Capítulo 2 La ceguera de una madre
Valeria corrió hacia Julieta, dejando caer la sartén al suelo con un estrépito sordo que pareció marcar el fin de su mundo. Cayó de rodillas sobre las baldosas frías de la cocina, y sus manos, que aún olían a la cena que preparaba con tanta ilusión y amor, temblaron descontroladamente al acunar el rostro de su hija.
—¡Julieta! ¡Mi amor! ¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo esto? —preguntó desesperadamente, con la voz quebrada por un pánico que jamás había sentido.
Julieta no respondió de inmediato. Se derrumbó hacia adelante, aferrándose a los brazos de su madre como si fuera un naufrago en medio de la peor tormenta. Escondió el rostro en el pecho de Valeria mientras un llanto desgarrador, un gemido que venía desde lo más profundo de su alma rota, sacudía todo su cuerpo.
—¡Perdóname, mamá! ¡Perdóname, por favor! —sollozó la menor, ahogándose con sus propias lágrimas y la sangre que le corría por el labio partido—. Traté de ser fuerte... te juro que traté de aguantar por ti. Sé cuánto trabajas, sé todo lo que sacrificas en el restaurante por darme este futuro... pero ya no puedo más. Siento que ya no puedo más, mamá...
A Valeria se le rompió el corazón en mil pedazos dentro del pecho. Un dolor físico, agudo, se le instaló en los pulmones mientras lloraba a moco tendido, apretando con todas sus fuerzas el cuerpo tembloroso de su pequeña, como queriendo absorber sus heridas. Con voz entrecortada, Julieta empezó a vaciar el infierno que cargaba en silencio. Le habló de las humillaciones diarias, de las risas crueles de los mellizos Villareal en los pasillos de la academia, de cómo la hacían sentir una basura inservible solo por venir de un barrio humilde.
—Hoy... hoy no aguanté y fui a hablar con los maestros, mamá —confesó Julieta con un hilo de voz, temblando ante el recuerdo—. Les rogué que me ayudaran, les conté todo el acoso, las amenazas... pero alguien les avisó a ellos. Por eso me emboscaron al salir. Me golpearon en los campos de deportes por haber hablado... No sé qué hacer, mamá. No quiero morir... yo solo quiero estudiar...
Escuchar esas palabras destruyó la mente de Valeria. Mientras acariciaba el cabello enredado de su hija, una culpa asfixiante y venenosa la invadió por completo. Miró el rostro desfigurado de Julieta y se preguntó, maldiciéndose a sí misma, cómo demonios no se había dado cuenta antes.
Las piezas del rompecabezas encajaron de forma cruel en su mente: recordó los últimos meses, recordó ver a Julieta perdiendo la sonrisa, sus ojos apagados en la mesa del comedor. Ella... ella simplemente pensó que la niña estaba cansada por los exámenes, que estaba muy ocupada estudiando. Recordó los fines de semana enteros que Julieta pasaba encerrada en su habitación a oscuras, y cómo se autoconvenció de que aquello era solo parte de crecer, la típica etapa de la adolescencia.
Se sintió como el peor fracaso de madre sobre la tierra. Había estado tan cegada por el orgullo y el brillo falso de esa maldita escuela para ricos que no fue capaz de ver el infierno en el que su propia hija se estaba quemando viva. Se sintió estúpida, negligente. Pero el dolor y la culpa no tardaron en mutar. La sangre se le calentó en las venas. Esto no se iba a quedar así. Esos adolescentes iban a aprender que Julieta no estaba sola.
Al día siguiente, el sol de la mañana iluminaba la Academia San Valentín, pero para Valeria ya no había luz. Caminó por los lujosos pasillos sosteniendo con firmeza la mano de Julieta. La menor caminaba encogida de hombros, con la mirada clavada en el suelo y muerta de terror, sintiendo los ojos de los pocos estudiantes que pasaban.
Minutos después, Valeria estaba sentada en la opulenta oficina del director, frente a un escritorio de caoba maciza y rodeada de diplomas con marcos dorados. Al exponer la situación y mostrar los moretones físicos en los brazos de su hija, la reacción de las autoridades escolares la dejó completamente helada. El director ni siquiera se dignó a mirar a Julieta; en su lugar, entrelazó sus dedos sobre el escritorio con una calma pasiva e insultante.
—Señora, entendemos perfectamente su alteración, pero debemos mantener la cabeza fría y ser realistas —dijo el director —. Los jóvenes a esa edad son... intensos. El acoso es una palabra muy fuerte. Esto parece más bien un juego de adolescentes, una disputa escolar que desafortunadamente se salió de las manos. Además, debe comprender la delicada posición de los muchachos implicados. Su padre es el senador Villareal, el hombre más influyente de la política actual y el principal benefactor económico de esta academia. No podemos levantar acusaciones de este calibre sin pruebas contundentes que dañen la reputación de una figura pública.
Valeria sintió que el aire de la oficina se volvía veneno. Miró al director y luego a los consejeros disciplinarios que estaban de pie junto a la puerta; ninguno de ellos veía a Julieta como una víctima. Para esa gente rica y acomodada, su hija era solo una molestia prescindible, un daño colateral que debía silenciarse para proteger el intocable apellido Villareal. Se dio cuenta, con total claridad, de que la justicia no existía para los de su clase.
Poniéndose de pie de golpe, Valeria golpeó el escritorio de caoba con las palmas de sus manos, inclinándose hacia adelante y clavándole una mirada inyectada en rabia pura al director.
—No me importa un demonio quién sea su padre, ni cuántos millones tenga su apellido —sentenció Valeria, con una voz profunda que vibró en las paredes—. No van a pisotear la vida de mi hija para salvar la reputación de unos delincuentes. Si usted tiene miedo de perder su financiamiento y no piensa mover un dedo, exijo formalmente en este mismo instante que se convoque al Consejo Disciplinario de la institución. Alguien va a pagar por lo que le hicieron a mi hija, se lo juro.
