, las camas  estaban hechas. Y los closets perfectamente ordenados.

—Limpio —informó otra voz.

El silencio empezaba a asustar, haciendo que salieran rápido de ahí 

—Comisario —dijo Fiorella por radio—. Esto huele a trampa.

Antes de que George pudiera responder, un sonido agudo atravesó la mansión.

Una alarma, luego otra, y otra. Así empezaron a sonar varias alarmas al mismo tiempo.

Todas las luces de la mansión se encendieron de golpe, rojas, intermitentes, todas al mismo tiempo.

—¡Explosivos! —gritó alguien.

Fiorella sintió cómo el suelo vibraba bajo sus botas.

—¡Retírense! ¡Ahora! —ordenó George.

Pero ya era demasiado tarde.

A varios kilómetros de ahí, dentro de un auto oscuro con vidrios polarizados, un hombre observaba la escena a través de una pantalla.

Él sonrió. No era la primera vez que lo hacía, pero solo que estaba vez lo estaba disfrutando más que nunca.

—Así que te gusta jugar, muñequita —murmuró.

Sus dedos largos se movieron con calma sobre el tablero, no había afán. Todo era como una melodía de Mozart, una que debe tener todo tiempo para disfrutar.

—Eso espero… —añadió—. Porque esto apenas empieza.

Oprimió el botón.

La primera explosión sacudió el ala oeste de la mansión.

Fiorella cayó al suelo, el impacto le robó el aire de los pulmones. Un zumbido ensordecedor le llenó los oídos.

—¡Greco! —gritó Emma.

Otra explosión, más otra, los vidrios estallando, y varios gritos empezaron a sonar.

Fiorella se incorporó a duras penas, la cabeza latiéndole con fuerza. El chaleco había amortiguado parte del golpe, pero el cuerpo le dolía entero.

—¡Salgan! —gritó—. ¡Todos afuera!

El humo lo cubría todo, absolutamente todo, un oficial cayó cerca de ella, sangrando del brazo.

—No me dejes —dijo, aterrorizado.

Fiorella lo agarró del chaleco y lo arrastró.

—No te voy a dejar —gruñó

Otra explosión hizo que una pared se viniera abajo, y con ella, Fiorella y el oficial que ayudaba a salir se vinieron abajo.

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