Capítulo 7 La nueva yo
Convertirse en Alessa no consistió únicamente en cambiar de nombre.
Durante años, Valeria había vivido sin preocuparse demasiado por su apariencia. Su dinero era para Julieta, las cuentas de la casa y el restaurante. Estaba acostumbrada a llevar el cabello recogido, las manos marcadas por el trabajo y el cansancio visible en el rostro.
Ahora necesitaba que nadie pudiera mirar a Alessa y reconocer a aquella mujer.
Utilizó una parte del dinero para someterse a tratamientos estéticos sencillos, renovar su cabello y aprender a maquillarse de una forma completamente distinta. Abandonó la ropa práctica que había usado toda su vida y llenó el armario de vestidos, trajes y accesorios elegantes escogidos cuidadosamente para la mujer que pretendía interpretar.
El cambio fue gradual, pero cuando finalmente se contempló frente al espejo, Valeria tuvo dificultades para reconocerse.
Su cabello oscuro había adquirido reflejos castaños y miel y caía en ondas sobre sus hombros. El maquillaje resaltaba sus ojos y ocultaba las huellas de aquellas semanas sin dormir. El traje que llevaba se ajustaba perfectamente a su figura y la obligaba incluso a mantener una postura diferente.
Parecía una mujer acostumbrada a aquel lujo.
Pero Valeria sabía que la ropa no sería suficiente.
Los Villareal habían pasado toda su vida rodeados de personas capaces de reconocer quién pertenecía a su mundo y quién simplemente estaba disfrazándose para entrar.
Por eso alquiló un apartamento lejos del barrio y convirtió aquel lugar en el centro de su nueva vida.
No llevó fotografías familiares ni recuerdos del restaurante. Solo una pequeña caja con algunas pertenencias de Julieta permanecía escondida en su habitación. Era lo único que se permitía conservar de Valeria mientras aprendía a ser Alessa.
Durante las semanas siguientes contrató ayuda para corregir todo aquello que pudiera delatarla. Aprendió protocolo, mejoró su dicción y estudió las reglas sociales de un mundo que hasta entonces solo había observado desde lejos.
Al principio resultó humillante.
Valeria había creído que bastaría con hablar correctamente y vestirse bien, pero descubrió que las diferencias estaban en detalles que jamás había considerado: la forma de entrar en una habitación, de saludar, de sentarse o incluso de permanecer en silencio mientras otra persona hablaba.
Durante una de las clases, su antigua forma de pronunciar una palabra apareció sin que pudiera evitarlo.
—Otra vez —ordenó la profesora de dicción, corrigiéndola de inmediato.
Valeria repitió la frase.
La mujer negó.
—Alessa no puede recordar cómo hablar únicamente cuando está tranquila. El día que alguien la haga enfadar, Valeria va a salir por su boca. Y entonces habrá perdido.
La observación la incomodó porque era cierta.
Así que volvió a intentarlo.
Una vez.
Y otra.
Hasta que su nueva manera de hablar comenzó a surgir sin esfuerzo.
Sin embargo, la parte más importante de su preparación ocurría por las noches.
Mientras la ciudad dormía, Alessa estudiaba a los Villareal.
Alejandro era el centro de todo.
Valeria reunió cuanto pudo sobre sus empresas, sus relaciones, sus apariciones públicas y las personas que entraban y salían de su círculo. Descubrió a un hombre extremadamente cuidadoso con su imagen, cuya carrera política estaba construida alrededor del éxito empresarial y de una reputación familiar impecable.
La imagen de padre dedicado era especialmente importante.
Alejandro había criado solo a Mateo y Renata y su equipo utilizaba constantemente aquella historia para humanizarlo ante el público. En fotografías y entrevistas aparecía como un padre protector, orgulloso de sus hijos y dispuesto a sacrificar cualquier cosa por ellos.
Valeria sentía náuseas cada vez que lo veía.
Porque conocía la otra cara de aquellos hijos perfectos.
Pero el odio no podía dirigirla.
Tenía que aprender a observarlos sin pensar como la madre de Julieta.
Una noche extendió varios documentos sobre la mesa y encontró algo que llamó su atención.
El personal encargado de Mateo y Renata cambiaba constantemente.
Asistentes, tutores y empleados domésticos aparecían durante algunos meses y después desaparecían. Cuanto más investigaba, más evidente resultaba el patrón. Los mellizos eran difíciles de controlar y Alejandro necesitaba personas capaces de manejar sus problemas sin convertirlos en nuevos escándalos.
Alessa se reclinó en la silla.
Por primera vez desde que había comenzado a investigar, no estaba mirando una pared.
Estaba viendo una puerta.
Si intentaba llegar directamente hasta Alejandro, levantaría sospechas. Un hombre como él no permitía que desconocidos entraran fácilmente en su círculo.
Pero sus hijos eran diferentes.
Ellos necesitaban constantemente a alguien.
Y ella ya sabía exactamente de qué eran capaces.
Alessa contempló las fotografías de Mateo y Renata durante varios segundos. No sintió la furia que esperaba. Lo que apareció fue algo mucho más frío.
Paciencia.
Había pasado semanas preguntándose cómo entrar en la casa de los Villareal.
Ahora tenía la respuesta.
No necesitaba derribar la puerta.
Solo necesitaba conseguir que Alejandro Villareal la invitara a cruzarla.
