
Mi venganza contra el magnate
Leslie Gg · En curso · 66.1k Palabras
Introducción
Capítulo 1
La Academia San Valentín no parecía una escuela; parecía el palacio de una dinastía. Ubicada sobre una colina exclusiva, sus imponentes edificios de arquitectura neoclásica y mármol blanco brillaban con opulencia bajo el resplandor del sol de la tarde. Los jardines, perfectamente podados, estaban rodeados de fuentes de agua cristalina, canchas de polo y pasillos techados donde los hijos de los diplomáticos, empresarios y políticos más poderosos del país caminaban vistiendo uniformes de alta costura. Todo allí respiraba perfección, dinero antiguo y un prestigio intocable.
Pero detrás de esos muros perfectos, se escondía un infierno.
—¡Miren cómo corre la rata muerta de hambre! —una carcajada cruel y cristalina resonó, quebrando la falsa paz del campus.
Julieta corría desesperada, esquivando los laberintos de arbustos altos detrás de los campos de deportes, una zona alejada donde las cámaras de seguridad convenientemente no apuntaban. El aire le quemaba los pulmones y las lágrimas le nublaban la vista. Tenía el elegante uniforme de la academia desgarrado del hombro, la corbata fina hecha jirones y las rodillas ensangrentadas tras haber tropezado en el pavimento de piedra.
El sonido de los pasos apresurados de sus cazadores la seguía de cerca, acorralándola.
—¿A dónde vas, Julieta? Si justo estamos empezando a jugar —gritó una voz masculina, cargada de una diversión sádica. Era una voz educada, refinada, la voz de alguien que sabía que nunca tendría que pagar por sus actos.
Julieta giró en un pasillo sin salida, golpeándose la espalda contra una alta verja de hierro forjado. Se dio la vuelta, temblando de pies a cabeza, con el corazón golpeándole el pecho como un animal atrapado.
Frente a ella, cortándole la única vía de escape bajo la brillante luz del sol, se pararon los mellizos Villareal. Con sus uniformes impecables, sus rostros perfectos y esas miradas frías y vacías que la habían estado atormentando durante meses. Eran los reyes de la escuela, los intocables.
Julieta se encogió contra los barrotes, asfixiada por el miedo, sabiendo que en ese paraíso de ricos nadie vendría a salvar a la hija de una mesera.
——
—¡Sale una orden de empanadas y café con leche para la mesa cuatro, mamá! —anunció Valeria con una sonrisa radiante, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
El restaurante "El Rincón de Doña Elena" estaba a reventar, como cada tarde. El olor a comida casera, el ruido de los cubiertos y las risas de los vecinos del barrio inundaban el humilde local. Detrás del mostrador, Elena, una mujer de sesenta años con el rostro surcado de arrugas y unos ojos que destilaban una honestidad inquebrantable, asintió con la cabeza, despachando los platos con agilidad.
Valeria se movía entre las mesas con una energía envidiable. A sus treinta y un años, poseía una belleza natural y una alegría contagiosa que iluminaba el lugar. Todos en el barrio la conocían, la respetaban y la amaban.
—Vale, mi amor, descansa un poco —le dijo Don Carlos, un cliente habitual, mientras ella le dejaba su almuerzo—. Llevas desde las seis de la mañana de un lado para otro. ¿Por qué trabajas tanto, muchacha? Vas a terminar enfermándote.
Valeria soltó una carcajada limpia, apoyando una mano en su cadera con orgullo.
—¿Que por qué trabajo tanto, Don Carlos? Por mi motor, por supuesto. Por mi Julieta. Todo lo que hago es por ella.
Los clientes de las mesas cercanas sonrieron, conociendo de sobra la respuesta. Valeria no perdía oportunidad para presumir a su mayor tesoro.
—Esa niña es una bendición —comentó otra vecina desde la barra—. Tan educada y aplicada.
—¡Es inteligentísima! —presumió Valeria, con los ojos brillándole de una ilusión pura—. Entró con una beca completa a la Academia San Valentín, esa escuela de niños ricos a la que solo van los hijos de los políticos y empresarios. Julieta es la gran esperanza de esta familia. Ni mi mamá ni yo logramos terminar la secundaria... nos tocó duro. Pero ella... ella va a llegar hasta la universidad. Va a ser doctora, ya lo verán.
Doña Elena la miró desde la cocina con una sonrisa tierna pero nostálgica, compartiendo ese mismo sueño. Los clientes rompieron a reír con cariño, dándole ánimos a gritos. "¡Así se habla, Vale!", "¡Esa niña llegará lejos!", resonaba en el comedor. Valeria les agradeció con el corazón hinchado de felicidad. Sentía que el sacrificio de cada gota de sudor valía la pena.
Mientras limpiaba una mesa, la mente de Valeria viajó al pasado por un segundo. Recordó lo difícil que había sido el camino. Tuvo a Julieta a los quince años, cuando todavía era una niña que no entendía nada de la vida. El padre de la criatura había sido su novio de entonces: un hombre de treinta años, abusivo, manipulador y malvado, que la mantuvo viviendo un infierno de golpes y humillaciones durante años.
Pero el día que esa pequeña bebé nació y Valeria la sostuvo en sus brazos, algo cambió dentro de ella. Esa criatura indefensa le dio las fuerzas que no sabía que tenía. Huyó a mitad de la noche con su hija envuelta en una manta, prometiéndose que jamás permitiría que nadie volviera a lastimarlas. El deseo de darle a Julieta una vida mejor, lejos de la miseria y el maltrato, era la gasolina que la impulsaba a sonreír cada mañana, sin importar lo cansada que estuviera.
Al caer la noche, el restaurante finalmente cerró sus puertas. Valeria caminó unas pocas calles hasta su humilde pero acogedora casa. El lugar estaba en silencio, lo cual le pareció extraño, ya que Julieta solía estar estudiando en la mesa del comedor a esa hora.
Pensando que su hija se habría quedado dormida por el cansancio, Valeria dejó sus cosas y fue directo a la pequeña cocina. Con una sonrisa en el rostro, comenzó a preparar la cena favorita de Julieta.
—¿Juli? ¿Ya llegaste, mi amor? —llamó Valeria, subiendo un poco la voz sobre el sonido de la sartén—. Te estoy preparando la comida.
La puerta principal se abrió de golpe, golpeando la pared.
Valeria se giró rápidamente, con el corazón dándole un vuelco. La sonrisa se le borró del rostro al instante y la espátula cayó al suelo con un eco sordo.
En el umbral de la puerta estaba Julieta. Pero no era la niña brillante y orgullosa que había salido por la mañana.
Su hija estaba temblando de pies a cabeza, con el rostro bañado en lágrimas rojas de sangre que se mezclaban con la suciedad. El elegante uniforme de la prestigiosa academia estaba desgarrado, mostrando moretones violáceos en sus brazos y cuello, y tenía un labio partido que no paraba de sangrar. Sus ojos, antes llenos de vida, reflejaban un vacío y un trauma tan profundos que a Valeria se le congeló la sangre en las venas.
Julieta dio un paso tambaleante hacia el interior de la casa, colapsando de rodillas sobre el suelo. Miró a su madre con una mirada de absoluta súplica y desesperación, y con un hilo de voz roto, exclamó:
—Mamá... ayúdame, por favor...
Últimos capítulos
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Última actualización: 10/28/2026
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