Capítulo 8 Cuando el monstruo se quedó velando

La noche cayó sobre la suite con una quietud casi irreal.

Camila se había metido en la cama poco después de que Dante se retirara al salón. El camisón de seda le rozaba la piel sensible cada vez que se movía. Había dejado la puerta del baño entreabierta y la del salón exactamente como él la había dejado: abierta. No porque confiara del todo. Sino porque la idea de quedarse completamente a oscuras y encerrada la aterraba más que su presencia al otro lado.

Apagó la lámpara de la mesita.

Se curvó sobre el lado derecho de la cama, de espaldas a la puerta.

Cerró los ojos.

El cansancio era tan profundo que debería haberla arrastrado al sueño de inmediato. No lo hizo. El cuerpo estaba agotado, sí, pero la mente seguía girando. Cada crepitación de la chimenea del salón la hacía tensarse. Cada vez que Dante se movía en el sofá, ella contenía la respiración. Y debajo de todo eso, los recuerdos empujaban: las manos de Héctor, la voz de Julián, el dolor, la humillación, la certeza de que nadie iba a venir a salvarla.

Al final el agotamiento ganó.

Se durmió.

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La pesadilla llegó sin avisar.

No fue una imagen clara. Fue una sensación: el peso de un cuerpo encima del suyo, la imposibilidad de moverse, la mano alrededor del cuello, la voz pastosa de Héctor diciéndole que no gritara. Después la cara de Julián superpuesta, sonriendo mientras le decía que era suya, que siempre lo había sido. Camila forcejeó dentro del sueño. Intentó gritar. El sonido se le quedó atorado en la garganta.

—No… suéltame…

La voz le salió rota, apenas un hilo.

En el salón, Dante abrió los ojos de inmediato.

Se levantó del sofá en silencio, cruzó el espacio que los separaba y se detuvo en el umbral de la habitación. La vio retorcerse entre las sábanas negras, el camisón subido, el cabello pegado a la frente húmeda, los labios moviéndose en un ruego dormido. Durante un segundo se quedó inmóvil, la mandíbula apretada, observando. Luego se acercó despacio a la cama.

—Camila.

Ella no despertó. Solo soltó otro quejido ahogado y se encogió más sobre sí misma.

Dante se sentó en el borde del colchón. No la tocó todavía. Solo habló, la voz baja y firme:

—Camila. Estás soñando. Despierta.

Ella se sobresaltó con violencia. Los ojos se le abrieron de golpe, desenfocados, llenos de pánico. Por un segundo no lo reconoció. Retrocedió hasta chocar con el cabecero, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, las manos alzadas como si fuera a defenderse de un golpe.

—No me toques —jadeó—. No… no otra vez.

Dante no se movió. Mantuvo las manos a la vista, abiertas, sobre sus propios muslos.

—No te estoy tocando —dijo con calma deliberada—. Eres tú la que está soñando. Estás en mi suite. Estás a salvo. Mírame.

Camila parpadeó varias veces. La respiración seguía descontrolada. Poco a poco los ojos grises de él se enfocaron en su campo de visión. El recuerdo del club, de la noche anterior, de la promesa oscura, regresó a trompicones.

—Dante… —su voz salió ronca, rota.

—Sí. —Él asintió una sola vez—. Solo yo. Nadie más.

Hubo un silencio cargado. Camila seguía temblando. Las lágrimas le corrían sin que pudiera detenerlas esta vez. No eran lágrimas de dolor físico. Eran de agotamiento. De demasiado miedo acumulado. De la humillación de haberse mostrado tan vulnerable delante de él.

Dante observó esas lágrimas con una expresión que ella no supo leer del todo. Luego, muy despacio, extendió una mano y la dejó abierta sobre la sábana, a mitad de camino entre los dos.

—No voy a tocarte si no quieres —dijo en voz baja—. Pero si necesitas anclarte a algo real… aquí estoy.

Camila miró esa mano grande, abierta, quieta. El mismo hombre que la había reclamado con una posesividad aterradora ahora le ofrecía contacto sin obligarla. El contraste era tan brutal que le desarmó otra capa de defensa.

Con dedos torpes y todavía temblorosos, avanzó su propia mano hasta rozar la de él. Solo los dedos. Un contacto mínimo.

Dante no cerró los dedos alrededor de los de ella. No tiró. No exigió más. Solo dejó que ese roce existiera, cálido y constante.

—Respira —indicó con suavidad—. Despacio. Estás aquí. Ellos no.

Camila obedeció. Inspiró. Espiró. El temblor fue disminuyendo poco a poco. Las lágrimas siguieron cayendo en silencio, pero el pánico ya no la ahogaba con la misma fuerza.

—Lo siento —susurró al cabo de un rato—. No quería…

—No te disculpes por tener pesadillas después de lo que te hicieron. —La voz de Dante era grave, casi áspera—. Sería más raro que durmieras como un bebé.

Ella soltó una risa débil, rota, que se le transformó en otro sollozo. Dante esperó. No intentó abrazarla. No le dijo que todo estaba bien. Solo permaneció allí, ofreciendo ese punto de contacto mínimo, hasta que la respiración de ella se estabilizó del todo.

Cuando Camila retiró la mano, él no protestó.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó.

Ella negó con la cabeza casi de inmediato. Luego pareció arrepentirse de la honestidad de ese gesto, pero no lo corrigió.

—Quédate… un rato. En la silla. Por favor.

Dante asintió. Se levantó, tomó la silla del escritorio y la colocó cerca de la cama, lo bastante cerca como para que ella pudiera verlo, lo bastante lejos como para no invadir. Se sentó. Apoyó los codos en las rodillas y la miró en la penumbra.

—Duerme —dijo simplemente—. Yo me quedo despierto un rato más.

Camila se recostó otra vez, esta vez de cara a él. Los ojos se le cerraban de puro agotamiento, pero luchó un poco más.

—¿Por qué está haciendo esto? —volvió a preguntar, la voz ya adormilada—. De verdad. Podría tener cualquier mujer. Podría ignorarme. En cambio se queda velando como si… como si importara.

Dante tardó en responder. Cuando lo hizo, la honestidad en su tono fue casi más peligrosa que cualquier amenaza.

—Porque me importa.

Y porque la idea de que vuelvas a tener una pesadilla como esa sin que nadie esté cerca para sacarte de ella… me pone enfermo.

Duerme, Camila. Mañana seguiremos hablando. Hoy… solo duerme.

Ella lo miró un segundo más. Luego cerró los ojos.

Esta vez el sueño llegó más rápido. Más pesado. Y, aunque las pesadillas no desaparecieron del todo, cada vez que se removía o soltaba un quejido, la presencia silenciosa de Dante en la silla era suficiente para que el pánico no la tragara por completo.

Él permaneció despierto hasta que la respiración de ella se volvió profunda y constante. Solo entonces se permitió cerrar los ojos un momento, todavía sentado en esa silla, con el cuerpo inclinado hacia adelante y la certeza oscura instalada en el pecho:

Ya no se trataba solo de posesión.

Ya no se trataba solo de haber encontrado algo roto y haber decidido quedárselo.

Se trataba de que la idea de que alguien volviera a hacerla gritar de esa forma

le provocaba una rabia tan limpia y tan absoluta

que estaba dispuesto a quemar media ciudad con tal de evitarlo.

Y eso, para un hombre como Dante Rivas,

era mucho más peligroso

que cualquier obsesión simple.

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