Capítulo 4 Cazadores y presa

El murmullo comenzó desde que Julieta cruzó el umbral de la entrada. Los pasillos de mármol de la Academia San Valentín, usualmente impecables, se sintieron más fríos que nunca. Decenas de estudiantes se daban la vuelta, apuntándola con el dedo, riéndose por lo bajo detrás de sus teléfonos de alta gama.

—Mírala, ahí va la muerta de hambre —susurró una chica de tercer año en voz alta—. Escuché que ayer su mamá, una simple mesera mugrosa, vino a la dirección a armar un escándalo para defenderla. Qué patéticas.

Julieta apretó las correas de su mochila, intentando recordar las palabras de Valeria: “Eres una guerrera”. Pero mantener la cabeza en alto era casi imposible cuando el veneno de toda la escuela te salpicaba la cara.

Al entrar al salón de clases, el aire se congeló. Sentados sobre las bancas principales, como si fueran los dueños del mundo, los mellizos Villareal la esperaban. Sus rostros perfectos no mostraban remordimiento, sino una furia arrogante y peligrosa. Se pusieron de pie al mismo tiempo, cortándole el paso.

—¿Así que tu patética madre vino a llorar al director? —se burló la gemela, Renata, cruzándose de brazos con desprecio—. ¿De verdad crees que esa muerta de hambre va a lograr algo contra nosotros? Qué estúpidas son las dos.

—Mi papá dona millones a esta escuela cada año, Julieta —añadió Mateo, el hermano gemelo, con una sonrisa sádica y altanera—. ¿Sabes qué va a pasar con tu famoso Consejo Disciplinario? Nada. Absolutamente nada. Te van a obligar a pedirnos perdón de rodillas para que todo siga igual, y después... después mi papá se va a encargar de arruinarte a ti y a la muerta de hambre de tu mamá. Se van a quedar en la calle por meterse con los Villareal.

Mateo alzó la voz, gesticulando de forma exagerada para que todo el salón escuchara. En cuestión de segundos, los mellizos lograron que todos los compañeros estallaran en una carcajada colectiva, burlándose de la pobreza de Julieta y del trabajo de su madre.

Julieta sintió que algo dentro de ella se rompía. Podía aguantar que la humillaran a ella, podía soportar sus golpes, pero no que ensuciaran el nombre de la mujer que se desvivía por darle un futuro. Sin pensarlo, impulsada por una furia ciega, Julieta levantó la mano y cruzó el rostro de Renata con una bofetada limpia y sonora.

El salón se quedó en un silencio sepulcral. Renata se llevó la mano a la mejilla encendida, con los ojos abiertos por el shock y la humillación. Julieta, al ver lo que había hecho, sintió que el pánico la devoraba. Dio un paso atrás y, horrorizada por su propio error, salió corriendo del aula.

—¡Atrápenla! ¡Maldita muerta de hambre, vas a pagar por esto! —chilló Renata, completamente desquiciada.

Los mellizos salieron detrás de ella, insultándola a gritos. Detrás de ellos, una horda de estudiantes se unió a la cacería, sacando sus teléfonos celulares para grabar la persecución, divirtiéndose con el sufrimiento de la presa. Julieta corrió sin rumbo, con las lágrimas nublándole la vista y los pasos pesados pisándole los talones, hasta que sus piernas la llevaron al área de la piscina climatizada de la escuela, un espacio enorme rodeado de cristales y azulejos celestes.

Ahí, la atraparon.

Varios chicos la sujetaron de los brazos con brusquedad, impidiéndole el movimiento, mientras Mateo y Renata se plantaban frente a ella.

—¿Te crees muy valiente? —gritó Mateo, devolviéndole el golpe con una fuerza que le partió el labio y la hizo caer de rodillas contra el suelo húmedo—. ¡Pide perdón! ¡Pídele perdón a mi hermana ahora mismo, de rodillas!

