Capítulo 4 ¿Qué fue eso?
Gage supo que la había cagado en el segundo en que la tocó. Había sido inocente, un simple roce al estirar el brazo alrededor de ella. Entonces su cadera encajó justo en su mano. La confusión que le había llenado los ojos ante su cercanía se apagó, sofocada por la conciencia. Su respiración se volvió superficial.
No debió haberla provocado. No debió haber pisado una línea que él mismo había trazado en su relación años atrás. No había podido evitarlo. Su piel había sido tan suave y tibia bajo su mano. Su respuesta a él, tan dulce. Tan inmediata.
—Uf. ¡Oye! —protestó cuando su puñito le dio un golpe en los abdominales. Lo bastante fuerte como para que sonara más molesto que juguetón—. Violenta. —Se rio entre dientes, moviéndose para llenar su taza con café. Mierda. Su cuerpo estaba duro. Ardiendo por ella.
Cia llamó a Nicky desde la otra habitación. Ella le lanzó otra mirada desconfiada antes de alejarse. Gage no pudo evitarlo. Inclinando la cabeza, la vio irse. Disfrutando la expresión irritada tanto como la excitada. Pudo sentir los ojos de Brad sobre él incluso antes de mirar en su dirección. Tenía una ceja levantada, los ojos verdes muy abiertos por la sorpresa divertida.
—Ya lo sé, joder, ya lo sé —gruñó Gage, frotándose la nuca con vergüenza.
—Amigo. ¿Qué carajos? —Brad se rio. Un ladrido corto de asombro—. ¿Acabas de decidir que no te gusta tu carrera? ¿O, ya sabes, respirar? —preguntó.
—¡No! —lo negó Gage, frunciendo el ceño hacia él. Se presionó las yemas de los dedos contra las cuencas de los ojos, gimiendo de frustración.
Se le había olvidado. Por un instante, que el papá de Nicky tenía un enorme control sobre su carrera. Si el entrenador Steve Wilder se enteraba de que Gage estaba metiéndose con su hija, como mínimo lo transferirían. Y la mutilación y la muerte también tenían altas probabilidades. No era solo su carrera. Los Wilder eran su familia. Gage no había empezado la vida con un hogar estable.
Había sido Steve quien se aseguraba de que Gage entregara la tarea. Steve quien lo había metido al hockey para mantenerlo fuera de problemas. Steve era a quien Gage se partía el lomo por enorgullecer. A quien más quería complacer.
Nancy Wilder se había asegurado de que comiera bien. De que su ropa estuviera limpia y le quedara. Le hacía galletas y lonches para llevar. Se desvivía por él cuando se arregló para el baile de graduación. Ella fue quien lo reclamó como suyo.
Brad era su hermano. Su mejor amigo. A quien le contaba todo. El que lo conocía mejor. Si se metía en problemas, era con Brad. Se molestaban sin piedad. Peleaban y se perdonaban en la misma frase. Brad era su compañero hasta el final.
Nicky era su apoyo incondicional. Su porrista, la que no le aguantaba ninguna de sus tonterías. Lo ponía en su lugar con una franqueza que siempre lo hacía recomponerse y esforzarse más. Lo mantenía honesto. Era una constante.
Los Wilder eran su familia. Nicky era la menor. La bebé de Steve. Su princesa. Su luz. Steve confiaba en Gage tan plenamente como confiaba en Brad. No se arriesgaría a perder todo lo que amaba por un revolcón entre las sábanas. Por muy bueno que estuviera seguro de que sería.
Nicolette Wilder siempre había sido y siempre sería intocable.
—Estoy jodidísimo —Gage se metió las manos en el cabello.
—Estás bien, hermano —lo tranquilizó Brad, dándole una palmada en el hombro—. No sé, ve a coger o algo. Llámale a Amber. Ella siempre se apunta. —Sonrió con malicia, disfrutando el tormento de Gage.
—Sí, gracias, hermano —Gage puso los ojos en blanco.
—Cuando quieras —respondió Brad por encima del hombro mientras se alejaba con paso despreocupado de la habitación.
Gage no iba a, no podía, romper la confianza que Steve tenía en él.
¿Qué carajos fue eso?
