Capítulo 2 La lluvia no lava nada

La lluvia no pedía permiso.

Caía con una violencia casi personal, como si quisiera empujar a Camila contra el asfalto y dejarla ahí, hecha un montón de ropa mojada y huesos rotos. Cada paso le dolía. El vestido negro se le había pegado a los muslos y al pecho como una segunda piel fría. El abrigo, empapado hasta el forro, pesaba el doble. El bolso lo apretaba contra el costado con tanta fuerza que los dedos se le habían quedado entumecidos.

No sabía cuánto tiempo llevaba caminando.

Podían haber sido veinte minutos o dos horas. El reloj de su teléfono estaba en cero por ciento desde hacía rato y ella no se había atrevido a encenderlo de todos modos. Tenía miedo de que Julián pudiera rastrearlo. Tenía miedo de que Héctor ya se hubiera dado cuenta de que faltaba y hubiera llamado a su “novio” para que la buscara como se busca a una perra que se escapa del patio.

El cuerpo le gritó en cada esquina.

Entre las piernas el dolor seguía siendo un latido constante, profundo, como si Héctor todavía estuviera dentro de ella. Las muñecas le ardían donde él las había sujetado. El moretón del cuello le latía al ritmo del corazón. Cada vez que el viento frío le pegaba en la cara, el labio partido le recordaba la bofetada. Pero lo peor no era el dolor físico. Lo peor era la forma en que su mente se negaba a apagarse.

Los recuerdos venían en oleadas sucias.

Primero Héctor: el peso de su cuerpo, el aliento a cerveza, los insultos escupidos contra su oído mientras la usaba. “Puta”. “Inútil”. “Nadie te va a querer nunca”. Después Julián. Siempre Julián. El día que Héctor se lo presentó en la cocina, con una sonrisa de cómplice. “Este es Julián, Camila. Un tipo serio. Va a saber cómo tratarte”. Julián le había sonreído con esos ojos negros que entonces le parecieron atractivos. Dos semanas después le había roto el primer teléfono contra la pared porque ella contestó tarde. Un mes después le había dejado la cicatriz de la costilla. “Para que no se te olvide de quién eres”, le había dicho mientras ella sangraba contra el azulejo del baño.

Los dos hombres se parecían más de lo que ella había querido admitir.

Uno era el original.

El otro, la copia mejorada: más joven, más fuerte, más inteligente a la hora de hacer daño.

Camila se metió en un callejón estrecho solo para dejar de estar a la vista de la avenida. Se apoyó contra la pared de ladrillo húmedo y se dobló por la cintura, intentando recuperar el aire. El estómago le daba vuelcos. Tuvo que tragar saliva varias veces para no vomitar. El agua de la lluvia le corría por la cara mezclada con lágrimas que ya no se molestaba en distinguir.

—No puedo… —susurró para sí misma, la voz rota—. No puedo más.

Pero sí podía.

Porque la alternativa era volver.

Y volver significaba la cama de Héctor o la de Julián. O las dos. Porque a veces se los prestaban. Porque a veces Héctor llamaba a Julián y le decía “ven, que esta noche está especialmente rebelde” y Julián aparecía con esa sonrisa fría y las manos ya listas.

Camila se obligó a enderezarse. El bolso seguía ahí, apretado contra su pecho. Dentro estaban los cuarenta y siete dólares que le quedaban, el documento falso que había conseguido meses atrás por si algún día tenía el valor de escapar, y el verdadero escondido en el forro. También estaba la fotografía doblada de su madre. La miró un segundo bajo la luz amarilla de un farol lejano. Su madre sonreía en la foto. En la vida real ya no sonreía. En la vida real se hacía la ciega, se iba a trabajar turnos dobles y dejaba a su hija sola con el monstruo que ella misma había metido en casa.

Guardó la foto.

Siguió caminando.

