Capítulo 4 El reencuentro: diez años después p2

Narrador Omnisciente

El mercado de saldos. Dios, eres un monstruo Cole Livingston— pensó Abigaíl, apretando los dientes por dentro sin demostrar nada por fuera—. Pero yo seré tú monstruo ahora. Ya lo verás...

—Oh, tengo varias candidatas, señor Livingston —respondió ella, forzando una sonrisa profesional. —De hecho, tengo una lista muy específica de mujeres que… encajarían perfectamente en su perfil. Mujeres que entienden el valor de una buena transacción como usted requiere, señor Livingston.

Mujeres que te harán la vida imposible, Cole. Mujeres que te harán pagar cada lágrima que derramé, prometió Abigail para sus adentros, mientras abría la carpeta que había traído consigo. No lo cuentes dos veces, porque esta es la única vez que tendrás la oportunidad de caer en mi trampa.

Cole la observó abrir la carpeta, su mirada fija en ella, sin rastro de reconocimiento. —Bueno, señorita Smith. Muéstreme lo que tiene. Convénzame de que no estoy perdiendo mi tiempo con usted.

Abigail le tendió el primer dossier. —Esta es la señorita Eleanor Macmillan. Es… muy manejable.

Cole tomó el dossier de Eleanor Macmillan, pero no lo abrió de inmediato. En su lugar, dejó que sus dedos rozaran el papel mientras mantenía su mirada fija en Abigail. La tensión en la oficina era casi palpable, una mezcla de perfume caro, aire acondicionado y el peso de una década de secretos.

—Eleanor Macmillan —repitió él, saboreando el nombre con la frialdad de quien prueba un vino que ya sabe que va a rechazar—. La hija del magnate de los hoteles. Es rubia, educada en Suiza y tiene la profundidad emocional de un charco de agua.

¿Esa es su mejor opción, señorita Smith?

Si supieras que te he elegido exactamente por eso— pensó Abigail, manteniendo la espalda recta contra el respaldo de la silla—. Porque Eleanor te ignorará tanto como tú ignoras al resto del mundo.

—Es lo que usted pidió, señor Livingston en su memorando—respondió ella, cruzando las piernas con elegancia y una tranquilidad que ponía los pelos de punta a Cole. El roce de la seda de su camisa masculina contra su piel le recordaba que ahora ella tenía el control de la narrativa y se iba a aprovechar de eso—. Es una mujer que entiende el protocolo. No le dará problemas, no le pedirá afecto y, lo más importante, se verá impecable en la portada de Forbes a su lado.

Cole soltó una risa seca, un sonido bajo que vibró en el pecho de Abigail. Se puso de pie y caminó hacia el mueble bar oculto en la pared, sirviéndose un whisky sin preguntar.

—Usted es muy eficiente, Abigail. ¿Puedo llamarla Abigail? —No esperó respuesta—. Me sorprende que alguien con su… perspicacia… no haya intentado postularse a sí misma. Tiene el porte, tiene la inteligencia y, por lo que veo, entiende mis necesidades mejor que mi propia junta directiva.

Abigail sintió que el aire se le escapaba por un segundo. El corazón le martilleó contra las costillas. ¿Me está probando? ¿O es que su arrogancia es tan grande que ni siquiera considera que yo podría ser la chica que ayudó a destruir?

—Soy una profesional, señor Livingston —dijo ella, recuperando el tono gélido—. Mi trabajo es encontrarle una esposa, no ser una de ellas. Además… dudo mucho que yo sea su “tipo”.

Cole se detuvo con el vaso en la mano, dándose la vuelta para observarla de nuevo. Sus ojos negros recorrieron las curvas de Abigail, acentuadas por el corte de los pantaloń.nes palazzo, y se detuvieron en la forma en que la camisa de hombre se ajustaba a su cuello. Una chispa de algo indescifrable —quizás curiosidad, quizás deseo reprimido— cruzó su mirada.

—Se equivoca —dijo él, dando un paso hacia ella, acortando la distancia profesional—. Mi tipo es cualquier persona que me sea útil. Y usted, señorita Smith, me está resultando extremadamente útil.

Útil. Como un objeto. Como una herramienta, pensó ella con amargura. Diez años y no has cambiado nada, maldito pendejo. Pero qué me podría esperar de tí.

Abigail se levantó, recogiendo su bolso y los dossiers sobrantes con movimientos precisos. No iba a permitir que él la intimidara en su propio terreno de juego.

—Le dejaré el perfil de la candidata. Revíselo esta noche —dijo ella, caminando hacia la puerta. Al llegar al umbral, se detuvo y lo miró por encima del hombro—. Y un consejo gratuito, Cole: no subestime a las personas que cree tener bajo control. A veces, las piezas del tablero tienen sus propios planes.

Salió de la oficina sin mirar atrás, con los tacones resonando contra el mármol del pasillo. Solo cuando las puertas del ascensor se cerraron, Abigail se permitió exhalar. Le temblaban las manos.

Él no me recuerda. Ni siquiera un destello de duda— se dijo a sí misma, mirando su reflejo en el metal del ascensor—. Perfecto. Eso hará que su caída sea mucho más satisfactoria.

Mientras tanto, en el piso cuarenta y dos, Cole Livingston permanecía de pie junto al ventanal, observando el tráfico de la ciudad. No miró los dossiers de las candidatas. En su mente, seguía repitiendo la imagen de Abigail Smith saliendo de su oficina. Había algo en su forma de desafiarlo, algo en la frialdad de sus ojos azules, que le

resultaba irritantemente familiar.

—Smith… —susurró para sí mismo, dejando el vaso vacío sobre el escritorio—. ¿De dónde diabloste conozco?

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