Una mezcla de emociones se arremolinaba en Nicky mientras caminaba con Cia y Remy hacia la escuela. Siempre se habían atraído mutuamente. Las dos lo sabían. Por algún acuerdo tácito, habían decidido ignorarlo. En su lugar, habían construido una relación con límites cuidadosamente trazados.
Eran amigas. Mejores amigas. Hablaban de todo. El contacto físico era cálido, juguetón, coqueto. Pero eso… eso había sido descarado y crudo. Profundo y al borde de perder el control. Completamente distinto. Absolutamente peligroso.
Nicky quería más.
La escuela estaba viva: caótica y ruidosa, golpeándoles con fuerza los cerebros ya maltratados. Nicky y Cia compartieron una mirada de dolor y se enlazaron del brazo. Remy se pavoneó delante de ellas como si estuviera en una pasarela en plena semana de la moda, repartiendo sonrisas y saludos a sus amigos conforme pasaban.
—Señor C, ella es mi tía Nic —Remy le sonrió radiante a su maestro cuando llegaron hasta él, con los ojos brillándole con un secreto—. ¿A que es bonita?
—Guau —murmuró Nicky con sequedad.
Cia soltó un resoplido, escondiendo la risa detrás de una tos.
—Hola, Brian —dijo Cia, apretándose los labios entre los dientes para contener la sonrisa.
Brian dejó que su mirada recorriera a Nicky de arriba abajo antes de hablar.
—Señoritas —dijo Brian, aclarándose la garganta.
Era lindo. En un sentido de osito de peluche.
—Mucho gusto —sonrió Nicky, resistiendo el impulso de poner los ojos en blanco.
—¡Oh! ¡Ahí está Adam! ¡Adiós, mamá! ¡Adiós, tía Nic! —gritó Remy, saliendo disparada hacia el mar de cuerpecitos.
—Yyyy ya se fue —se burló Cia, enlazando el brazo de Nicky y tirando de ella para dar la vuelta e irse—. Nos vemos luego, Brian —llamó por encima del hombro mientras se alejaban.
—Mucho gusto, Nic —les gritó Brian.
Nicky alzó una mano en el aire a modo de saludo, sin voltearse.
—Vaya pequeña casamentera calculadora la que has creado —dijo Nicky con ironía, dándole un golpe juguetón a Cia con la cadera.
Cia sopló sobre sus uñas y se las pasó por el hombro en una muestra engreída de orgullo.
—Sería un buen rebote después de Jeremy —dijo Cia, pensativa—. Es dulce. Lo intimidan niños pequeños, así que ya sabes que tiene la paciencia de un maldito santo.
El trauma era una cosa curiosa. No era una constante en su mente. Iba y venía cuando se le daba la gana, cuando menos lo esperaba. La falta de aire al oler a alguien con su misma colonia. El corazón acelerándose porque un hombre cualquiera se reía en el centro comercial. Las palmas sudándole sin explicación. Un zumbido en los oídos, una presión invisible empujándola a correr. A alejarse. A escapar. Las pesadillas eran lo peor. Esos momentos en que su mente adornaba lo que de verdad había pasado. Los sueños en los que no lograba huir. Las posibilidades.
—Aunque, claro, no es Gage —dijo Cia, con un tono cargado de apreciación femenina—. Ese hombre es como sexo caliente en un palo.
—¡Cia! —exclamó Nicky, horrorizada y divertida a la vez.
—¿Qué? El tipo está jodidamente guapo. Esa sonrisa que te deja las bragas en el suelo. Ya sabes cuál. Apenas se le levanta una comisura y ladea la cabeza con esa expresión inocente. Pero sus ojos… son intensos y se ríen al mismo tiempo —dijo Cia, soltando un ronroneo grave en la garganta.
—Guau. ¿Y qué diría Brad? —la molestó Nicky, mirándola con una sonrisa divertida.
—Por favor, todavía no me ha puesto un anillo —soltó Cia con descaro mientras cruzaban el jardín delantero—. Lo veo clarito. Tú estás buena. Él está bueno. Ustedes dos ya se ven bien juntos. ¿Por qué no agregarle unas travesuras calientes y sudorosas? —preguntó Cia, bajando la cabeza y la voz con insinuación.
Ayer Nicky quizá habría tenido la respuesta. ¿Hoy? Hoy simplemente no lo sabía.