La ciudad de noche y bajo la tormenta se volvía un animal distinto. Las avenidas principales todavía tenían tráfico, luces, gente corriendo de un portal a otro. Camila las evitaba. Se metía en calles secundarias, más oscuras, donde los faroles parpadeaban o directamente estaban rotos. Cada vez que un auto pasaba demasiado lento a su lado, el corazón se le subía a la garganta. Imaginaba la ventanilla bajándose. Imaginaba la voz de Julián: “Baja del puto coche, Camila. Se acabó el juego”.

En una esquina vio un hostal de neón parpadeante. El letrero decía “Habitaciones por horas / Noche completa”. El precio de la noche completa era más de lo que le quedaba. Se quedó mirando la entrada durante casi un minuto, calculando. Si gastaba todo en una cama, mañana no tendría ni para comer. Si no gastaba nada, se arriesgaba a pasar la noche entera a la intemperie, mojada, dolorida y con la posibilidad real de que cualquiera de los dos hombres la encontrara.

Al final no entró.

Siguió caminando.

El cuerpo empezó a pedirle descanso de forma cada vez más agresiva. Las piernas le temblaban. El frío se le había metido en los huesos. En un momento se mareó y tuvo que agarrarse a una farola para no caer. El dolor entre las piernas se había vuelto un latido sordo y constante que le recordaba con cada paso exactamente lo que Héctor le había hecho apenas unas horas atrás.

Se metió bajo el alero de un edificio cerrado y se dejó resbalar hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho y el abrigo empapado sirviendo de pobre protección. Allí, en la oscuridad, los recuerdos atacaron con más fuerza.

Recordó la primera vez que Julián la forzó de verdad. No había sido en una cama. Había sido en el asiento trasero de su coche, después de una discusión. Ella había intentado bajarse. Él había cerrado el seguro central y le había dicho, con una calma aterradora: “Si sales, llamo a Héctor y le digo que te escapaste. Ya sabes cómo se pone cuando te escapas”. Después la había tomado con el mismo desprecio con el que se usa algo que se considera propio. Cuando terminó, le había acariciado la cara con una ternura falsa y le había susurrado: “Ves? No era para tanto. La próxima vez no te resistas tanto y dolerá menos”.

Camila se abrazó más fuerte a sí misma bajo el alero. Los dientes le castañeteaban. El teléfono muerto le pesaba en el bolsillo como un recordatorio de que estaba completamente sola. Nadie iba a venir a buscarla para salvarla. Nadie sabía que había salido. Y si alguien lo sabía, era precisamente de quien estaba huyendo.

No sabía cuánto tiempo permaneció sentada ahí.

El cuerpo le pidió moverse otra vez cuando el frío se volvió peligroso. Se levantó tambaleándose. El vestido mojado le rozaba la piel sensible de entre las piernas y le arrancó un quejido ahogado. Siguió adelante.

La lluvia no amainaba.

La ciudad no ofrecía refugio.

Y Camila Soler, con el cuerpo marcado, el alma hecha trizas y cuarenta y siete dólares en el bolsillo, caminaba sin destino claro, solo con una certeza ardiéndole en el pecho:

Prefería caerse muerta en cualquier puta cuneta

antes que regresar a esa casa

o a los brazos de Julián Arce.

En algún momento, muchas calles más adelante, vio un letrero discreto y negro que casi se perdía entre la lluvia. Una puerta lateral. Un nombre que no alcanzó a leer del todo. Música baja que se filtraba desde dentro. Luces rojas apenas visibles.

No sabía qué era ese lugar.

Solo sabía que tenía techo.

Y que en ese momento de su vida, un techo era lo más parecido a la salvación que podía imaginar.

Arrastró el cuerpo hacia esa puerta.

Empujó.

Y sin saberlo, acababa de cruzar el umbral del lugar donde su infierno anterior iba a encontrarse con uno completamente distinto.

Pero eso… eso todavía no lo sabía.

Por ahora solo era una mujer empapada, rota y aterrada que buscaba no morir de frío ni ser encontrada.

Y la noche, cruel y paciente, la dejó entrar.

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