Capítulo 7 Las reglas

El resto de la mañana transcurrió en un silencio extraño.

Camila permaneció en la habitación principal, sentada en el sillón cerca del ventanal con las piernas recogidas y una manta sobre los hombros. El cuerpo le dolía menos gracias a los antiinflamatorios, pero el cansancio profundo seguía ahí, anclado en los huesos. Desde el salón llegaba el sonido intermitente de la voz de Dante: llamadas bajas, órdenes precisas, el tecleo ocasional de un ordenador. No gritaba. No perdía el control. Y precisamente esa calma calculada la inquietaba más que cualquier arrebato.

A media tarde él apareció en el umbral con una bandeja.

—No has comido desde el desayuno —dijo. No era un reproche. Era una observación.

Camila miró la comida: sopa ligera, pan, fruta cortada, un vaso de agua. El estómago se le cerró solo de verla.

—No tengo hambre.

—Come igual. —Dejó la bandeja sobre la mesita frente a ella y se sentó en el brazo del sillón contrario, lo bastante cerca como para que ella sintiera su presencia, pero sin invadir del todo—. El médico dijo que necesitas recuperar fuerzas. No voy a discutir esto.

Ella tomó la cuchara por inercia. Dio un par de sorbos. El silencio se estiró entre los dos hasta volverse casi físico.

—¿Por qué hace todo esto? —preguntó al fin, sin levantar la vista—. Ropa. Médico. Comida. Un lugar donde dormir sin que nadie abra la puerta a media noche. Usted no me conoce. Podría haber llamado a la policía o haberme echado a la calle. En cambio me tiene aquí… como si fuera algo suyo.

Dante no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, la voz le salió más baja, más grave.

—Porque desde que te vi entrar en mi club, empapada y con los ojos de alguien que ya no espera que nadie la salve, algo dentro de mí decidió que no ibas a volver a quedar a merced de nadie. Ni de esos dos. Ni de la calle. Ni siquiera de ti misma mientras estés rota.

Levantó la mirada y la sostuvo.

—No soy un hombre bueno, Camila. No pretendo serlo. Soy posesivo. Soy controlador. Y cuando algo me interesa… lo tomo. Tú me interesas. Así de simple y así de complicado.

Camila sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

—Eso suena a otra forma de jaula.

—Lo es. —No lo negó—. Pero es una jaula donde nadie te va a golpear. Donde nadie te va a forzar. Donde, por primera vez en mucho tiempo, vas a poder dormir sin calcular la distancia hasta la puerta. El resto… el resto lo iremos viendo.

Se levantó. Caminó hasta el ventanal y se quedó mirando la ciudad durante un rato largo. La luz de la tarde empezaba a declinar, tiñendo la suite de tonos grises y dorados.

—He conseguido información —dijo de pronto, sin girarse—. Sobre los dos.

Camila se tensó de inmediato.

—¿Qué tipo de información?

—La suficiente. Héctor Soler tiene una denuncia antigua por violencia doméstica que tu madre retiró. Tiene deudas. Y tiene la costumbre de beber hasta perder el control. Julián Arce… es más interesante. Movimientos de dinero poco claros. Contactos en sitios que yo conozco demasiado bien. Y un historial de mujeres que terminaron desapareciendo de su vida con moretones y miedo. Los dos se cubren el uno al otro. Los dos creen que todavía te tienen.

Se giró. Sus ojos grises estaban más fríos que nunca.

—Se equivocan.

Camila apretó la manta entre los dedos.

—¿Qué va a hacerles?

—Todavía no lo he decidido del todo. —Se acercó otra vez y se detuvo frente a ella—. Pero te aseguro que no van a volver a acercarse a ti. Ni con la punta de un dedo. Y si lo intentan… se van a arrepentir de haber nacido.

La forma en que lo dijo no admitía dudas. No era una fanfarronada. Era una promesa hecha con la misma certeza con la que otros prometían el clima.

Camila bajó la mirada. El corazón le latía demasiado rápido. Había una parte de ella —la parte destrozada y cansada de pelear— que quería creer esas palabras. Que quería entregarle a este hombre peligroso la responsabilidad de destruir a los monstruos de los que había escapado. Y había otra parte, más orgullosa y más asustada, que le gritaba que no se fiara. Que todos los hombres que habían entrado en su vida terminaban usándola.

—Tengo miedo de usted —admitió en voz baja.

Dante se agachó frente a ella. No la tocó. Solo se quedó a la altura de sus ojos, lo bastante cerca como para que ella viera las motas más oscuras en el gris de su mirada.

—Lo sé. —Su voz bajó hasta volverse casi un murmullo—. Y está bien que lo tengas. Yo también me tengo miedo a veces. Pero el miedo que sientes hacia mí es distinto al que sentías con ellos. Ellos te rompían porque podían. Yo… yo quiero que dejes de estar rota. Aunque para conseguirlo tenga que encerrarte un tiempo y decidir por ti.

Extendió una mano despacio, dándole tiempo a apartarse. Cuando ella no lo hizo, rozó con el dorso de los dedos el moretón de su cuello. El contacto fue mínimo. Casi reverente.

—Esto no vuelve a pasar —dijo con una suavidad peligrosa—. Ninguna de estas marcas vuelve a aparecer en tu piel. No mientras yo respire.

Camila cerró los ojos. El roce de sus dedos era caliente. Cuidadoso. Y eso, de alguna forma, era más desarmador que cualquier violencia.

Cuando abrió los ojos otra vez, Dante ya se había levantado.

—Esta noche vuelvo a quedarme en el sofá —anunció—. Tú en la cama. La puerta seguirá abierta. Si tienes pesadillas… si te despiertas asustada… me llamas. No te quedes callada temblando. ¿Entendido?

Ella asintió, apenas.

Dante la observó un segundo más. Luego asintió también, como si hubiera tomado una decisión interna.

—Hay una cosa más. A partir de mañana vas a tener un teléfono nuevo. Solo mis números y los de Martín. Si en algún momento sientes que necesitas salir de aquí… me lo dices. No te escapas. Me lo dices. Y hablamos. Porque si intentas desaparecer otra vez, Camila, te voy a encontrar. Y la próxima vez no voy a ser tan paciente.

Se dirigió hacia la puerta del salón. Antes de cruzarla, añadió sin mirarla:

—Come un poco más. Descansa. Y acostúmbrate a mi presencia. Porque no pienso irme.

La puerta quedó entreabierta.

Camila se quedó mirando el espacio vacío que él había dejado. El corazón le latía con una mezcla confusa de miedo, alivio y algo más oscuro que no quería nombrar. Por primera vez desde que había escapado, alguien le había prometido que las marcas no volverían. Alguien había mirado su miedo y no había aprovechado para romperla más.

El problema era que ese alguien

era otro monstruo.

Uno distinto.

Uno que, en lugar de destruirla de golpe,

parecía decidido a reconstruirla…

a su manera.

Y bajo sus reglas.

Y Camila, agotada y marcada,

ya no estaba del todo segura

de querer escapar de esa nueva jaula.

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