Capítulo 10 Capítulo sin títuloEl día en que el silencio empezó a cambiar de forma
El resto de la mañana transcurrió en una quietud extraña, casi doméstica.
Camila permaneció en el sillón cerca del ventanal, envuelta en la manta suave que Dante había dejado a su alcance. El café se le enfrió entre las manos. Desde el escritorio del salón llegaba el sonido constante y controlado de él trabajando: el tecleo del ordenador, alguna llamada baja, el roce de papeles. No la interrumpía. No la miraba cada dos minutos. Y, sin embargo, Camila sentía su presencia como una sombra cálida y pesada que ocupaba todo el espacio.
Era la primera vez en años que alguien permanecía cerca sin exigir nada de su cuerpo.
Eso la desarmaba más que cualquier amenaza.
A media mañana se levantó, dejó la taza vacía en la barra y caminó despacio hasta el baño. Se miró en el espejo. El moretón del cuello había empezado a tornarse violáceo y amarillento en los bordes. El labio ya no sangraba. Las muñecas todavía le dolían si las giraba demasiado. Se tocó la cicatriz de la costilla a través de la tela del camisón y sintió el mismo rechazo de siempre… solo que esta vez, debajo del asco, había algo distinto. Una rabia fría. Una rabia que ya no estaba dirigida solo hacia Héctor y Julián, sino también hacia sí misma por haber aguantado tanto tiempo.
Cuando salió del baño, Dante estaba de pie junto a la barra, esperándola con un vaso de agua y dos pastillas.
—Antiinflamatorio y un calmante suave —dijo sin preámbulos—. El médico recomendó no saltarse la dosis.
Camila los tomó en silencio. Él observó cómo tragaaba y asintió, satisfecho.
—Siéntate. Necesito hablar contigo de algo concreto.
Ella obedeció. Se sentó en una de las sillas altas. Dante se quedó de pie al otro lado de la barra, apoyando las manos sobre el mármol. La camisa blanca le marcaba los hombros anchos y el pecho. Parecía más cansado que la noche anterior, pero la intensidad de su mirada no había disminuido ni un grado.
—He movido algunos hilos esta mañana —empezó—. Héctor Soler ya no trabaja en el taller donde estaba. El dueño recibió una visita y decidió que no le convenía seguir empleándolo. Sus cuentas bancarias tienen un bloqueo temporal que va a costarle bastante deshacer. Y la casa… digamos que los vecinos van a empezar a escuchar rumores muy específicos sobre lo que ocurría dentro cuando tu madre no estaba.
Camila sintió que el estómago se le encogía.
—¿Lo… lo hirió?
—Todavía no. —La respuesta fue fría, precisa—. Por ahora solo le estoy quitando el suelo bajo los pies. Quiero que sienta cómo se le cierra el mundo antes de que entienda quién está detrás. Julián Arce es otro tema. Tiene contactos más serios. Gente que yo conozco. Gente que ahora sabe que si lo siguen cubriendo, me tienen a mí como problema. Esta tarde recibiré información más detallada sobre sus movimientos de los últimos días.
Hizo una pausa. Sus ojos grises se clavaron en los de ella.
—Necesito que me digas la verdad sobre una cosa. ¿Julián sabe que escapaste? ¿Tiene forma de rastrearte?
Camila tragó saliva.
—El teléfono lo dejé muerto a propósito. No tenía saldo ni batería. Pero… él siempre decía que podía encontrarme donde fuera. Una vez me lo demostró. Apareció en un café al que fui por primera vez, a casi una hora de la casa. Sonrió y me dijo que nunca iba a estar lo bastante lejos.
Dante apretó la mandíbula. El músculo de su mejilla saltó.
—Eso se acabó. A partir de ahora, si él da un solo paso en dirección a esta ciudad con la intención de buscarte, me entero. Y si me entero… no va a gustarle la conversación que vamos a tener.
Camila bajó la mirada a sus propias manos. Estaban temblando ligeramente.
