Capítulo 2 Capitulo 2

Me miré otra vez en el espejo del ropero. La blusa negra se pegaba a los pechos y después caía sobre el vientre sin esconderlo del todo. Los jeans me marcaban los muslos. El pelo lo llevaba suelto, intentando que cubriera un poco el cuello. No había maquillaje que pudiera arreglar lo que yo era. Solo había decisión.

Saqué el teléfono. El mensaje de Ethan seguía ahí, sin respuesta. Escribí tres palabras y las borré. Escribí otras. Al final solo mandé:

Voy.

La respuesta llegó en menos de un minuto.

Te espero. Entra por la puerta de atrás. Habrá menos gente.

Menos gente. Qué conveniente.

Salí de la residencia cuando ya era de noche. El aire de septiembre olía a hojas secas y a la humedad del río que pasaba detrás del campus. Caminé por el sendero que rodeaba el campo de hockey. Las luces de la casa de los seniors del equipo se veían desde lejos, amarillas y ruidosas. Música baja. Voces. Risas que ya conocía demasiado bien.

Me detuve bajo el árbol grande que había junto al estacionamiento. Desde allí podía ver la puerta de atrás. Ethan estaba solo, apoyado contra el marco, mirando el móvil. Llevaba una camiseta negra que le marcaba los hombros y el pecho. Cuando levantó la vista y me vio, sonrió. Esa sonrisa privada. La misma de la biblioteca. La misma que me había tocado los dedos en el pasillo.

Caminé hacia él. Cada paso me pesaba más.

—Llegaste —dijo en voz baja. Me abrió la puerta y me dejó pasar primero. El pasillo de atrás olía a cerveza y a colonia cara. No había nadie. Solo nosotros dos y el ruido lejano de la sala principal.

—Pensé que no vendrías —añadió. Me miró de arriba abajo. No con asco. Con algo que parecía interés. O al menos eso quise creer.

—Dijiste que había un sitio para mí.

—Lo hay. Sígueme.

Me llevó por un pasillo estrecho hasta una habitación pequeña al final. Había un sofá viejo, una lámpara baja y una mesa con dos vasos. Cerró la puerta a su espalda. El ruido de la fiesta quedó amortiguado.

—Aquí nadie nos molesta —susurró. Se acercó. Demasiado. El olor a su piel me subió a la cabeza. —Llevo semanas queriendo hablarte sin que haya veinte personas alrededor.

Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que él podía oírlo.

—¿Hablarme de qué?

Ethan pasó la lengua por el labio inferior. Me miró a los ojos con una intensidad que me dejó sin aire.

—De que cuando estás cerca siento algo que no siento con las demás. De que me gusta cómo me miras. Como si yo no fuera solo el capitán del equipo. Como si fuera… real.

Me tocó el brazo. Solo el brazo. Sus dedos calientes contra mi piel.

—Julissa. Si te digo que a veces pienso en ti cuando estoy solo, ¿me crees?

Quise decir que sí. Quise inclinarme hacia adelante y besar esa boca que tantas noches había imaginado. Pero las palabras que había escuchado detrás del edificio de Biología seguían ahí, clavadas.

—Esta tarde te oí —dije. La voz me salió más firme de lo que esperaba—. Te oí con Tyler. Hablando de la silla especial. De la cámara. De la cara que iba a poner cuando me diera cuenta.

La sonrisa de Ethan no desapareció del todo. Solo se volvió más lenta. Más calculada.

—Eso era broma de vestuario. Ya sabes cómo son. Si no hablo como ellos, empiezan a preguntar demasiado.

—¿Y la invitación? ¿También era broma?

Se quedó callado un segundo. Después se acercó todavía más. Su pecho casi rozaba el mío.

—Venir aquí no es broma. Estar a solas contigo no es broma. Lo demás… lo demás lo arreglo. Confía en mí esta noche. Solo esta noche.

Me tomó la mano. La levantó y la apoyó contra su pecho. Sentí el latido rápido bajo la tela.

—Si te quedas, te demuestro que no soy como crees.

La puerta se abrió de golpe.

Tyler entró primero, seguido de otros tres del equipo. La luz del pasillo los iluminó desde atrás. Ethan soltó mi mano como si quemara. Dio un paso atrás. La expresión de su cara cambió en menos de un segundo. De íntima a divertida. De cercana a cruel.

—Miren quién apareció —dijo en voz alta, para que todos escucharan—. La invitada especial.

Las risas llenaron la habitación pequeña. Alguien silbó. Otro sacó el teléfono y empezó a grabar.

Tyler señaló el sofá.

—Ahí está tu trono, ballena. Lo reforzamos esta tarde por si acaso.

Ethan no dijo nada para detenerme. No me miró con disculpa. Solo se rió con ellos, esa risa abierta y fácil que usaba delante de todo el mundo.

Me quedé congelada en el centro de la habitación. El sofá viejo. La cámara del teléfono apuntándome. Las caras de los chicos esperando que hiciera algo. Que llorara. Que corriera. Que les diera el espectáculo que habían planeado.

Ethan se acercó otra vez. Esta vez no en secreto. Esta vez con la sonrisa de capitán de equipo.

—Vamos, Julissa. Siéntate. Te prometí un sitio solo para ti.

Le miré a los ojos. Busqué cualquier resto de la persona que me había tocado el brazo hace dos minutos. No había nada. Solo el brillo de quien sabe que tiene al público de su lado.

El teléfono de Tyler seguía grabando. Alguien más se unió. La música de la sala principal subió de volumen. Más gente empezó a asomarse por la puerta, atraída por las risas.

Yo seguía de pie. Las piernas me temblaban. El pecho me dolía. Y en medio de todo eso, una sola pregunta se me clavó con más fuerza que cualquier insulto:

¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar por el mismo chico que ahora me ofrecía el sofá de la humillación con una sonrisa?

Ethan extendió la mano hacia mí, como si fuera a ayudarme a sentarme.

—Confía en mí —repitió, esta vez para que todos lo oyeran—. Esta noche va a ser inolvidablesperaba por primera vez desde que lo conocí, le creí.

Solo que ya no de la forma en que él esperaba.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo