
No soy tu juguete
Karencita Quinde · En curso · 98.3k Palabras
Introducción
Ethan Cole, capitán del equipo de hockey, le susurraba palabras dulces cuando nadie miraba. Le hacía creer que, a solas, ella importaba.
Hasta que una noche la invitó a su fiesta… y la convirtió en el espectáculo más cruel de la universidad.
Rotas las esperanzas y el corazón, Julissa solo quería desaparecer.
Entonces apareció Caín.
El chico nuevo. Problemático. Metido en peleas clandestinas. Con antecedentes que asustaban a cualquiera. Hijo del hombre más rico del país… y completamente solo.
Nadie se le acercaba. Excepto ella.
Cuando el resto del campus se reía de Julissa, Caín la defendió.
Cuando Ethan intentó volver a jugar con ella, Caín se interpuso.
Y cuando el peligro real llegó a su puerta, fue él quien se quedó.
Ahora Julissa tiene que decidir... ¿Seguir siendo el juguete de un chico que solo la usó… o arriesgarse con el único que la miró de verdad, aunque ese amor pueda destruirla?
Porque Caín no es un salvador perfecto.
Es peligroso.
Y ella ya no es la misma chica que se dejaba humillar.
Él me rompió.
Él me protegió.
Yo elegí no ser el juguete de nadie.
Capítulo 1
Me desperté con el mismo peso de siempre en el pecho. No era el de las sábanas ni el del colchón barato de la residencia universitaria. Era otro tipo de peso. El que no se iba aunque me levantara, aunque me duchara con agua fría o aunque me pusiera la ropa más ancha que encontraba.
Soy Julissa Vargas, tengo diecinueve años y curso el primer año de Literatura en la Universidad Northridge. Peso ciento veinte kilos de carne que nadie quiere ver y que todos sienten el derecho a comentar.
Bajé las escaleras del edificio de residencias evitando el espejo del rellano. Ya sabía lo que iba a reflejar: mejillas redondas, doble mentón que intentaba esconder con el cuello de la sudadera, pechos pesados que se movían aunque no quisiera, vientre que empujaba la tela hacia adelante, muslos que rozaban al caminar. Lo sabía de memoria. Lo odiaba de memoria.
En el comedor de la residencia el olor a pan tostado y café barato me golpeó. Agarré una bandeja y me puse al final de la fila. Delante de mí dos chicas del equipo de porristas hablaban sin bajar la voz.
—¿Viste a la gorda de Literatura otra vez? Ayer casi no cabía en el asiento del aula.
—Juro que cuando se sienta se escucha el crujido. Da asco.
No me giré. Ya estaba acostumbrada. Las palabras entraban igual, se alojaban detrás de las costillas y se quedaban ahí todo el día. Seguí adelante, pedí dos tostadas y un café negro, y busqué la mesa más alejada, la de la esquina junto a la ventana rota. Nadie se sentaba ahí. Nadie se sentaba conmigo.
Mientras comía miré por la ventana el campo de hockey. A esa hora él ya estaban entrenando. Ethan Cole corría de un lado a otro con el stick en la mano, el casco colgando del brazo, el sudor brillándole en la nuca. Capitán del equipo. Estrella. El chico que todas querían y que, de alguna forma imposible, a veces me miraba a mí.
Cerré los ojos un segundo y recordé el martes pasado. Habíamos coincidido en la biblioteca, en la sección de poesía del siglo XX. Yo buscaba un libro de Anne Sexton. Él buscaba no sé qué. Nos quedamos solos entre las estanterías altas. Me sonrió de esa forma que solo usaba cuando no había nadie más alrededor.
—Te queda bien ese color —dijo, señalando mi sudadera gris. Mentira. El gris no me quedaba bien para nada. Pero él lo dijo con la voz baja, casi íntima, y por un momento el pecho se me llenó de algo caliente y peligroso.
—Gracias —susurré.
Él se acercó un poco más. El olor a su colonia y a la hierba fresca del campo me mareó.
—A veces siento que eres la única persona real en este puto campus, Julissa.
Después se fue. Como siempre. Como si esas palabras no pesaran nada. Como si no me las llevara a la cama todas las noches para destrozarme un poco más.
Terminé el café y salí hacia el edificio de Humanidades. El pasillo del segundo piso siempre olía a papel viejo y desodorante barato. Entré al aula de Teoría Literaria cinco minutos antes. Me senté en la última fila, junto a la pared. El asiento crujió. Alguien rió por lo bajo. No miré quién.
La profesora llegó y empezó a hablar de intertextualidad. Yo tomaba apuntes mecánicamente mientras mi cabeza estaba en otro lado. En el entrenamiento de hockey. En la forma en que Ethan se pasaba la mano por el pelo cuando sudaba. En la posibilidad absurda de que un día se acercara a mí delante de todos y dijera en voz alta lo que solo me decía en los rincones.