—Usted habla como si ya fuera una decisión tomada. Como si yo fuera a quedarme aquí el tiempo que usted decida.
—Es una decisión tomada. —No hubo suavidad en la frase—. Puedes odiarme por ello. Puedes tener miedo. Pero no vas a volver a la calle con cuarenta y siete dólares y dos hombres buscándote. No mientras yo respire.
El silencio que siguió fue denso. Camila sintió el impulso de pelear, de gritarle que no era su salvadora ni su dueña. Pero debajo de la rabia había un cansancio tan profundo que las palabras se le atoraron. En cambio, preguntó algo más pequeño y más peligroso:
—¿Y cuando ya no me necesite proteger? ¿Qué pasa entonces?
Dante se quedó muy quieto. Luego rodeó la barra con pasos lentos y se detuvo a un lado de su silla. No la tocó. Solo se inclinó lo suficiente para que su voz le llegara baja y clara.
—Cuando ya no necesites protección… entonces hablaremos de lo que realmente hay entre tú y yo. Porque esto —hizo un gesto vago entre los dos— no es solo refugio. No para mí. Desde el segundo en que te vi entrar en mi club, dejó de ser solo eso.
Camila levantó la cara. Estaban demasiado cerca. Podía ver las motas oscuras en el gris de sus ojos, la sombra de la barba, la forma en que su boca se mantenía en una línea tensa.
—No diga cosas así —susurró—. No cuando todavía me duele el cuerpo por culpa de otros hombres.
—Precisamente por eso las digo ahora. —Su mirada bajó un segundo a su boca y regresó a sus ojos—. Para que sepas que, aunque no te toque, aunque me contenga, aunque duerma en el sofá… ya te miré de una forma que no tiene vuelta atrás. Y yo no deshago ese tipo de miradas.
Se apartó antes de que ella pudiera responder. Volvió a su lado de la barra y tomó su propia taza de café, como si la conversación no hubiera dejado el aire cargado de algo eléctrico y peligroso.
—Hoy no salgo —repitió—. Trabajo desde aquí. Tú descansas, lees, comes, haces lo que necesites. Si quieres hablar, hablamos. Si quieres silencio, hay silencio. Pero no te cierres en la habitación todo el día. No me gusta no verte.
Camila soltó una risa débil, incrédula.
—¿Ordena incluso cómo debo pasar las horas dentro de su jaula?
—Sí. —La honestidad fue brutal—. Porque mientras estés rota, yo decido. Cuando dejes de estarlo… negociamos.
Se dirigió al escritorio otra vez. Antes de sentarse, añadió sin mirarla:
—Hay ropa nueva en el vestidor. Más cómoda. Y un par de libros sobre la mesa del salón por si quieres distraerte. Si el dolor aumenta, me lo dices. No te aguantes en silencio.
Camila se quedó sentada un rato largo después de que él se pusiera a trabajar. El tecleo del ordenador llenaba el espacio. El olor a café y a su colonia seguía en el aire. Por primera vez desde que había escapado, el miedo no era el único sentimiento que ocupaba su pecho.
Había también una confusión profunda.
Una atracción que le daba vergüenza.
Y un alivio oscuro, casi vergonzoso, de no estar sola con sus demonios.
Se levantó, caminó hasta el vestidor y se cambió el camisón por un pantalón suave y una camiseta oversized que olía a él. Luego tomó uno de los libros y se sentó otra vez en el sillón, cerca del ventanal, donde podía verlo de reojo mientras él trabajaba.
Dante levantó la vista una sola vez. Sus ojos se encontraron con los de ella. No sonrió. Solo sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, como si estuviera grabándose la imagen de Camila respirando con tranquilidad dentro de su territorio.
Después regresó a la pantalla.
Y Camila, por primera vez en mucho tiempo,
no sintió la urgencia de escapar de la habitación en la que se encontraba.
Aunque la habitación perteneciera a un monstruo.
Aunque el monstruo ya hubiera dejado claro que no pensaba soltarla.
Aunque una parte de ella…
empezara a no querer que lo hiciera.
