Capítulo 4 El hombre que me miró como si ya me tuviera

Las escaleras hacia el VIP parecían no terminar nunca.

Camila subía detrás del hombre de seguridad con las piernas temblorosas y el corazón latiéndole tan fuerte que estaba segura de que se le iba a salir por la boca. Cada peldaño le recordaba el dolor entre las piernas. El vestido mojado se le pegaba a los muslos de una forma obscena y fría. El abrigo goteaba todavía. El bolso lo apretaba contra el pecho como si fuera lo único que la mantenía unida.

No sabía quién era “la dirección”.

Solo sabía que en lugares como este, cuando alguien de arriba pedía verte, rara vez era para ofrecerte una toalla y un café.

El hombre de seguridad abrió una puerta de madera oscura y se apartó.

—Adelante.

Camila dudó un segundo. El impulso de darse la vuelta y correr por las escaleras abajo fue tan fuerte que casi lo hace. Pero las piernas no le respondieron a tiempo. Y de todos modos… ¿a dónde iba a correr? ¿De vuelta a la lluvia? ¿A la calle donde Julián podía estar buscándola en ese mismo instante?

Entró.

La habitación privada era amplia y silenciosa. El ruido del club quedó amortiguado en cuanto la puerta se cerró detrás de ella. Había un sofá de cuero negro, una mesa baja, una barra con botellas que brillaban bajo la luz tenue y un ventanal enorme que daba a la pista. El aire olía a madera cara, a whisky y a algo más oscuro. Poder, quizás. O peligro. A veces eran lo mismo.

Y entonces lo vio.

Estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a ella en un primer momento, con las manos en los bolsillos del pantalón. Alto. Mucho más alto de lo que había imaginado desde abajo. Cuando se giró, Camila sintió que el poco aire que le quedaba se le escapaba de los pulmones.

El hombre era… demasiado.

Cabello negro ligeramente desordenado, mandíbula marcada, labios firmes y unos ojos grises casi plateados que la atravesaron de arriba abajo sin ningún disimulo. Llevaba una camisa negra de manga larga con los puños arremangados hasta los codos y el primer botón abierto. No sonreía. Solo la miraba. Con una intensidad tan absoluta que Camila tuvo la absurda sensación de que ya la había visto desnuda. De que ya la había tenido.

—Deja el bolso en la mesa —dijo.

La voz era grave, baja, controlada. El tipo de voz que no necesitaba gritar para que la gente obedeciera.

Camila no se movió.

—Yo… solo entraré por la lluvia. Ya me iba. No buscaba problemas.

Él inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola. Sus ojos se detuvieron un segundo demasiado largo en el moretón de su cuello, luego en el labio hinchado, después en la forma en que ella se protegía el cuerpo con los brazos.

—No te pedí una explicación. Te pedí que dejaras el bolso en la mesa.

El tono no cambió. Seguía siendo calmado. Y precisamente por eso daba más miedo.

Camila sintió que las piernas le temblaban. Dio un paso adelante, dejó el bolso sobre la mesa de cristal con manos torpes y retrocedió de inmediato, como si la distancia de dos metros pudiera protegerla de algo.

El hombre se acercó a la mesa, abrió el bolso sin pedir permiso y empezó a revisar el contenido con una calma insultante. Sacó el fajo miserable de billetes. El documento falso. El verdadero. La foto doblada de su madre. Cada objeto lo examinaba con la misma atención con la que se examina algo que ya se ha decidido poseer.

—Camila Soler —leyó en voz baja, sin levantar la vista—. Veinticuatro años. Documento falso de bastante mala calidad. Cuarenta y siete dólares. Y una foto de una mujer que se parece a ti… pero con los ojos menos rotos.

Guardó todo otra vez dentro del bolso y recién entonces la miró de frente.

—¿De quién huyes, Camila?

La pregunta la golpeó más fuerte que una bofetada. Por un segundo solo pudo abrir la boca y cerrarla. El miedo le subió por la garganta tan rápido que casi se ahoga.

—No… no huyo de nadie. Solo necesitaba un techo. La lluvia…

—No me mientas. —La voz se volvió un grado más baja, más peligrosa—. Tienes un moretón en forma de dedos en el cuello. El labio partido. Caminas como si te doliera cada paso. Y entraste por la puerta de servicio de mi club a las dos de la mañana, empapada y temblando, como si el mismísimo diablo te fuera pisando los talones. Así que te pregunto otra vez: ¿de quién huyes?

Camila sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Las contuvo con todas sus fuerzas. No iba a llorar delante de este hombre. No iba a darle esa satisfacción a nadie más.

—Eso no es asunto suyo.

Él sonrió. Apenas. Una curva mínima y oscura en la comisura de los labios.

—Todo lo que entra en mi club se convierte en asunto mío. Y tú, pequeña, acabas de convertirte en el asunto más interesante que he tenido en mucho tiempo.

