Capítulo 6 Cenizas y Silencio
Cuando Valeria regresó del cementerio, tardó varios minutos en abrir la puerta de su casa.
Durante los últimos días siempre había alguien acompañándola. Vecinos llevando comida, conocidos ofreciendo ayuda, doña Elena vigilándola en silencio por miedo a dejarla sola. Aquella noche, en cambio, no había nadie.
Entró y la oscuridad la recibió con un silencio insoportable.
Todo seguía como Julieta lo había dejado. Sus zapatos junto al sofá, una chaqueta colgada detrás de una silla y una liga para el cabello sobre la mesa. Valeria estuvo a punto de recogerla por costumbre, pero retiró la mano.
No podía mover nada.
Hacerlo significaba aceptar que Julieta no regresaría a buscar sus cosas.
Caminó hasta la habitación de su hija y, apenas abrió la puerta, reconoció el aroma a lavanda de su champú. La fortaleza que había mantenido durante el entierro desapareció.
Valeria se dejó caer sobre la cama, tomó la almohada y la apretó contra su rostro, respirando desesperadamente aquel olor que algún día también terminaría desapareciendo.
Eso fue lo que más miedo le dio.
Llegaría un momento en que olvidaría pequeños detalles. El sonido exacto de su risa, la manera en que pronunciaba ciertas palabras, incluso aquel perfume que ahora parecía llenar toda la habitación.
—Perdóname, mi amor —murmuró Valeria contra la almohada—. Te prometí que iba a protegerte.
Sobre el escritorio permanecían abiertos los cuadernos de Julieta. Había tareas pendientes, libros usados y apuntes de una muchacha que había pasado años preparándose para un futuro que nunca llegaría.
Valeria permaneció despierta hasta el amanecer.
Durante horas pensó en la última mañana, en la sonrisa de Julieta antes de marcharse y en todas las veces que se preguntaría por qué no corrió detrás de ella.
Pero, poco a poco, otra idea comenzó a abrirse paso entre la culpa.
Mateo y Renata seguían vivos.
El director continuaba sentado en su despacho.
Alejandro Villareal conservaba su dinero, su poder y su reputación.
Mientras Julieta estaba bajo tierra.
Aquella injusticia consiguió levantarla de la cama.
Horas después llegó al restaurante. Doña Elena estaba detrás del mostrador, limpiando una cafetera con movimientos lentos. Parecía haber envejecido años desde la muerte de su nieta.
Valeria sintió culpa por lo que estaba a punto de decir, pero ya había tomado una decisión.
—Mamá, voy a vender mi parte del restaurante y la casa —anunció Valeria, acercándose al mostrador.
Doña Elena dejó inmediatamente el paño.
—Acabamos de enterrar a Julieta. No estás en condiciones de tomar una decisión así —respondió su madre, preocupada.
Valeria no discutió. Abrió el bolso y dejó varios periódicos sobre el mostrador.
En uno de ellos aparecía Alejandro Villareal acompañado por Mateo y Renata. La noticia hablaba de una tragedia accidental ocurrida en la Academia San Valentín y anunciaba una generosa donación de los Villareal para reforzar la seguridad de los estudiantes.
Nada sobre el acoso.
Nada sobre la denuncia de Julieta.
Nada sobre la agresión que había sufrido días antes.
Valeria observó cómo el rostro de su madre cambiaba mientras leía.
—Ya están borrando lo que ocurrió, mamá —explicó Valeria—. Mi hija denunció a esos muchachos, la golpearon por hablar y yo misma advertí a la academia que estaba en peligro. Ahora está muerta y ellos quieren convertirlo en un accidente.
Elena levantó los ojos del periódico.
—La policía todavía está investigando —recordó su madre, aunque su voz carecía de convicción.
—Mientras ellos investigan, los Villareal están escribiendo la historia que todos van a creer.
Doña Elena tomó las manos de su hija.
—Tengo miedo de perderte también.
La frase atravesó la dureza de Valeria. Durante unos segundos volvió a sentirse como la hija que necesitaba refugiarse en los brazos de su madre.
La abrazó.
—No quiero que me pierdas —aseguró Valeria—. Pero tampoco puedo quedarme esperando.
No discutieron más.
En los días siguientes, Valeria comenzó a desprenderse de la vida que había construido durante años. Vendió su parte del restaurante y puso la casa en venta. Conservó algunas prendas, fotografías familiares y una caja con los objetos de Julieta que jamás sería capaz de abandonar.
Cerrar aquella casa por última vez fue como despedirse nuevamente de su hija.
Pero necesitaba dinero.
Y, sobre todo, necesitaba dejar de ser visible.
Alejandro Villareal ya sabía quién era Valeria González. La academia conocía su nombre y su historia. Si intentaba acercarse a aquella familia, jamás conseguiría atravesar la primera puerta.
Necesitaba convertirse en alguien a quien no reconocieran.
Entonces recordó a un hombre de su juventud, alguien relacionado con una época que había enterrado después del nacimiento de Julieta. Encontrarlo no fue fácil, pero el dinero consiguió lo que Valeria necesitaba.
Una nueva identidad.
Cuando recibió la carpeta varios días después, sus manos temblaron antes de abrirla.
Su fotografía aparecía en los documentos, pero casi todo lo demás era diferente.
Otra historia.
Otro pasado.
Y otro nombre.
Alessa.
Valeria pasó lentamente los dedos sobre aquellas letras.
Por un instante sintió miedo de sí misma. Hasta hacía unas semanas era una mesera preocupada por las calificaciones de su hija y las cuentas del restaurante. Ahora estaba pagando para borrar su nombre y acercarse a una familia poderosa.
Quizá estaba perdiendo la razón.
Entonces recordó a Julieta en aquel ataúd.
Cerró la carpeta.
Valeria González era una madre pobre a la que Alejandro Villareal podía ignorar.
Alessa sería una desconocida.
Una mujer sin relación alguna con Julieta.
Una mujer a la que quizá permitirían entrar.
Valeria apretó la carpeta contra su pecho.
Todavía no sabía cómo llegaría hasta Alejandro Villareal.
Pero encontraría la manera.
Porque Valeria había esperado que alguien hiciera justicia por su hija.
Alessa no iba a esperar a nadie.
