Capítulo 9 Las grietas por donde entra la luz... y la oscuridad
La luz gris de la mañana se filtraba entre las cortinas cuando Camila abrió los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo no despertó de golpe, con el corazón desbocado y el cuerpo preparado para el golpe. Despertó despacio. El cuerpo le pesaba, sí, pero el pánico inmediato no estaba. Se giró un poco en la cama y vio que la silla junto a ella estaba vacía. Durante un segundo sintió un tirón extraño en el pecho. Luego escuchó el sonido de agua corriendo en el baño del salón y el leve aroma a café recién hecho.
Dante seguía ahí.
Se incorporó con cuidado. El dolor entre las piernas había disminuido a un malestar sordo gracias a los antiinflamatorios. Los moretones seguían visibles, pero ya no le latían con la misma intensidad. Se pasó una mano por el cabello y bajó de la cama. El camisón de seda le llegaba a mitad del muslo. Se quedó de pie un momento, indecisa, y al final caminó hacia el salón descalza.
Dante estaba junto a la barra americana, con el torso desnudo y un pantalón negro de chándal. El cabello lo tenía húmedo y revuelto. En la mesada había dos tazas de café y un plato con pan tostado y fruta. Cuando la escuchó llegar, se giró. Sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo con esa intensidad que ya le resultaba familiar, deteniéndose un segundo en las marcas de su cuello y de sus muñecas.
—Buenos días —dijo. La voz le salió más grave de lo normal, todavía cargada de la noche en vela—. ¿Cómo amaneciste?
Camila se cruzó de brazos, consciente de lo poco que la cubría y de lo mucho que él se notaba a gusto en su propia piel.
—Mejor. Gracias por… lo de anoche.
Dante asintió una sola vez. No restó importancia. Tampoco exageró.
—Siéntate. El café está caliente.
Ella obedeció. Se sentó en una de las sillas altas de la barra. Él le acercó la taza y se quedó de pie al otro lado, apoyado en el mármol, observándola mientras ella daba el primer sorbo. El silencio no era incómodo. Era denso. Cargado de todo lo que había pasado en la madrugada: el miedo de ella, la contención de él, el roce mínimo de los dedos.
—Anoche gritaste dos nombres —dijo Dante de pronto, con total naturalidad—. Héctor y Julián. Los repetiste varias veces.
Camila se tensó. Bajó la taza.
—Lo siento.
—No quiero que te disculpes. Quiero que me cuentes exactamente qué te hicieron. No los detalles que ya imagino. Los que duelen de verdad. Los que te persiguen cuando cierras los ojos.
Ella levantó la vista. Había una seriedad absoluta en el rostro de él. No era morbo. Era algo más oscuro y más peligroso: la necesidad de saber hasta dónde tenía que llegar para borrar a esos dos hombres de su vida.
—No sé si puedo… —empezó.
—Puedes. —Dante se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los antebrazos en la barra—. Y lo vas a hacer. Porque mientras yo no sepa el alcance exacto del daño, no puedo asegurarme de que no vuelva a ocurrir. Y yo necesito asegurármelo, Camila. Más de lo que tú crees.
Hubo un largo silencio. Camila miró el café. Luego miró las manos grandes de Dante sobre el mármol. Al final empezó a hablar. La voz le salió baja, casi monótona, como si estuviera contando la historia de otra persona.
Le habló de Héctor. De cómo empezó con empujones e insultos cuando ella tenía diecinueve y su madre empezó a trabajar turnos nocturnos. De cómo los empujones se convirtieron en bofetadas y las bofetadas en algo mucho peor. De las noches en las que él llegaba borracho y ella aprendía a quedarse quieta para que terminara más rápido. De la forma en que su madre miraba hacia otro lado.
Luego habló de Julián. De cómo Héctor se lo presentó como “un hombre que sabrá ponerte en tu lugar”. De las primeras semanas de aparente cariño. Del primer teléfono roto. De la cicatriz en la costilla. De las veces en que los dos hombres hablaban de ella como si fuera una cosa que se prestaban. De la última noche, apenas dos días atrás, cuando Héctor la había forzado otra vez y ella había decidido que prefería morir en la calle antes que quedarse.
