Capítulo 6 ¿Es él?
La cena terminó dos horas después. Cole despidió a Eleanor con un beso cortés en la mano y esperó a que el coche de la heredera se alejara antes de dirigirse a Abigail, quien ya estaba en la acera esperando su propio transporte.
—Ha sido una tortura, Abigail —dijo él, apareciendo a su espalda. El viento frío de la noche agitaba su cabello negro—. Espero que la próxima candidata tenga un poco más de… fuego. O al menos que no recite informes anuales entre el primer y segundo plato.
Abigail se giró, envuelta en su abrigo largo que cubría sus pantalones palazzo.
—La próxima candidata es exactamente lo que pediste en tu formulario: alguien de buena familia y sin escándalos. Si quieres fuego, Cole, cómprate una chimenea. Mi trabajo es salvar tu imperio, no entretenerte.
—¿Ah, sí? —Cole dio un paso hacia ella, acorralándola contra la barandilla de la acera. La luz de las farolas hacía brillar sus ojos negros con una intensidad peligrosa—. ¿Y qué pasa si decido que la casamentera es mucho más interesante que cualquiera de sus candidatas?
Abigail sintió un nudo en la garganta. Cuidado, Cole. Estás jugando con fuego y no sabes que yo soy el incendio. Pensó la rubia.
—Entonces —respondió ella con voz de acero—, tendrías que pagarme una tarifa de cancelación que ni siquiera tú puedes permitirte. Buenas noches, señor Livingston.
Se subió al taxi que acababa de llegar, dejando a Cole solo en la acera, observando cómo las luces traseras del coche desaparecían entre el tráfico de Manhattan. Él se quedó allí, con una mano en el bolsillo de su traje italiano, sintiendo una extraña inquietud.
Abigail Smith. Rubia, ojos azules, lengua de plata… ¿Por qué siento que cada vez que me mira, me está juzgando por un crimen que no recuerdo haber cometido?
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Abigail cerró la puerta de su apartamento y se dejó caer contra la madera, exhalando un suspiro que parecía haber contenido durante toda la cena. Se deshizo de sus tacones y caminó descalza sobre la alfombra, frotándose las sienes. El silencio de su hogar era el único refugio contra la mirada penetrante de Cole.
Pero el silencio duró poco. Exactamente treinta minutos.
El timbre sonó con una violencia rítmica que solo una persona en el mundo podía ejecutar. Abigail abrió y, antes de que pudiera pronunciar palabra, un torbellino de perfume caro y seda la apartó de un empujón.
—¡Es un imbécil! ¡Un arrogante, ególatra y absoluto pedazo de hielo! —gritó Eleanor, arrojando su bolso Hermes sobre el sofá de Abigail. Su fachada de heredera perfecta se había desmoronado, revelando a la mujer impulsiva que era en realidad—. ¡Abby, me prometiste que esto sería una transacción limpia! ¡No me dijiste que tendría que cenar con un robot que me miraba como si fuera un activo depreciado!
—Eleanor, cálmate —pidió Abigail, cerrando la puerta con llave—. Sabías que Cole Livingston no era un hombre fácil. Por eso te elegí a ti, porque eres la única con la piel lo suficientemente gruesa para aguantarlo.
—¡Aguantarlo es poco! Me hizo sentir como una idiota frente a todo el restaurante cuando te llamó a la mesa —Eleanor se detuvo en seco, girándose para mirar a su mejor amiga. Sus ojos se entrecerraron, analizando la palidez en el rostro de Abigail y la forma en que evitaba su mirada—. Espera un segundo.
Abigail caminó hacia la cocina para servirse un vaso de agua, intentando ignorar el escrutinio de su amiga.
—Esa forma en que te miraba… —continuó Eleanor, siguiéndola—. Y la forma en que tú te ponías rígida cada vez que él abría la boca. No era solo tensión profesional, Abby. Había algo más. Algo personal.
—No digas tonterías, Eleanor. Es mi cliente más importante, es normal que esté nerviosa. Sabes que si lo pierdo, pierdo todo.
Eleanor se cruzó de brazos, apoyándose en la encimera. Su expresión cambió de la indignación a una claridad repentina que hizo que a Abigail se le helara la sangre.
—¿Es el idiota que te hizo lo que te hizo? —soltó Eleanor sin anestesia.
—¿Qué? ¡Claro que no! —respondió Abigail demasiado rápido, el vaso de agua temblando ligeramente en su mano.
—Abby, no me mientas en la cara. Te conozco hace ocho años, he recogido tus pedazos cada vez que una pesadilla te despertaba y estoy más que segura de que ese hielo andante es el imbécil que te cagó la vida en la universidad.
Abigail guardó silencio, apretando el vaso con tanta fuerza que sus nudillos perdieron el color. El apartamento, que antes se sentía seguro, ahora parecía demasiado pequeño para ocultar la verdad.
—Él no me reconoce, Nora —susurró Abigail finalmente, dejando el vaso sobre el mármol—. Para él, soy solo “la señorita Smith”. Una herramienta eficiente para conseguirle una esposa. Ni siquiera recuerda mi nombre completo.
Eleanor dejó escapar un jadeo indignado y se acercó para tomar las manos de su amiga.
—¿Y pretendes seguir con esto? ¿Pretendes buscarle la mujer perfecta al hombre que te destruyó? Abby, esto es masoquismo, incluso para tus estándares de “venganza profesional”.
Abigail levantó la barbilla, y sus ojos azules brillaron con una determinación oscura que Eleanor rara vez veía.
—No es masoquismo, Nora. Es justicia. Él necesita una esposa para mantener su imperio. Yo le daré exactamente lo que pidió, pero me aseguraré de que cada día de su matrimonio sea un recordatorio de lo que sucede cuando tratas a las personas como objetos. Voy a estar en cada reunión, en cada gala, bajo su nariz… y cuando finalmente sepa quién soy, ya será demasiado tarde para salvarse.
Eleanor la observó con una mezcla de temor y admiración. —Estás loca. Sabes que si él empieza a atar cabos, te va a destruir de nuevo, ¿verdad?
—Esta vez no soy una chica asustada en una biblioteca, Nora —sentenció Abigail—. Esta vez, yo tengo todo bajo control.
Eleanor soltó una carcajada que resonó en las paredes del moderno apartamento de Abigail. El miedo en sus ojos se transformó en una chispa de pura malicia.
—Si vamos a hundir al “Elso de Frozen”, no podemos hacerlo con alguien tan predecible como yo —dijo Eleanor, sirviéndose una copa del vino que Abigail tenía en la encimera—. Necesitas un caballo de Troya, Abby. Y yo tengo a la candidata perfecta.
Abigail enarcó una ceja, intrigada. —¿De quién hablas?
—Vamos con Salma O’Shea —soltó Eleanor con una sonrisa lobuna—. La heredera de la naviera más importante de Dublín. Su familia mueve la mitad del comercio del Atlántico, así que a nivel de “transacción”, Cole Livingston babeará por sus activos.
