Capítulo 3 El lugar donde el diablo también se esconde

La puerta cedió con un quejido bajo y Camila casi se cae hacia dentro.

El cambio de temperatura la golpeó como una bofetada. Del frío cortante de la calle pasó de golpe a un calor espeso, cargado de humo, de alcohol caro y de cuerpos. La música no era alta, pero el bajo se le metió directamente en el pecho, como un segundo corazón ajeno que le marcaba un ritmo que no pedía. Luces rojas y violetas cortaban la penumbra en franjas irregulares. Había gente. Demasiada gente. Mujeres con vestidos que parecían hechos de humo y sombra, hombres de traje que hablaban bajo y reían todavía más bajo. Nadie gritaba. Nadie parecía fuera de control. Era el tipo de lugar donde el peligro no se anunciaba… se respiraba.

Camila se pegó a la pared de inmediato, el abrigo empapado goteando sobre el suelo oscuro. El vestido negro se le había convertido en una segunda piel fría y pegajosa. Cada paso le recordaba con crueldad exacta lo que Héctor le había hecho horas atrás. El ardor entre las piernas era constante. Las muñecas le latían. El moretón del cuello le quemaba cada vez que giraba la cabeza. Y encima de todo eso, el miedo: el miedo de que en cualquier momento la puerta se abriera otra vez y Julián apareciera con esa sonrisa fría de “te encontré, puta”.

Se obligó a avanzar un poco más, siempre pegada a la pared, buscando cualquier rincón oscuro donde pudiera volverse invisible. El bolso lo apretaba contra el pecho con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Dentro estaban sus cuarenta y siete dólares, el documento falso y la foto de su madre. Todo lo que le quedaba en el mundo.

Nadie pareció notarla al principio.

La gente del club tenía esa forma particular de mirar sin ver realmente a quien no pertenecía a su círculo. Camila era demasiado mojada, demasiado asustada, demasiado barata en comparación con las mujeres que reían en las mesas altas. Se deslizó entre las sombras hasta encontrar un hueco cerca de una columna negra, medio escondida por una cortina gruesa de terciopelo oscuro. Allí se detuvo. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en la columna para no caer.

Cerró los ojos un segundo.

El cuerpo le pidió, con una urgencia casi animal, que se sentara. Que se acurrucara. Que dejara de existir aunque fuera cinco minutos. Pero sentarse significaba bajar la guardia. Y bajar la guardia en un lugar lleno de desconocidos, después de haber escapado de dos hombres que la consideraban de su propiedad, era una estupidez que no podía permitirse.

Así que se quedó de pie. Temblando. Empapada. Intentando que el aire cargado de perfume y whisky no le subiera la náusea a la garganta.

Los minutos se estiraron.

Cada vez que la puerta principal o la lateral se abría, el corazón se le subía a la boca. Imaginaba a Julián entrando. Imaginaba su voz. Imaginaba la forma en que la agarraría del brazo y la sacaría de allí arrastrándola, sonriendo a la gente como si solo estuviera recogiendo a su novia un poco borracha. Nadie preguntaría. Nadie intervendría. Nadie lo hacía nunca.

Se tocó el cuello sin querer. El moretón le dolió bajo los dedos. Bajó la mano de inmediato, como si el propio gesto pudiera delatarla.

Fue entonces cuando sintió la mirada.

No era una mirada cualquiera. Era pesada. Fija. Como si alguien la estuviera atravesando desde lejos. Camila levantó la vista por reflejo, el estómago encogiéndose, y barrió el club con los ojos. Abajo, entre la gente, nadie parecía prestarse atención especial. Arriba…

Arriba había un segundo piso. Un área elevada, separada por un cristal ahumado que dejaba ver siluetas más que rostros. Y aunque no pudo distinguir bien, tuvo la certeza absoluta de que alguien, detrás de ese cristal, la estaba mirando.

Se encogió todavía más contra la columna.

El tiempo perdió sentido. Podían haber pasado diez minutos o cuarenta. En un momento, un camarero pasó cerca con una bandeja y la rozó sin querer. Camila dio un respingo tan violento que el hombre se detuvo y la miró con el ceño fruncido.

—¿Estás bien? —preguntó, no del todo amable.

Ella asintió demasiado rápido.

—Sí. Solo… me resguardaba de la lluvia. Ya me iba.

El camarero la miró de arriba abajo: el pelo empapado, el abrigo goteando, el vestido pegado al cuerpo, los ojos demasiado abiertos. Algo en su expresión cambió. No era compasión exactamente. Era la mirada de quien sabe reconocer a alguien que no debería estar ahí.

—Más te vale —murmuró antes de seguir su camino.