Mientras hablaba, Dante no la interrumpió ni una sola vez. No apartó la mirada. La mandíbula se le fue tensando cada vez más, hasta que el músculo de su mejilla saltaba bajo la piel. Cuando Camila terminó, el silencio que siguió fue tan pesado que casi se podía tocar.
—Mírame —dijo él al fin.
Ella levantó la vista. Los ojos grises de Dante estaban casi negros.
—Ninguno de los dos vuelve a acercarse a ti. Ni para pedirte perdón. Ni para amenazarte. Ni para mirarte. Se acabó. —Su voz era baja, pero cada palabra caía con el peso de una sentencia—. Y si en algún momento del futuro alguien vuelve a hacerte sentir aunque sea una fracción de lo que ellos te hicieron… me lo dices. Aunque sea dentro de años. Me lo dices. ¿Quedó claro?
Camila asintió, incapaz de hablar. Había una parte de ella que quería creer esas palabras con todas sus fuerzas. Y había otra que todavía no sabía cómo aceptar que alguien pudiera enfurecerse tanto por lo que le habían hecho.
Dante se pasó una mano por la cara, como si necesitara recuperar el control. Luego rodeó la barra y se detuvo a un lado de su silla. Esta vez no se agachó. Solo extendió la mano y, con una lentitud que le daba tiempo a apartarse, le apartó un mechón de cabello de la cara. Sus dedos rozaron apenas la sien de ella.
—Tienes más fuerza de la que crees —murmuró—. La mayoría se hubiera quedado. Tú saliste bajo la lluvia con cuarenta y siete dólares y el cuerpo destrozado. Eso no lo hace cualquiera.
Camila sintió que la garganta se le cerraba.
—No me siento fuerte. Me siento… sucia. Rota. Cansada de tener miedo.
—Entonces descansa aquí hasta que dejes de sentirte así. —Sus dedos se retiraron despacio—. El tiempo que haga falta. Yo me encargo del resto.
Se apartó y volvió a su lado de la barra. Tomó su propia taza de café como si la conversación anterior no hubiera dejado el aire cargado de rabia y de algo más vulnerable.
—Hoy no voy a salir —anunció de pronto—. Tengo trabajo que puedo hacer desde aquí. Y prefiero estar cerca por si vuelves a tener pesadillas a plena luz del día.
Camila lo miró, sorprendida.
—No tiene que…
—No es una negociación. —Lo interrumpió sin dureza—. Es una decisión. Tú descansas. Yo trabajo en el escritorio del salón. La puerta sigue abierta. Si necesitas algo, hablas. Si quieres estar sola, también lo dices. Pero no me voy.
Ella bajó la mirada a su taza. Un calor extraño y peligroso se le instaló en el pecho. No era gratitud exacta. Era algo más complicado. La sensación de que, por primera vez, alguien había escuchado la versión completa de su infierno y no había aprovechado para romperla un poco más. Alguien se había enfurecido por ella. Alguien se había quedado.
—Está bien —susurró.
Dante asintió. Terminó su café, dejó la taza en el fregadero y se dirigió al escritorio del salón. Antes de sentarse, se giró una última vez.
—Camila.
Ella levantó la vista.
—Anoche, cuando me pediste que me quedara en la silla… fue la primera vez que me pediste algo. —Sus ojos se suavizaron apenas—. La próxima vez que necesites algo, aunque sea que me vaya o que me acerque… dímelo. Estoy aprendiendo a leerte. Pero todavía no soy un puto adivino.
Se sentó. Abrió el ordenador. Empezó a trabajar.
Camila se quedó en la barra un rato más, terminando el café frío y escuchando el tecleo constante de Dante al otro lado de la habitación. Por primera vez desde que había entrado en esa suite, el silencio no le pesaba. Estaba lleno de otra presencia. Una presencia peligrosa, posesiva y profundamente imperfecta.
Pero una presencia que, al menos por ahora,
había decidido quedarse
exactamente donde ella pudiera verla.
Y eso, para alguien que había pasado años esperando que las puertas se abrieran en la oscuridad,
era un cambio tan grande
que todavía no sabía cómo nombrarlo.
