
Mía a la fuerza
Eren · En curso · 119.8k Palabras
Introducción
Capítulo 1
La casa siempre olía igual: a humedad antigua, a cerveza rancia, a cigarrillo apagado en ceniceros que nadie limpiaba y a ese miedo agrio que se te metía en la ropa y no se iba ni con lejía. Camila Soler lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de su cuerpo de veinticuatro años. Lo odiaba porque era el olor de todas las noches en las que su padrastro, Héctor, llegaba más tarde de la cuenta. El olor de las cerraduras echadas. El olor de su propia respiración contenida debajo de la sábana fina, contando los pasos pesados que subían la escalera.
Esa noche los pasos subieron.
Camila estaba sentada en el borde de la cama, con la espalda tan recta que le dolían los hombros. Llevaba una camiseta gris vieja que le quedaba grande y un pantalón de chándal negro. El cabello lo tenía recogido en una coleta baja y apretada, como si de alguna forma ese gesto ridículo pudiera protegerla. Sabía que no servía de nada. Dentro de esas cuatro paredes nada la protegía.
La puerta se abrió sin llamar, como siempre.
Héctor llenó el marco. Tenía cincuenta y tres años, barriga prominente, brazos gruesos y esa sonrisa torcida que a Camila le revolvía el estómago desde hacía demasiado tiempo. La camisa a cuadros la llevaba desabrochada hasta la mitad del pecho y el aliento le llegaba cargado de alcohol barato incluso desde la distancia.
—Mirala… —dijo con esa voz pastosa y cargada de veneno—. Toda quietecita en su cama. Como una buena putita esperando a que le den su ración.
Camila no contestó. Había aprendido, a base de golpes y de humillaciones, que abrir la boca solo empeoraba las cosas. Bajó la mirada al suelo. El silencio, a veces, era la única armadura que le quedaba.
Héctor entró y cerró la puerta. El sonido de la llave girando fue el mismo de siempre: seco, definitivo, aterrador.
—Tu madre se fue al turno de la noche otra vez —continuó mientras se acercaba—. Qué mujer más conveniente. Nos deja solitos. Como le gusta.
Camila se levantó de un salto y retrocedió hasta que la espalda chocó contra la pared. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.
—No me toques, Héctor. No esta noche.
Él se rio. Una risa baja, fea, que le erizó la piel.
—¿O qué, mierda? ¿Vas a gritar? ¿Vas a llorar? Nadie te va a oír. Y aunque oyeran… ¿quién crees que le importa una inútil como tú? Ni tu propia madre. Esa se hace la ciega desde hace años.
La primera bofetada llegó sin previo aviso. La mano grande y callosa le giró la cabeza con violencia. El sabor metálico de la sangre le llenó la boca al instante. Antes de que pudiera recuperarse, los dedos de Héctor se cerraron alrededor de su cuello y la empujaron con fuerza contra la pared. El aire se le escapó de los pulmones en un jadeo ahogado. Él apretaba lo justo para que doliera, para que el pánico subiera por la garganta, para recordarle quién mandaba en esa casa.
—Te he dicho mil putas veces que cuando yo entro… te quedas quieta y callada —escupió cerca de su cara—. Pero siempre tienes que abrir esa boca de mierda. Siempre tienes que creerte algo.
Camila forcejeó. Sus uñas se clavaron en la muñeca gruesa de él, intentando aflojar el agarre. Héctor solo apretó más. Con la otra mano le agarró la mandíbula con brutalidad y la obligó a mirarlo a los ojos.
—Mírame cuando te hablo, basura.
Le escupió las palabras directamente en la cara. Luego la soltó solo para golpearla en el estómago con el puño cerrado. Camila se dobló en dos, el aire negándose a entrar. Cayó de rodillas sobre la alfombra gastada, tosiendo y con lágrimas de dolor asomándole a los ojos. Héctor la miró desde arriba con una mezcla de asco y excitación que le resultaba más asquerosa que el propio golpe.
—Siempre igual. Creyéndote mejor que todos. Creyéndote que puedes decir que no. —Se agachó, le agarró el pelo con fuerza y la obligó a levantar la cara—. Pero al final siempre terminas igual: de rodillas y abierta de piernas.
Lo que vino después fue violento, rápido y profundamente humillante.
Le arrancó el pantalón de chándal con un solo tirón brutal. La tela se rasgó. La camiseta subió hasta quedarle enredada en los brazos, dejándola expuesta. Camila pataleó, golpeó con los puños, intentó morder la mano que la sujetaba, pero él era más grande, más fuerte y llevaba años acostumbrado a su resistencia. La tiró sobre la cama de cara, le sujetó ambas muñecas con una sola mano contra el colchón y usó todo el peso de su cuerpo para inmovilizarla. La otra mano se bajó el cierre del pantalón con torpeza borracha.
—Deja de moverte, puta de mierda —gruñó contra su oído mientras se acomodaba detrás de ella—. O te voy a hacer mucho más daño del que ya te mereces.
El abuso fue brutal y sin ninguna consideración. Héctor la penetró de un solo embiste seco y doloroso, sin preparación, sin lubricación, solo con la necesidad de demostrar poder y de descargar su rabia y su lujuria podrida. Cada embestida era un castigo. Cada embestida iba acompañada de insultos que le escupía al oído con aliento a alcohol:
—Inútil.