Camila sintió que el poco aire que le quedaba se le escapaba. Ya no era invisible. Había llamado la atención aunque fuera un segundo. Y en un lugar como ese, llamar la atención podía ser mortal.

Se obligó a moverse otra vez. Esta vez se acercó más a la zona de las mesas bajas, buscando cualquier salida de emergencia, cualquier puerta que no fuera la principal. El dolor entre las piernas se había vuelto una queja constante. Cada vez que daba un paso más largo de la cuenta, una punzada aguda le subía por la columna. Tuvo que morderse el labio inferior (el que Héctor le había partido) para no soltar un quejido.

En un momento se mareó. El calor del club, el hambre de casi un día sin comer, el frío acumulado y el trauma de las últimas horas se le juntaron en la cabeza. Tuvo que agarrarse al respaldo de una silla vacía para no caer de rodillas. El mundo dio un bandazo. Por un segundo solo existió el zumbido en los oídos y la certeza de que se iba a desmayar en medio de ese lugar lleno de extraños.

Respiró.

Contó hasta cuatro.

Volvió a respirar.

Cuando la visión se estabilizó un poco, levantó la vista… y esta vez sí vio con claridad la figura detrás del cristal ahumado del VIP.

Un hombre.

Alto.

Inmóvil.

Mirándola sin ningún disimulo.

Aunque la distancia y el cristal impedían ver del todo su rostro, Camila sintió el peso de esa mirada como una mano alrededor de la garganta. No era la mirada de Julián. No era la de Héctor. Era otra cosa. Más fría. Más interesada. Más peligrosa de una forma que no sabía nombrar.

El pánico le subió de golpe.

Se giró demasiado rápido y el dolor entre las piernas le arrancó un jadeo ahogado. Empezó a caminar hacia donde creía que estaba la salida, el corazón desbocado, el bolso apretado contra el pecho como un escudo inútil. Ya no importaba la lluvia. Ya no importaba el frío. Solo quería salir de allí antes de que ese hombre de arriba decidiera bajar.

No llegó a la puerta.

Una presencia se interpuso en su camino. No la tocó. Solo se colocó frente a ella, bloqueándole el paso con el cuerpo. Camila levantó la vista y se encontró con un hombre de traje oscuro, expresión neutra y auricular en la oreja. Uno de los de seguridad.

—La dirección pide que la acompañe —dijo con voz plana.

Camila sintió que se le helaba la sangre.

—No… yo me iba. Solo entraré un momento por la lluvia. Ya me voy.

—La dirección insiste —repitió el hombre, sin endurecer el tono pero tampoco suavizándolo—. Por favor, sígame.

No era una petición.

Era una orden envuelta en cortesía fría.

Camila miró hacia la salida. Estaba a escasos metros. Podía intentar correr. Pero las piernas le temblaban, el cuerpo le dolía y el hombre de seguridad era considerablemente más grande que ella. Además, había visto a otros dos igual de serios cerca de la barra. No iba a llegar lejos.

El pánico le subió por la garganta como ácido. Por un segundo pensó en gritar. En hacer una escena. Pero el recuerdo de todas las veces que había gritado en casa y nadie había venido la detuvo. Aquí tampoco vendría nadie. Aquí, probablemente, solo conseguiría que la sacaran a la fuerza… o que la llevaran exactamente adonde ese hombre de arriba quería.

Tragó saliva. El sabor a sangre del labio partido le llenó la boca otra vez.

Asintió una sola vez, rígida.

El hombre de seguridad hizo un gesto con la cabeza y se apartó apenas lo suficiente para que ella pasara. Luego se colocó a su lado, sin tocarla, pero lo bastante cerca como para que cualquier intento de huida fuera inútil.

Camila caminó.

Cada paso era una rendición pequeña. Cada paso la alejaba de la puerta y la acercaba a las escaleras que subían hacia el VIP. El dolor del cuerpo se mezcló con un miedo nuevo, distinto al que sentía por Héctor o por Julián. Un miedo más frío. Más desconocido.

Mientras subía los peldaños detrás del hombre de seguridad, no pudo evitar mirar una última vez hacia abajo, hacia la puerta por la que había entrado.

La lluvia seguía cayendo afuera.

El infierno del que venía seguía esperándola en alguna parte de la ciudad.

Y sin embargo, por primera vez desde que había escapado, Camila tuvo la terrible sospecha de que quizá acababa de entrar en uno peor.

Arriba, detrás del cristal ahumado, el hombre de ojos grises seguía mirándola.

Inmóvil.

Paciente.

Como si ya la hubiera reclamado en el segundo exacto en que ella cruzó la puerta.

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