Julieta, con el cuerpo temblando por el terror de verse completamente sola contra el mundo, miró los rostros despiadados de sus verdugos y las pantallas de los teléfonos que la grababan. Sintiéndose completamente derrotada, juntó las manos y susurró:

—Perdón... por favor, perdón...

—Muy tarde —sentenció Renata con una sonrisa malévola.

Como si fuera una simple broma, un juego divertido para terminar el video de sus redes sociales, Renata le dio una patada en el hombro a Julieta, empujándola directamente hacia la parte más profunda de la piscina.

Un fuerte chapuzón rompió el ambiente. Los estudiantes estallaron en risas y aplausos, apuntando con las cámaras hacia el agua. En la pantalla de los teléfonos se veía cómo Julieta emergía desesperada, chapoteando con violencia, golpeando el agua con los brazos en un forcejeo frenético e inútil.

Julieta no sabía nadar.

Sin embargo, para los espectadores, sus movimientos erráticos y sus ojos desorbitados eran graciosos, una actuación patética para dar lástima. Nadie se movió. Todos disfrutaban del show, riéndose de sus esfuerzos desesperados por mantenerse a flote, ignorando los tragos de agua que la menor daba mientras intentaba gritar por su vida.

Poco a poco, el chapoteo se volvió más débil. Los brazos de Julieta dejaron de golpear la superficie. Un segundo después, las burbujas cesaron. El agua se calmó. Solo quedó el silencio.

Renata frunció el ceño, mirando el agua estancada.

—Ya... seguro está bromeando —dijo la gemela, forzando una risa nerviosa—. Está fingiendo que se ahoga para meternos en problemas. Sal de ahí, estúpida.

Nadie se rió esta vez. Un minuto entero pasó. El agua seguía completamente inmóvil. El pánico comenzó a filtrarse lentamente en los ojos de los hermanos y de los demás alumnos, quienes bajaron los teléfonos de golpe.

—¡Maldición! —soltó Mateo, rompiendo el trance. Su rostro aristocrático se desfiguró por el miedo. Se quitó el saco del uniforme y se lanzó de cabeza a la piscina.

El agua clorada estaba turbia por el movimiento, impidiéndole ver con claridad. Mateo nadó desesperadamente de un lado a otro, buscando, hasta que sus ojos se toparon con la silueta de Julieta. Estaba en lo más profundo, completamente inmóvil sobre los azulejos del fondo, con el cabello flotando alrededor de su cabeza como un aura trágica.

Mateo la tomó por la cintura y nadó hacia la superficie con todas sus fuerzas. Al sacarla, el caos estalló en el recinto. Los estudiantes comenzaron a gritar, corriendo en círculos, presos del pánico. Mateo arrastró el cuerpo inerte de Julieta hasta el borde y comenzó a presionarle el pecho con desesperación, tratando de darle respiración de boca a boca y sacar el agua de sus pulmones.

—¡Llamen a los profesores! ¡Llamen a una ambulancia, maldita sea! ¡Reacciona, Julieta, reacciona! —gritaba Mateo con la voz rota, completamente aterrado, mientras el agua de la piscina se mezclaba con sus lágrimas de culpa.

A un lado, Renata se quedó completamente petrificada. Sus piernas perdieron la fuerza y cayó de rodillas sobre el suelo mojado. Sus ojos estaban fijos en la escena, asimilando lo que acababa de hacer, incapaz de procesar la realidad. El ruido del pánico a su alrededor, los gritos de los estudiantes y los alaridos de su hermano empezaron a desvanecerse en su mente, convirtiéndose en un pitido sordo y lejano.

El mundo de Renata se redujo a una sola imagen: el cuerpo pálido, frío y sin vida de Julieta tirado en el suelo, y los intentos inútiles de Mateo por revivirla.

Al ver los labios morados de la niña y la total ausencia de reflejos en sus ojos fijos, la verdad golpeó a Renata como un mazo de hierro. Se le congeló la sangre en las venas. Allí, en medio del silencio de su propia mente, se dio cuenta de la atroz realidad.

Julieta estaba muerta. Y ellos la habían matado.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo