Capítulo 5 La heredera maleable
Y llegó el gran día...
El escenario para la primera cita fue el restaurante más exclusivo de Manhattan, en el Skyline. Un lugar donde las mesas estaban tan separadas que los secretos se mantenían a salvo, pero las miradas de los comensales pesaban como el plomo. Abigail había llegado una hora antes para coordinar cada detalle: las flores debían ser blancas —neutrales, para no obligar al compromiso—, el vino debía ser un Chateau Margaux y, lo más importante, ella estaría sentada en la mesa de la esquina, fingiendo revisar informes mientras escuchaba todo a través de un discreto auricular.
Eleanor McMillan llegó puntual, luciendo un vestido de Gucci que gritaba heredera millonaria y sumisa que convencería a cualquiera. Era perfecta, robótica y hermosa.
Diez minutos después, entró Cole.
Abigail lo observó por encima de su tablet. Él no vestía su típico traje de oficina, sino un blazer azul marino de corte italiano y una camisa de lino abierta en el cuello. Se veía menos como un CEO y más como el hombre que le robó el aliento en la universidad.
—Recuerda el guion, Eleanor —susurró Abigail por el micrófono oculto en el pendiente de la candidata—. No hables de sentimientos. Habla de la fusión de las empresas de tu padre. A él le encantan los activos, no las anécdotas.
—Lo tengo controlado, Abby —murmuró Eleanor antes de que Cole llegara a la mesa.
Abigail observó la interacción. Cole saludó a Eleanor con una cortesía mecánica, pero sus ojos negros no tenían ese brillo de interés que Abigail recordaba.
¿Se habría equivocado en la primera elección?
—Te ves radiante, Eleanor —dijo Cole, aunque su tono era tan plano como una hoja de papel en blanco—. Me alegra que la señorita Smith haya insistido en este encuentro. Parece estar muy convencida de que somos… compatibles.
—Nuestros imperios lo son, Cole —respondió Eleanor siguiendo las instrucciones de Abigail—. Una unión entre Livingston Inc. Y el Grupo McMillan estabilizaría los mercados antes del cierre del trimestre.
Cole asintió, pero Abigail notó un tic casi imperceptible en su mandíbula. Él tomó su copa de vino, pero en lugar de mirar a su cita, su mirada empezó a vagar por el restaurante. Abigail bajó la cabeza, ocultándose tras su tableta.
¿Qué estás buscando, Cole?— pensó ella, sintiendo un escalofrío—. Concéntrate en la muñeca de porcelana que tienes enfrente.
—Dime algo, Eleanor —soltó Cole de repente, interrumpiendo un monólogo sobre acciones preferentes y números—. ¿De verdad crees en este circo? ¿O simplemente estás haciendo lo que Abigail te dijo que hicieras?
Eleanor se quedó helada. Abigail, desde su esquina, sintió que el mundo se detenía.
—Yo… no entiendo la pregunta —tartamudeó la rubia.
Cole se inclinó hacia adelante, ignorando su plato.
—Creo que Abigail Smith tiene un ojo clínico para la perfección. Te ha vestido, te ha peinado y te ha dado un libreto. Pero lo que ella no entiende es que yo no busco una socia que me dé la razón. Busco a alguien que tenga el valor de llevarme la contraria.
Abigail apretó la tablet con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Maldito seas, Cole. Siempre tienes que romper las reglas.
De pronto, Cole se puso de pie. No miró a Eleanor. Se giró directamente hacia la esquina oscura donde Abigail intentaba pasar desapercibida.
—Señorita Smith —dijo él en voz alta, haciendo que varias cabezas se giraran—. Sé que estás escuchando. Deja de esconderte tras esos informes y ven aquí. Esta cita es un fracaso absoluto, y creo que tú eres la única que puede explicarme por qué elegiste a alguien tan aburrida para mí.
Mierda...—pensó Abigail, cerrando los ojos un segundo. Se puso de pie, ajustándose su camisa de seda azul marino y sus pantalones palazzo negros. Caminó hacia la mesa con la frente en alto, sintiendo el calor de la mirada de Cole tras de ella recorriéndola como si fuera un incendio forestal.
—Señor Livingston —dijo ella, llegando a la mesa con una calma glacial y volteándose para encararlo—, Eleanor es la candidata más lógica según su propio perfil de “transacción”. Si se siente aburrido, quizás el problema no sea la candidata, sino su incapacidad para apreciar la eficiencia.
Cole soltó una carcajada ronca, una que Abigail no había escuchado en diez años. Era una risa de auténtico desafío.
—La eficiencia es para las máquinas, Abigail. Yo soy un hombre de instintos. —Se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal—. Y mi instinto me dice que tú te estás divirtiendo mucho más planeando mi vida que yo viviéndola.
Abigail sostuvo su mirada. Los ojos negros de Cole estaban fijos en los azules de ella, y por un momento, la máscara de “casamentera profesional” estuvo a punto de romperse.
Abigail sintió el calor de la cercanía de Cole, pero no retrocedió. Sabía que si cedía un solo centímetro, él ganaría. En lugar de eso, soltó una risa seca y profesional, una que cortó la tensión sexual del momento como un bisturí.
—¿Instintos, Cole? —dijo ella, usando su nombre de pila por primera vez con un tono cargado de sarcasmo—. Si te dejaras llevar por tus instintos, Livingston Inc. Habría quebrado hace tres años cuando intentaste aquella expansión agresiva en Asia. No estás aquí por instinto; estás aquí porque necesitas un contrato matrimonial que calme a tus inversores.
Cole entrecerró los ojos, sorprendido por el golpe bajo a su historial financiero. Abigail aprovechó ese segundo de duda y se giró hacia Eleanor con una sonrisa reconfortante.
—Eleanor, lamento la grosería del señor Livingston. A veces olvida que no está en una sala de juntas negociando con proveedores —dijo Abigail, colocando una mano suave sobre el hombro de la candidata—. Cole, Eleanor no es “aburrida”; es el tipo de estabilidad que tu empresa necesita para que tú puedas seguir jugando a ser el lobo de Wall Street. Si lo que buscas es entretenimiento, te sugiero que vayas a un club de comedia, no a una cena de compromiso.
Eleanor, recuperando un poco de compostura, asintió con rigidez. Cole se quedó en silencio, observando la audacia de Abigail.
—Tienes razón, Abigail. Siempre tan… pragmática —respondió él, aunque su mirada seguía fija en ella, ignorando por completo a la mujer que tenía enfrente—. Me disculpo, Eleanor. Sigamos con la cena. Cuéntame más sobre ese plan de expansión de tu padre.
Abigail dio un paso atrás, sintiendo cómo el aire regresaba a sus pulmones.
—Estaré en mi mesa si me necesitan para mediar —sentenció ella antes de retirarse.
Esa fue una salida por los pelos, pensó mientras se sentaba de nuevo, con el corazón martilleando contra sus costillas. Observó desde lejos cómo Cole intentaba, con un esfuerzo visible, prestar atención a Eleanor, aunque de vez en cuando su mirada negra se desviaba hacia la esquina donde Abigail se ocultaba.
Diez años después y sigue siendo el mismo ególatra, se dijo Abigail, apretando su tableta. Cree que puede romper el guion cuando quiera. Pero no sabe que yo escribí el final de esta historia hace mucho tiempo.
