Capítulo 8 El gran plan
La nueva apariencia de Alessa podía abrirle algunas puertas, pero no bastaba para entrar en la casa de los Villareal.
Necesitaba un pasado.
El hombre que había conseguido su nueva identidad volvió a recibirla varios días después. Esta vez colocó frente a ella una carpeta mucho más gruesa.
Dentro había certificados académicos, referencias profesionales y documentos que construían una historia coherente alrededor de Alessa. Según aquellos papeles, había estudiado en el extranjero y trabajado durante años asesorando a familias adineradas cuyos problemas privados podían convertirse en escándalos públicos.
Exactamente la clase de mujer que Alejandro Villareal podía necesitar.
—Apréndaselo todo —advirtió el falsificador mientras señalaba los documentos—. Fechas, lugares, nombres. Si alguien investiga superficialmente, encontrará lo que espera encontrar. Pero ningún papel podrá ayudarla si usted misma contradice su historia.
Alessa asintió sin apartar la mirada de la carpeta.
—No voy a contradecirla.
El hombre la observó durante unos segundos, pero no añadió nada.
Alessa pasó los días siguientes memorizando aquella vida hasta poder hablar de ella sin detenerse a pensar. Ya no bastaba con parecer otra mujer. Tenía que recordar experiencias que nunca había vivido y responder naturalmente a un nombre que todavía le resultaba extraño.
Cada mentira tenía un propósito.
Llegar hasta Alejandro.
La primera oportunidad apareció en una subasta benéfica frecuentada por empresarios, políticos y miembros de las familias más influyentes de la ciudad.
Alessa consiguió una invitación y llegó sola.
Al entrar al salón tuvo que controlar el impulso de mirar todo con demasiado interés. Las enormes lámparas, las obras de arte y las joyas que algunas mujeres llevaban alrededor del cuello representaban cantidades de dinero que Valeria jamás habría imaginado gastar.
Pero Alessa no podía impresionarse.
Había aprendido eso.
Así que tomó una copa de champán y se movió entre los invitados como si hubiera asistido a eventos semejantes toda su vida.
No intentó llamar la atención.
Observó.
Reconoció varios rostros que había estudiado durante semanas y escuchó conversaciones mientras fingía interesarse por las obras expuestas. Necesitaba identificar a alguien suficientemente próximo a Alejandro para llevar su nombre hasta él.
Lo encontró antes de terminar la noche.
Un diputado relacionado con el círculo político de Villareal se acercó después de verla observando una de las piezas de la subasta. Alessa permitió que iniciara la conversación y, cuando él comenzó a hablar de la importancia social de aquella clase de eventos, vio la oportunidad.
—La caridad también puede ser una herramienta de reputación extraordinariamente eficiente —comentó Alessa con tranquilidad.
El diputado arqueó las cejas.
—Eso suena bastante cínico.
—Suena práctico —respondió ella—. Las personas poderosas no pueden controlar lo que hacen los demás, pero sí pueden controlar lo que el público recuerda de ellas.
Esta vez, el hombre la observó con verdadero interés.
Alessa no intentó impresionarlo. Se limitó a mencionar que había trabajado durante años en el extranjero, especializándose en manejar crisis privadas antes de que se convirtieran en escándalos públicos. Después se retiró antes de que pudiera averiguar demasiado sobre ella.
Durante las semanas siguientes repitió la misma estrategia. Asistió a eventos exclusivos, aceptó algunas invitaciones y comenzó a relacionarse con las personas adecuadas. Nunca buscaba protagonismo. Solo aparecía lo suficiente para que su rostro resultara familiar y su nombre comenzara a circular.
Mientras tanto, continuó investigando a los Villareal.
Pronto descubrió que Mateo y Renata eran la mayor debilidad de Alejandro. Los rumores sobre fiestas, problemas en la academia y empleados que abandonaban la residencia se acumulaban, amenazando la imagen de padre ejemplar que el senador había construido durante años.
Alessa entendió entonces que no necesitaba buscar una entrada.
Los mellizos podían convertirse en ella.
Su nueva identidad estaba diseñada precisamente para eso: una mujer discreta, preparada para manejar los problemas de familias poderosas antes de que llegaran a la prensa.
Una noche regresó a su apartamento y abrió el panel que ocultaba su investigación. Alejandro ocupaba el centro del tablero, acompañado por fotografías de Mateo y Renata.
Mirarlos todavía dolía.
Cada vez que veía a los mellizos recordaba a Julieta con el uniforme roto y el labio ensangrentado. Si quería acercarse a ellos, tendría que aprender a esconder ese dolor. Tendría que escucharlos, soportarlos y quizá incluso sonreírles sin permitir que descubrieran quién era realmente.
Alessa respiró profundamente y fijó la mirada en Alejandro.
Valeria González jamás habría podido acercarse a un hombre como él.
Pero Alessa estaba cada vez más cerca.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Al tomarlo, sintió que el corazón se le aceleraba.
El mensaje provenía de la oficina del senador Alejandro Villareal. Habían recibido referencias sobre su trabajo y querían concertar una entrevista privada.
Alessa permaneció inmóvil unos segundos.
Había esperado aquel momento durante semanas. Ahora que finalmente había llegado, sintió miedo de todo lo que podía salir mal.
Entonces miró la pequeña fotografía de Julieta que conservaba junto al tablero.
Recordó por qué había empezado.
Abrió nuevamente el mensaje y aceptó la entrevista.
Hasta ese momento, Alessa había estado buscando una forma de entrar en el mundo de los Villareal.
Ahora Alejandro acababa de abrirle la puerta.
