Capítulo 6 La mañana en la que el monstruo no se fue

Camila despertó con el corazón acelerado y el cuerpo rígido.

Por un segundo no supo dónde estaba. La cama era demasiado grande, demasiado blanda, demasiado limpia. Las sábanas olían a detergente caro y a algo más… a él. El recuerdo de la noche anterior cayó sobre ella como un cubo de agua fría: la lluvia, el club, los ojos grises de Dante Rivas, la forma en que le había sujetado la barbilla y le había dicho que a partir de esa noche su supervivencia dependía de él.

Se incorporó de golpe. El movimiento le arrancó un quejido ahogado. El dolor entre las piernas seguía ahí, sordo pero presente. Las muñecas le dolían. El moretón del cuello le latía. Se llevó una mano al cuello y notó que el camisón de seda se le había subido hasta casi las caderas mientras dormía.

La puerta del salón estaba entreabierta.

Camila se quedó completamente quieta, escuchando. No había silencio total. Se oía el leve tintineo de una cuchara contra una taza. El sonido de páginas pasando. Y, de fondo, la voz baja y controlada de Dante hablando por teléfono.

—…quiero que me traigan todo lo que tengan antes del mediodía. Sí. Incluyendo movimientos bancarios y cualquier denuncia que se haya archivado. No me importa cómo. Solo hazlo.

La llamada terminó. Hubo un silencio. Luego pasos que se acercaban.

Camila se apresuró a bajarse el camisón y a recogerse las piernas contra el pecho, como si esa posición pudiera ofrecer alguna protección. Dante apareció en el umbral de la habitación. Ya estaba vestido: pantalón negro, camisa blanca con los dos primeros botones abiertos y las mangas arremangadas. El cabello todavía un poco húmedo. Parecía haber dormido poco, o nada. Y, aun así, la forma en que la miró al encontrarla despierta fue tan intensa que a Camila se le secó la boca.

—Buenos días —dijo. La voz era grave, todavía ronca de la mañana.

Ella no contestó. Solo lo observó con desconfianza mientras él se acercaba a la cama y dejaba sobre la mesita de noche una bandeja con café, tostadas, yogur y un nuevo blíster de analgésicos.

—Come —ordenó con suavidad—. Los calmantes son más fuertes que los de anoche. Te van a ayudar con el dolor.

—No necesito que me cuide —respondió Camila, aunque la voz le salió más débil de lo que pretendía.

Dante inclinó la cabeza, estudiándola.

—No estoy cuidándote por bondad, Camila. Estoy asegurándome de que no te desmorones antes de que yo decida qué hacer contigo. Hay diferencia.

Se sentó en el borde de la cama, lo bastante cerca como para que ella sintiera el calor de su muslo a través de la sábana. No la tocó. Solo permaneció allí, ocupando espacio, llenando la habitación con su presencia.

—Dormiste —dijo después de un momento—. Más de lo que esperaba. No gritaste. No tuviste pesadillas fuertes. O al menos no las tuviste en voz alta.

Camila bajó la mirada a sus propias manos.

—Estaba demasiado cansada hasta para soñar.

—Mentira. —Dante lo dijo sin dureza, casi como una observación—. Tienes ojeras nuevas. Y te tensas cada vez que hago un movimiento brusco. El cuerpo no miente aunque la boca sí.

Hubo un silencio. Camila sintió el impulso de pedirle que se fuera, que la dejara sola, que no la mirara con esa intensidad que parecía verle hasta los huesos. Pero las palabras no salieron. En cambio, preguntó lo que realmente le quemaba por dentro:

—¿Qué va a hacer conmigo?

Dante sostuvo su mirada sin pestañear.

—Por ahora, mantenerte viva y lejos de los dos hijos de puta que te marcaron. Después… ya veremos.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vas a obtener esta mañana.

Se levantó, caminó hasta el ventanal y abrió un poco las cortinas. La luz gris de la mañana entró en la habitación. Afuera la ciudad seguía mojada, como si la lluvia de la noche anterior no hubiera terminado del todo de irse.