—Puta casera.
—Nadie te va a querer nunca.
—Solo sirves para esto.
—Tu madre debería haber abortado.
Camila apretó la cara contra la almohada con todas sus fuerzas para no gritar. Las lágrimas le corrían en silencio, calientes y amargas. Había aprendido hacía mucho que gritar solo lo excitaba más. Que forcejear demasiado solo alargaba el sufrimiento. Así que se quedó quieta, contando mentalmente los segundos, intentando disociarse, intentando estar en cualquier otro lugar que no fuera ese cuerpo que estaba siendo usado y humillado otra vez.
Cuando Héctor terminó, se retiró de ella con un gruñido de asco, como si ella fuera la sucia. Se subió el pantalón, se abrochó el cinturón y la miró tirada en la cama con desprecio.
—Limpia este desastre —ordenó—. Y no se te ocurra decirle ni una puta palabra a tu madre. Ya sabes lo que pasa cuando abres la boca. La última vez te costó no poder sentarte durante tres días.
Salió de la habitación dejando la puerta entreabierta. Los pasos pesados se alejaron hacia la cocina. Poco después se escuchó el ruido familiar de una lata de cerveza abriéndose y la televisión encendiéndose a todo volumen.
Camila se quedó temblando sobre el colchón, el cuerpo doliéndole en oleadas. El dolor entre las piernas era agudo y punzante. Las muñecas le ardían donde él las había sujetado. El cuello le latía. Pero lo peor no era el dolor físico. Lo peor era el vacío. Ese vacío familiar, asqueroso y profundo que se instalaba después de cada vez, como si le hubieran arrancado algo más que dignidad.
Se obligó a levantarse. Cada movimiento le arrancaba un quejido ahogado. Fue hasta el baño cojeando, cerró la puerta con el pestillo (aunque sabía perfectamente que no serviría de nada si Héctor decidía entrar) y se metió bajo la ducha con el agua lo más caliente que el calentador viejo le permitió. Se frotó la piel con el estropajo hasta que le ardió y se puso roja. Hasta que el agua arrastró la evidencia física de lo que acababa de ocurrir. El resto… el resto nunca se iba. Se quedaba agarrado a los huesos.
Cuando salió, se miró al espejo empañado. Tenía un moretón violáceo empezando a formarse en la mejilla izquierda. Otro más oscuro en el lateral del cuello. El labio inferior hinchado. Los ojos inyectados en sangre. Parecía exactamente lo que era: una mujer rota a la que habían usado una vez más.
Y de pronto, algo dentro de ella se quebró de una forma distinta a todas las anteriores.
Ya no podía más.
No una noche más.
No una mañana más despertando en esa casa con el cuerpo marcado y el alma hecha trizas.
Con las manos todavía temblorosas, abrió el cajón del lavabo y sacó el pequeño fajo de billetes que había estado escondiendo durante meses: propinas que su madre le daba a escondidas cuando Héctor no miraba, monedas que había robado de la cartera del padrastro centavo a centavo, el poco dinero que había logrado juntar limpiando casas ajenas cuando él no se enteraba. No era mucho. Apenas daba para un autobús de larga distancia y un par de noches de hostal barato. Pero era suficiente para desaparecer.
Se vistió con lo primero que encontró limpio: un vestido negro viejo que le quedaba un poco justo y un abrigo grueso. Metió lo poco que tenía de valor en un bolso de tela. No dejó nota. No miró la cama. No miró la habitación.
Antes de salir, se detuvo un segundo frente a la puerta. Del salón llegaba el ruido de la televisión y la risa borracha de Héctor. En algún momento de las próximas horas, o del día siguiente, él notaría que no estaba. Y entonces llamaría a Julián.
Porque Julián Arce era el otro infierno.
Su “novio”. El hombre al que Héctor la había presentado dos años atrás con una sonrisa de complicidad asquerosa. “Un tipo serio, Camila. Te va a poner en tu lugar”. Y Julián lo había hecho. Era más joven que Héctor, más guapo a simple vista, pero igual de podrido por dentro. Celoso, controlador, violento. Le había roto el teléfono la última vez que ella intentó ignorar una llamada. Le había dejado una cicatriz de siete centímetros en la costilla izquierda la noche en que intentó dejarlo. Y cuando Camila se quejaba con su padrastro, Héctor solo se reía y decía: “Por fin alguien que te educa como mereces”.
Los dos hombres se cubrían el uno al otro.
Los dos la usaban.
Los dos la destruían.
Camila abrió la puerta trasera de la casa con cuidado extremo. La lluvia ya estaba cayendo con fuerza, fría y persistente. El agua le golpeó la cara como una bofetada distinta, una que por lo menos no venía de una mano conocida. Se ajustó el bolso contra el pecho, bajó la cabeza e empezó a caminar bajo la tormenta sin mirar atrás ni una sola vez.
No sabía a dónde iba exactamente.
Solo sabía que prefería morir en cualquier puta calle de esa ciudad
antes que volver a sentir las manos de Héctor o de Julián encima otra vez.
La noche la tragó.
Y con ella, el principio del final de la Camila que había sido hasta entonces.
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