Capítulo 3 La última sonrisa
El director de la academia soltó un suspiro condescendiente y se reclinó en su asiento mientras intercambiaba una mirada rápida con la subdirectora. Valeria la reconoció enseguida: no estaban preocupados por Julieta ni por lo que le habían hecho. Estaban intentando decidir cómo deshacerse de ellas sin provocar un problema mayor.
—Señora, le ruego que mantengamos la calma —intervino la subdirectora con una amabilidad que a Valeria le resultó todavía más insultante—. No creemos necesario llegar a un Consejo Disciplinario. Podemos pedirles a los jóvenes Villareal una disculpa formal y asegurarnos de que este lamentable incidente no vuelva a repetirse.
Valeria la miró sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—¿Una disculpa? Mi hija llegó a casa cubierta de sangre y lleva meses soportando amenazas dentro de esta escuela. No quiero una carta escrita por obligación. Quiero que esté segura y que quienes le hicieron esto enfrenten las consecuencias.
La expresión del director cambió. La cortesía desapareció y, por primera vez, Valeria vio claramente lo que aquel hombre pensaba de ellas.
—Entonces permítame ser franco —respondió el director, entrelazando las manos sobre el escritorio—. Quizás lo mejor para Julieta sea abandonar la institución.
Valeria sintió que algo se tensaba dentro de ella.
—¿Quiere expulsar a mi hija por haber sido golpeada?
—No he dicho eso. Pero San Valentín es una institución con un entorno muy particular. Aquí estudian hijos de empresarios, diplomáticos y figuras públicas. Julieta viene de una realidad diferente y es evidente que está teniendo dificultades para adaptarse.
No necesitó decir más.
Valeria comprendió perfectamente.
El problema no eran los mellizos que habían perseguido y golpeado a su hija. El problema, para ellos, era que una muchacha pobre hubiera entrado en un lugar que consideraban reservado para personas con determinados apellidos.
—Mi hija no llegó aquí porque alguien compró su lugar —respondió Valeria, procurando dominar la rabia que le temblaba en la voz—. Se ganó esa beca estudiando mientras yo trabajaba para mantenerla. Si alguien no merece estar en esta escuela, son quienes creen que el dinero de sus padres les da derecho a hacer lo que quieran.
El director endureció la mirada.
—Le recomiendo que tenga cuidado con sus acusaciones.
—Y yo le recomiendo que convoque ese Consejo.
Valeria se puso de pie y tomó la mano de Julieta. No tenía dinero, abogados ni un apellido capaz de intimidar a aquellos hombres, pero no permitiría que su hija la viera bajar la cabeza.
—No voy a sacarla de aquí para facilitarles las cosas —sentenció Valeria antes de dirigirse hacia la puerta—. Los que hicieron algo malo fueron ellos. No Julieta.
Salió de la oficina sin esperar respuesta.
Solo cuando cruzaron las enormes puertas de la academia, Valeria se permitió mirar a su hija. Julieta había permanecido en silencio durante toda la reunión y ahora caminaba con los hombros encogidos, como si cada palabra del director hubiera confirmado todos los insultos que llevaba meses escuchando.
Valeria sintió que se le partía el alma.
—No les creas —le pidió, deteniéndola—. Tú perteneces a cualquier lugar que te hayas ganado con tu esfuerzo.
Julieta levantó los ojos y consiguió regalarle una pequeña sonrisa.
—Gracias por defenderme, mamá.
Valeria la abrazó.
—Siempre.
Los días siguientes demostraron que la academia no tenía ninguna intención de facilitarles las cosas. El Consejo Disciplinario nunca terminaba de tener fecha. Faltaba un documento, un miembro no estaba disponible o aparecía algún nuevo procedimiento que debían completar.
Valeria comprendió rápidamente lo que pretendían.
Cansarla.
Esperaban que una mesera con un pequeño restaurante y una hija que mantener no tuviera tiempo ni dinero para enfrentarse durante meses a una institución como aquella.
Se equivocaban.
Cada noche, después de cerrar el restaurante, Valeria se sentaba frente a la vieja computadora de su casa y buscaba todo lo que pudiera encontrar sobre la familia Villareal.
Así descubrió a Alejandro Villareal.
Su nombre aparecía en todas partes: senador, empresario, uno de los hombres con mayor influencia política del país y uno de los principales benefactores de la Academia San Valentín. En las fotografías siempre aparecía impecable, rodeado de empresarios, ministros y personas cuyo poder Valeria apenas podía imaginar.
Entonces comprendió por qué todos tenían tanto miedo de tocar a sus hijos.
No estaba enfrentándose solamente a dos adolescentes.
Estaba enfrentándose al apellido Villareal.
Valeria cerró una de las noticias y observó durante unos segundos la fotografía de Alejandro en la pantalla. No sabía qué clase de padre podía criar a dos muchachos capaces de hacerle aquello a otra persona, pero tarde o temprano tendría que descubrirlo.
Porque si la escuela continuaba protegiéndolos, iría directamente hasta él.
La mañana del viernes, Valeria encontró a Julieta terminando de abotonarse el uniforme.
Aquello la sorprendió.
Durante los últimos días había tenido que insistir para que comiera, saliera de su habitación o incluso hablara. Esa mañana, sin embargo, Julieta parecía diferente. Seguía teniendo algunas marcas del ataque, pero había una determinación nueva en su mirada.
—¿Estás segura de que quieres ir? —preguntó Valeria, acercándose—. Puedes quedarte conmigo hoy. No tienes que demostrarle nada a nadie.
Julieta negó suavemente con la cabeza.
—Quiero ir.
Valeria intentó ocultar la preocupación.
—Si pasa cualquier cosa, me llamas. No importa si estoy trabajando, si el restaurante está lleno o si son las diez de la mañana. Me llamas y voy por ti.
Julieta sonrió.
—Lo sé, mamá.
Tomó la mochila, pero antes de marcharse se volvió hacia ella.
—No quiero que ellos ganen. Tú siempre me enseñaste que somos más fuertes de lo que creemos.
El orgullo y el miedo se mezclaron dentro de Valeria.
Se acercó y abrazó a su hija con fuerza.
—Y también te enseñé que no tienes que demostrar tu fuerza soportándolo todo sola.
Julieta apoyó la cabeza contra su hombro.
—Estaré bien.
Valeria cerró los ojos y la apretó un poco más.
—Aguanta un poco, mi amor. Voy a arreglar esto. Te lo prometo.
Cuando se separaron, Julieta le dedicó una sonrisa amplia y luminosa, una de esas sonrisas que Valeria llevaba semanas esperando volver a ver.
Después salió de casa.
Valeria permaneció en la puerta observándola caminar hacia la parada del autobús. Julieta se volvió una última vez, levantó la mano para despedirse y continuó su camino.
Valeria sonrió mientras entraba nuevamente a la casa, convencida de que su hija empezaba a recuperar la fuerza que aquellos muchachos habían intentado arrebatarle.
Durante mucho tiempo recordaría aquella mañana y se preguntaría por qué no corrió detrás de ella.
Por qué no la obligó a quedarse.
Por qué creyó que todavía tenían tiempo.
Porque aquella fue la última vez que Valeria vio a su hija sonreír.
