Capítulo 5 Cenizas y promesas

La tarde caía sobre el barrio cuando la campana de la puerta del restaurante volvió a sonar.

Valeria levantó la cabeza mientras limpiaba una de las mesas, esperando encontrarse con algún vecino que llegaba por un café o a buscar comida para llevar. En cambio, vio entrar a dos policías.

El paño quedó inmóvil entre sus manos.

Los oficiales avanzaron con una seriedad que le provocó un escalofrío antes de que ninguno pronunciara una palabra. Uno de ellos se quitó la gorra mientras el otro evitaba mirarla directamente.

—¿Señora Valeria? —preguntó el mayor.

—Sí, soy yo. ¿Qué pasó?

Doña Elena continuaba trabajando en la cocina y el restaurante estaba casi vacío. Todo parecía exactamente igual que unos segundos antes, pero Valeria sintió que algo terrible estaba a punto de ocurrir.

—Venimos de la Academia San Valentín —explicó el oficial—. Esta mañana hubo un incidente en el área de la piscina.

El corazón de Valeria dio un vuelco.

—¿Julieta? ¿Le pasó algo a Julieta?

El silencio del hombre fue suficiente para que el miedo comenzara a subirle por el pecho.

—¿Dónde está mi hija? —insistió Valeria.

Doña Elena apareció en ese momento desde la cocina con una bandeja de tazas entre las manos.

—¿Qué ocurre?

El policía miró nuevamente a Valeria.

—Lo siento mucho. Su hija murió.

La bandeja resbaló de las manos de Elena y se estrelló contra el suelo.

Valeria permaneció inmóvil.

Por un instante no entendió las palabras. Las había escuchado, pero su mente se negaba a darles sentido.

—No —respondió finalmente.

El oficial intentó acercarse.

—Señora...

—No. Usted está confundido. Esta mañana hablé con ella.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—Julieta se fue a la escuela. Yo la vi tomar el autobús. Estaba bien.

Las piernas le fallaron y cayó de rodillas. Doña Elena corrió hacia ella, pero Valeria apenas sintió los brazos de su madre rodeándola.

—Yo le dije que estaría bien —murmuró.

Entonces recordó la sonrisa de Julieta antes de marcharse.

Soy una guerrera, igual que tú.

El grito salió de su garganta antes de que pudiera contenerlo.

—¡Mi niña!

Elena cayó junto a ella y ambas terminaron abrazadas en el suelo del restaurante, rodeadas por los pedazos de porcelana. Los policías permanecieron en silencio, incapaces de ofrecer palabras que pudieran servir frente a un dolor semejante.

Aquella noche nadie encendió las luces de la casa.

Los cuadernos de Julieta seguían abiertos sobre la mesa, un par de zapatos permanecían junto a su cama y la taza que había utilizado durante el desayuno continuaba en el fregadero. Cada objeto parecía anunciar que ella regresaría en cualquier momento.

Valeria pasó horas sentada en la habitación de su hija, abrazada a una almohada que todavía conservaba su olor.

No podía dejar de pensar en aquella mañana.

Le había preguntado si quería quedarse en casa.

Había tenido miedo de dejarla regresar.

Y aun así la había visto marcharse.

Voy a arreglar esto. Te lo prometo.

Había sido la última promesa que le hizo.

Dos días después enterraron a Julieta.

El cementerio municipal se llenó de personas del barrio. Llegaron vecinos, clientes del restaurante, comerciantes del mercado, antiguos profesores y personas que habían visto crecer a Julieta desde que Valeria la llevaba de la mano por aquellas mismas calles.

Las flores eran sencillas, pero tantas que terminaron cubriendo casi por completo el ataúd.

Doña Elena caminaba sostenida por un vecino. En apenas dos días parecía haber envejecido años.

Valeria avanzaba delante de ella con un vestido negro y la mirada fija en el féretro. Había llorado hasta quedarse sin fuerzas y ahora parecía moverse por inercia, como si su cuerpo todavía no hubiera comprendido que estaba acompañando a su única hija hasta una tumba.

Cuando comenzaron a bajar el ataúd, tuvo que apretar los puños para permanecer quieta.

Quería detenerlos.

Una parte irracional de ella quería gritarles que no podían llevarse a Julieta, que su hija tenía apenas una vida por delante, que quería estudiar medicina, que había trabajado demasiado para llegar a aquella academia y que todavía quedaban demasiadas cosas por vivir.

Pero el ataúd siguió descendiendo.

Valeria se acercó al borde de la fosa y tomó un puñado de tierra.

—Perdóname, mi amor —susurró.

Su voz se quebró.

—Te prometí que iba a protegerte.

Abrió los dedos y dejó caer lentamente la tierra sobre el ataúd.

El golpe seco contra la madera le atravesó el pecho.

Cerró los ojos y durante unos segundos volvió a verla como aquella mañana: con el uniforme puesto, la mochila sobre los hombros y una sonrisa que ella había confundido con esperanza.

Después aparecieron otros recuerdos.

El labio roto.

Los moretones.

El miedo.

La arrogancia del director mientras le explicaba que una muchacha como Julieta nunca pertenecería a aquel lugar.

Y finalmente apareció un nombre.

Alejandro Villareal.

Valeria abrió los ojos.

Había pasado los últimos días preguntándose cómo iba a vivir después de aquello. En ese momento comprendió que todavía no podía pensar en su propia vida. Antes necesitaba saber exactamente qué había sucedido en aquella escuela.

La versión oficial hablaba de un accidente.

Valeria no la creía.

Su hija había regresado a la misma institución donde dos estudiantes llevaban meses amenazándola, donde la habían golpeado por denunciarlos y donde las autoridades habían preferido proteger a sus agresores.

Aquello no podía terminar con una palabra tan conveniente como accidente.

—Voy a descubrir qué te hicieron —prometió Valeria, mirando el ataúd—. Y quién permitió que sucediera.

Doña Elena, que permanecía unos pasos detrás, levantó lentamente la mirada.

Valeria continuó con una serenidad que contrastaba con el dolor de su rostro.

—No sé cómo voy a hacerlo. Ellos tienen dinero, abogados, políticos... tienen todo lo que nosotras nunca hemos tenido. Pero si creen que eso significa que pueden enterrarte y continuar con sus vidas como si nada hubiera ocurrido, están equivocados.

Tomó otro puñado de tierra.

—Voy a encontrar la verdad, Julieta. Y cuando la encuentre, ninguno de ellos va a poder esconderse detrás de su apellido.

Esta vez dejó caer la tierra sin apartar la mirada.

—Te lo prometo.

Doña Elena se acercó y tomó suavemente su brazo.

—Valeria, hija... ¿qué estás pensando hacer?

Valeria miró a su madre.

La respuesta era sencilla.

—Todavía no lo sé.

Y era verdad.

Ella no era una mujer poderosa. No tenía influencias ni conocía políticos. Era una mesera de treinta y un años que trabajaba junto a su madre en un pequeño restaurante y que acababa de perder lo único que había amado más que a su propia vida.

Alejandro Villareal, en cambio, pertenecía a un mundo al que mujeres como ella ni siquiera podían acercarse.

Pero encontraría la manera.

Valeria volvió la mirada hacia la tumba de Julieta y comprendió que aquella academia había cometido un error al pensar que terminarían cansándola.

Ya no podían amenazarla con quitarle nada.

Porque acababan de quitarle todo.

Y una mujer que ya no tenía nada que perder podía convertirse en el peor enemigo de los Villareal.

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