Se acercó. Camila retrocedió por reflejo hasta que la espalda chocó contra la pared. Él no se detuvo. Siguió avanzando hasta quedar tan cerca que ella tuvo que levantar la cara para sostenerle la mirada. El olor a su colonia —oscura, cara, con un fondo de madera y algo metálico— la envolvió. Podía sentir el calor de su pecho a escasos centímetros.

—Mi nombre es Dante Rivas —dijo en voz baja—. Este club es mío. Este edificio es mío. Y desde el segundo en que te vi entrar… tú también empezaste a serlo.

Camila soltó una risa rota, incrédula y llena de pánico.

—Está loco.

—Probablemente. —Sus ojos bajaron otra vez al moretón de su cuello. Esta vez no disimuló—. ¿Quién te hizo eso?

—Nadie.

—Camila. —El uso de su nombre sonó como una advertencia—. Puedo oler el miedo en ti. Puedo ver el dolor cada vez que te mueves. Y puedo asegurarte que no voy a dejarte salir de esta habitación hasta que me digas la verdad. Así que elige: me lo cuentas tú… o lo averiguo por mi cuenta. Y créeme, la segunda opción será mucho menos agradable para las personas que te hicieron eso.

El silencio se volvió espeso. Camila sentía el corazón latiéndole en los oídos. El cuerpo le pedía que corriera. La mente le gritaba que este hombre era otro monstruo. Pero había algo en la forma en que la miraba… algo distinto al asco de Héctor o a la posesión cruel de Julián. Era más oscuro. Más absoluto. Como si ya hubiera decidido que ella le pertenecía y ahora solo estuviera resolviendo los detalles.

—Mi padrastro —terminó susurrando, la voz rota—. Y… mi novio. Los dos.

Dante no dijo nada durante varios segundos. Solo la miró. La mandíbula se le tensó de forma casi imperceptible. Los ojos grises se volvieron un tono más frío.

—Nombres —ordenó.

—Héctor… Héctor Soler. Y Julián Arce.

Al pronunciar el segundo nombre, algo cambió en el rostro de Dante. Fue sutil. Una chispa de reconocimiento. O de rabia contenida. Camila no estuvo segura.

—Julián Arce —repitió él despacio, como si estuviera saboreando el nombre para después romperlo—. Interesante.

Se apartó de pronto. Dio un par de pasos hacia la barra, sirvió un vaso de whisky y se lo bebió de un trago. Luego se giró otra vez hacia ella.

—Vas a quedarte aquí esta noche. En mi suite. Arriba. —No era una pregunta—. Te traerán ropa seca, comida y lo que necesites para el dolor. Mañana hablaremos de qué vamos a hacer con los dos hijos de puta que te pusieron las manos encima.

Camila negó con la cabeza, el pánico subiéndole otra vez.

—No. Yo no… yo no puedo quedarme. No con usted. No con nadie. Solo necesito irme. Lejos.

Dante caminó hacia ella otra vez. Esta vez no la acorraló. Se detuvo a un paso de distancia y le sujetó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo. El contacto fue firme, pero no brutal. Y eso, de alguna forma, la desarmó más que un golpe.

—Escúchame con atención, Camila Soler —dijo con voz suave y letal—. Acabas de entrar en mi territorio marcada, asustada y sin un puto peso que te respalde. Los dos hombres de los que huyes van a buscarte. Uno de ellos, si no me equivoco, tiene suficientes contactos como para encontrarte antes de que salgas de la ciudad. Yo, en cambio, tengo el poder de hacer que desaparezcan. Así que no. No te vas a ir. Te vas a quedar exactamente donde yo pueda verte. Donde nadie vuelva a tocarte sin mi permiso. Y donde, por primera vez en mucho tiempo, alguien se va a encargar de que no vuelvas a terminar en el suelo de nadie.

Soltó su barbilla. Luego hizo un gesto hacia la puerta.

—Martín te llevará arriba. No intentes correr. No intentes pelear. Y no intentes mentirme otra vez. Porque a partir de esta noche, Camila… tu supervivencia depende de mí.

La puerta se abrió. El mismo hombre de seguridad de antes esperaba en el umbral.

Camila miró a Dante una última vez. Quiso insultarlo. Quiso escupirle. Quiso gritarle que no era distinta a los otros dos monstruos. Pero las palabras se le atoraron en la garganta. Porque una parte oscura y destrozada de ella… había escuchado la promesa que se escondía detrás de la amenaza.

Nadie volverá a tocarte sin mi permiso.

Con las piernas temblando y el dolor latiéndole en cada centímetro del cuerpo, Camila Soler salió de la habitación detrás del hombre de seguridad.

Detrás de ella, Dante Rivas se quedó mirando la puerta cerrada durante un largo rato. Luego sacó el teléfono, marcó un número y habló con voz fría y precisa:

—Quiero todo lo que haya sobre Héctor Soler y Julián Arce. Ahora.

Y preparad la suite principal. A partir de esta noche… tengo una invitada.

Colgó.

Sonrió apenas, solo para sí mismo.

La presa había entrado sola en su territorio.

Herida.

Aterrada.

Perfecta.

Y él no pensaba soltarla nunca.

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