Cuando terminó la clase recogí mis cosas con cuidado. No quería que se me cayera nada. Ya había pasado. Ya me habían llamado “la ballena torpe” por menos.
Salí al pasillo y casi choqué contra un pecho amplio y firme. Levanté la vista. Ethan. Llevaba la chaqueta del equipo puesta, el pelo todavía húmedo de la ducha rápida después del entrenamiento. Me miró y, por un segundo, su expresión se suavizó exactamente igual que en la biblioteca.
—Hey —dijo en voz baja.
—Hola.
Alrededor de nosotros la gente pasaba, empujaba, hablaba. Nadie prestaba atención todavía. Él se inclinó un poco, lo bastante para que solo yo escuchara.
—Esta noche hay una reunión en la casa de los seniors del equipo. No es una fiesta grande. Solo unos cuantos. Si quieres… podrías pasar. Te guardo un sitio lejos del ruido.
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho. Una invitación. De él. A solas, casi. Le miré a los ojos y vi esa misma chispa que me había visto antes. La que me hacía creer, aunque fuera por segundos, que no era solo la gorda de Literatura.
—Yo… no sé si…
—Solo piensa en ello —susurró. Su mano rozó la mía un instante, apenas un toque de dedos. Después se enderezó, me guiñó un ojo y se fue caminando hacia sus amigos como si nada hubiera pasado.
Me quedé clavada en el pasillo. La gente me empujaba para pasar. Alguien murmuró “aparta, montaña”. Yo no escuché. Solo sentía el eco de su voz y el calor fantasma de sus dedos en los míos.
Caminé hasta el banco de piedra detrás del edificio de Biología, el único sitio donde casi nadie llegaba. Me senté. El banco crujió. Saqué el teléfono y miré la hora. Faltaban horas para la noche. Horas para decidir si me atrevía a ir.
Una parte de mí gritaba que era una trampa. Que los chicos como Ethan Cole no invitaban a las chicas como yo a menos que hubiera una broma detrás. Otra parte, la más estúpida y la más viva, se aferraba a las palabras de la biblioteca y al roce de su mano.
Me toqué el vientre por encima de la sudadera. Grande. Suave. Imposible de esconder. Cerré los ojos y me permití, solo por un momento, imaginar cómo sería que él me mirara de verdad delante de todos. Que me tomara de la mano. Que dijera mi nombre sin que sonara a burla.
El viento trajo voces desde el estacionamiento. Risas. El sonido inconfundible del stick de hockey golpeando el asfalto. Ethan y su grupo. Me agaché un poco, aunque desde aquí no podían verme.
Entonces escuché mi nombre.
—Julissa Vargas —dijo una voz que no era la de Ethan. Era la de Tyler, el defensa más ruidoso del equipo—. ¿En serio le dijiste que viniera esta noche?
Mi sangre se heló.
La risa de Ethan llegó clara, cercana, como si estuvieran a pocos metros del edificio.
—Relájate. Solo quiero ver la cara que pone cuando se dé cuenta de que nadie la va a dejar entrar. O mejor… cuando entre y vea que el único sitio libre es el sofá de la broma.
Más risas. Alguien dijo algo sobre “la silla especial para ballenas”. Otro mencionó una cámara. Ethan no negó nada. Solo rió con ellos.
Me quedé sentada en el banco de piedra con las manos temblando sobre el regazo. El teléfono vibró en mi bolsillo. Un mensaje nuevo. Del número que yo había guardado como “Ethan C.” hacía semanas, después de que me lo pidiera en la biblioteca “por si necesitaba apuntes”.
Espero verte esta noche. Habrá un sitio solo para ti.
Miré la pantalla hasta que las letras se me borronaron. El mismo chico que me había rozado los dedos hacía diez minutos. El mismo que ahora planeaba humillarme delante de su equipo.
Me levanté del banco. Las piernas me pesaban el doble. Caminé de regreso a la residencia sin mirar a nadie. Subí las escaleras. Entré en mi habitación. Cerré la puerta con llave.
Me senté en la cama y miré el mensaje otra vez. El corazón me dolía de una forma física, como si alguien me hubiera metido el puño dentro y estuviera apretando.
Había dos opciones.
Borrar el mensaje, quedarme en la habitación y seguir siendo invisible.
O ir.
Ir y ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Abrí el armario. Saqué la única blusa negra que me quedaba más o menos bien, la que escondía un poco las caderas. La dejé sobre la cama. Después miré mi reflejo en el espejo del ropero, ese que evitaba siempre.
Esta noche iba a decidir si seguía creyendo en las palabras que me decía a solas…
O si por fin entendía que para Ethan Cole yo sol era el chiste más gordo del campus.
Y todavía no sabía cuál de las dos cosas me dolería más.
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Última actualización: 10/16/2026
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