Capítulo 8 El gran plan
El falsificador terminó de alinear los bordes de los documentos con una guillotina manual, un sonido seco y definitivo que pareció cortar el último hilo que unía a Valeria con su pasado. Con un cuidado casi reverencial, deslizó sobre la mesa de madera gastada una carpeta de cuero repujado. Dentro descansaban las credenciales, los certificados académicos y los diplomas falsificados con una precisión microscópica, impresos en papel de hilo de alto gramaje con sellos secos y relieves que resistirían la inspección del analista más paranoico.
El hombre ajustó sus gafas de montura metálica y la observó por encima de los cristales, deteniéndose en la rigidez de su postura, en esa quietud antinatural que no encajaba con el perfil de los clientes habituales que pasaban por su taller clandestino. Había una mezcla de admiración técnica y recelo instintivo en sus ojos.
—Su historial es perfecto, señorita Alessa —comentó con una voz suave, casi un susurro, mientras le daba un golpecito al fajo de papeles para alinearlo—. He recreado cada año de su supuesta estancia en un prestigioso instituto internacional y su posterior especialización en gestión de crisis familiares en el extranjero. Nadie podrá encontrar una sola fisura en su pasado; los registros digitales en los servidores escolares ya han sido modificados. Pero recuerde una cosa: este tipo de juego no admite errores de interpretación. Las familias como los Villareal huelen el miedo y la impostura. Si tropieza una sola vez, si duda en una fecha o si parpadea cuando no debe, ese apellido la sepultará bajo toneladas de poder político antes de que pueda pedir ayuda.
Alessa sostuvo la mirada del hombre con una fijeza gélida, sin parpadear, una fijeza que lo hizo retroceder imperceptiblemente en su silla, buscando una distancia de seguridad que el ambiente no le permitía.
—Los muertos no tropiezan —respondió ella con un hilo de voz que sonó como el filo de un cuchillo rozando el mármol—. Y yo ya he muerto una vez. No se puede enterrar lo que ya no tiene vida.
Con su nueva identidad consolidada, grabada a fuego en su mente y respaldada por la seguridad de quien no tiene nada que perder, Alessa comenzó a tejer su red en los círculos más exclusivos de la capital. La oportunidad dorada se presentó durante una subasta de arte benéfica en un imponente palacio de la ciudad. Bajo el brillo cegador de las inmensas lámparas de cristal de Bohemia y el eco de las risas de la alta sociedad, ella se mantuvo ligeramente apartada del bullicio del salón principal. Sostenía una copa de champán que apenas probó, usando el cristal solo como un escudo social.
Su sola presencia, enfundada en un vestido de seda negra de caída impecable que contrastaba con la palidez de su piel, proyectaba un magnetismo gélido, una elegancia minimalista que no tardó en atraer las miradas de los presentes como un faro en la oscuridad. Mientras las demás mujeres exhibían joyas ostentosas y sonrisas ensayadas, Alessa permanecía como una escultura de hielo, observando el desfile de vanidades con un desprecio sutil pero perceptible.
No tardó en acercarse el primer pez en la red: un influyente diputado, acostumbrado a que su estatus y su apellido le abrieran todas las puertas del salón. Se plantó a su lado, intentando impresionarla con halagos vacíos sobre la finura de sus facciones y el misterio de su origen. Alessa, sin siquiera girar el rostro por completo, desarmó su altivez con un par de comentarios mordaces e inapelables sobre la geopolítica del mercado del arte contemporáneo y cómo las subastas de caridad no eran más que lavanderías de reputación fiscal para las grandes fortunas. Lo dijo con una voz tan aterciopelada como desprovista de cualquier emoción humana.
El hombre, lejos de ofenderse, quedó fascinado por esa distancia insalvable, por esa arrogancia intelectual que lo superaba. Buscó desesperadamente la aprobación de una mujer que parecía mirar por encima del hombro a toda la corte de la alta sociedad, ignorando que detrás de esos ojos oscuros no había superioridad de clase, sino un abismo de dolor y desprecio.
Ese magnetismo gélido y, sobre todo, su capacidad demostrada para analizar crisis de reputación con una frialdad matemática y quirúrgica pronto llamaron la atención de los asesores de Alejandro Villareal. El equipo del senador buscaba desesperadamente una solución externa, una mente brillante, discreta y sin vínculos locales, para contener los desmanes cada vez más públicos y peligrosos de los mellizos antes de que la campaña electoral comenzara de manera oficial y los tabloides destruyeran la candidatura del magnate. Alessa era la pieza exacta para el rompecabezas que ellos necesitaban resolver.
Cada noche, al regresar a la soledad asfixiante de su apartamento, el teatro de la élite se desvanecía. Alessa caminaba hacia el panel de madera noble del salón y lo deslizaba con un movimiento mecánico, revealing el tablero oculto que gobernaba sus noches. En el centro del corcho, las fotografías de Renata y Mateo Villareal, recortadas de las secciones de sociedad de los periódicos, la miraban con la misma insolencia, la misma soberbia y la misma impunidad que mostraron en los pasillos de la escuela.
Con un rotulador de tinta roja y densa, Alessa trazó una línea firme y recta que unía los rostros juveniles de los mellizos con la imponente fotografía de su padre, el hombre que había firmado el cheque para comprar el silencio de las autoridades escolares. Luego, con una lentitud deliberada, marcó una cruz grande y pesada sobre cada uno de ellos.
Sentía el latido de su propio corazón, pero ya no le pertenecía; era un metrónomo que contaba los días que le quedaban al imperio de sus enemigos. No habría espacio para la piedad, ni para los juicios amañados, ni para la clemencia que ellos negaron en la piscina. El imperio de los Villareal se derrumbaría desde sus cimientos más profundos, piedra por piedra, y ella sería la arquitecta silenciosa de su demolición.
Se sirvió una copa de vino tinto, apagó las luces del apartamento y se acercó al gran ventanal. Desde allí observó el reflejo de la ciudad iluminada, sintiendo cómo el frío del acero de su propia promesa se apoderaba de cada rincón de su alma, sepultando definitivamente a Valeria para dar paso, sin retorno, a la implacable Alessa.