—He pedido que te traigan más ropa hoy —continuó sin mirarla—. Cosas cómodas. Y un médico de confianza va a pasar a media mañana. Quiero que revise esas marcas. Especialmente las que no se ven a simple vista.

Camila sintió que se le helaba la sangre.

—No quiero que ningún médico me toque.

Dante se giró. Sus ojos grises se habían vuelto más fríos.

—No es una petición. Es una decisión. Si ese cabrón de tu padrastro te hizo daño interno, necesito saberlo. Y si tu… novio… te dejó algo más que moretones, también. No voy a discutir esto contigo.

El tono no admitía réplica. Camila apretó las sábanas entre los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Usted no tiene ningún derecho…

—Tengo el derecho que me da el hecho de que estás en mi territorio, comiendo mi comida, durmiendo en mi cama y respirando porque yo decidí que no ibas a volver a la calle anoche. —Se acercó otra vez a la cama y se detuvo frente a ella—. Puedes odiarme por eso. Puedes tener miedo. Pero no vas a rechazar la ayuda médica. ¿Quedó claro?

Camila lo miró con rabia y algo que se parecía demasiado a la impotencia. Al final asintió una sola vez, rígida.

Dante observó ese gesto mínimo y algo en su expresión se suavizó apenas. No del todo. Solo lo suficiente como para que ella notara la diferencia.

—Come —repitió, más bajo—. Después te duchas. El médico llega a las once. Yo estaré en la otra habitación trabajando, pero la puerta permanecerá abierta. Si necesitas algo… aunque sea agua… llamas.

Se dio la media vuelta y empezó a caminar hacia el salón. Antes de desaparecer, se detuvo sin girarse.

—Una cosa más, Camila.

Mientras estés bajo este techo, nadie vuelve a ponerte una mano encima. Ni Héctor. Ni Julián. Ni nadie.

Eso incluye el hecho de que yo tampoco voy a tocarte… todavía.

Pero el día que lo haga, va a ser porque tú ya no tiembles de miedo cuando me acerque.

Hasta entonces, come. Descansa. Y deja que yo me encargue de los monstruos de los que escapaste.

Salió.

Camila se quedó sola otra vez, con la bandeja de desayuno a un lado y el corazón latiéndole con una mezcla confusa de miedo, rabia y un alivio oscuro que no quería examinar demasiado.

Se obligó a comer.

Se obligó a ducharse otra vez, esta vez con más cuidado alrededor de las zonas doloridas.

Se puso un pantalón cómodo y una camiseta suave que encontró en una de las bolsas nuevas.

Cuando el médico llegó —un hombre mayor, discreto, de manos profesionales y mirada neutra—, Dante estuvo presente todo el tiempo. No entró en el baño mientras la revisaban, pero se quedó justo al otro lado de la puerta, lo bastante cerca como para escuchar cualquier quejido. Camila odió esa presencia. Y al mismo tiempo, una parte traicionera de ella se sintió… menos sola.

El médico fue breve y profesional. Confirmó moretones externos, inflamación, pero nada que requiriera hospitalización. Le recetó antiinflamatorios más fuertes y le dijo que el dolor disminuiría en unos días si no había más agresiones.

Cuando el hombre se fue, Dante volvió a aparecer en el umbral.

—¿Todo bien? —preguntó.

Camila asintió, envuelta ahora en una bata suave que olía a él.

—Nada roto. Solo… marcado.

Dante apretó la mandíbula. Durante un segundo la rabia en sus ojos fue tan clara que Camila sintió un escalofrío. Luego asintió una sola vez.

—Descansa. Yo tengo trabajo. Esta noche hablaremos más.

Se retiró.

Camila se quedó sentada en el borde de la cama, mirando la puerta por la que él había desaparecido. Por primera vez desde que había escapado de la casa de Héctor, el silencio no estaba lleno de amenaza inmediata. Estaba lleno de otra cosa. De la presencia de un hombre que había decidido, por razones que ella todavía no entendía del todo, que ella le pertenecía.

Y lo más aterrador…

era que una parte rota y exhausta de ella

empezaba a no odiar del todo esa idea.

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