Capítulo 3 Capitulo 3
La mano de Ethan seguía extendida hacia mí. Abierta. Paciente. Como si realmente estuviera ofreciéndome ayuda y no el primer acto de un espectáculo que ya tenía cámara y público.
Alguien detrás de Tyler gritó:
—¡Siéntala de una vez!
Otra voz, más aguda, de una chica que se había asomado por la puerta:
—¿Es la gorda de Literatura? Dios, pensé que era broma.
Las risas se multiplicaron. El teléfono de Tyler seguía grabando. Otro chico levantó el suyo. La luz de las pantallas me iluminaba la cara. Yo seguía de pie en el centro de esa habitación pequeña, con la blusa negra pegada al cuerpo y el corazón latiéndome en la garganta.
Ethan no retiró la mano.
—Julissa —dijo con esa voz suave que solo usaba cuando estábamos solos—. No hagas que sea más incómodo. Siéntate. Es solo una broma entre amigos.
Amigos. La palabra me rozó como una bofetada.
Dio un paso más cerca. Sus dedos rozaron los míos. El contacto fue breve, casi afectuoso, y por un segundo absurdo mi estómago se contrajo con la misma esperanza estúpida de siempre. Después él apretó un poco, como si quisiera guiarme hacia el sofá, y la esperanza se quebró.
Retiré la mano de golpe.
—No.
La palabra salió más fuerte de lo que esperaba. El silencio que siguió duró apenas un segundo, pero se sintió eterno. Tyler bajó un poco el teléfono, sorprendido. Ethan levantó una ceja. La sonrisa no se le borró del todo, solo se afiló.
—¿No? —repitió, como si le divirtiera—. ¿Después de venir hasta aquí?
—Vine porque me mentiste.
Las voces del pasillo se callaron un poco. Más gente se había acumulado en la puerta. Vi caras conocidas del equipo de hockey, de las porristas, de chicos de mi facultad que nunca me habían dirigido la palabra. Todos miraban. Todos esperaban.
Ethan soltó una risa corta, la misma que usaba en los partidos cuando el árbitro le sacaba tarjeta.
—Nadie te mintió, Julissa. Te dije que había un sitio para ti. Ahí está.
Señaló el sofá con la barbilla. El sofá viejo, hundido en el centro, con un cojín colocado de forma extraña, como si alguien hubiera intentado reforzarlo. En el respaldo alguien había pegado un cartel improvisado con rotulador negro: “Trono de la Ballena – Capacidad extra”.
El pecho me ardió.
—Eres un hijo de puta —susurré.
Ethan inclinó la cabeza, fingiendo no haber oído bien.
—¿Qué dijiste?
Levanté la voz.
—Que eres un hijo de puta.
Esta vez las risas fueron más fuertes. Alguien aplaudió. Tyler levantó el teléfono otra vez y gritó:
—¡Esto sí que vale la pena! ¡La gorda se defiende!
Ethan dio un paso atrás, levantando ambas manos en un gesto teatral de rendición. Su mirada, sin embargo, no era de rendición. Era de cálculo. Estaba midiendo hasta dónde podía empujarme delante de todos.
—Tranquila —dijo, todavía sonriendo—. Nadie te va a obligar a sentarte. Solo pensamos que te gustaría un lugar especial. Ya sabes… uno que aguante.
La sangre me subió a la cara con tanta fuerza que me zumbaban los oídos. Sentí el calor en las mejillas, en el cuello, en la raíz del pelo. El mismo calor que sentía cada vez que alguien comentaba mi peso en voz alta. Solo que esta vez no era un comentario al pasar. Era un escenario. Y el chico del que estaba enamorada era el director.
Me giré hacia la puerta. El pasillo estaba bloqueado por cuerpos. Nadie se movía. Alguien me empujó suavemente por la espalda hacia el centro otra vez.
—No te vayas todavía —dijo una voz de chica—. Acaba de ponerse interesante.
Ethan se colocó entre yo y la salida. No me tocó. Solo se interpuso. Su pecho ancho me cerraba el paso. Me miró desde arriba, con esa altura que siempre me había gustado y que ahora me hacía sentir todavía más pequeña.
—Julissa —bajó un poco la voz, pero no lo suficiente para que solo yo lo escuchara—. No hagas un drama. Es una fiesta. Ríete un poco. Si te vas ahora vas a parecer… sensible.
La última palabra la dijo con cuidado, como si fuera un regalo envenenado.
Sensible. La gorda sensible que no aguanta una broma.
Algo dentro de mí se rompió con un ruido seco que solo yo escuché.
Le miré a la cara. A esa cara que había besado en mis sueños tantas veces. A esos ojos verdes que me habían sostenido la mirada en la biblioteca y en el pasillo. Ya no había nada de aquello. Solo el brillo de quien sabe que tiene el control.
—Muévete —dije.
Él no se movió.
—O qué.
No tenía un “o qué”. No tenía fuerza, ni amigos detrás, ni una cámara propia que pudiera usar en mi favor. Solo tenía la vergüenza subiendo por la garganta y las piernas que empezaban a temblar de verdad.
Tyler se acercó por el lado y me puso una mano en el hombro. Pesada. Demasiado familiar.
—Vamos, ballena. Una fotito y te dejamos ir. Para el recuerdo del equipo.
Intenté zafarme. Su mano apretó más.
—Suéltame.
—Solo una. Sonríe.
El flash de un teléfono me cegó. Después otro. Alguien gritó que me agachara un poco para que saliera entera. Ethan no intervino. Solo observaba, con los brazos cruzados y esa media sonrisa que ahora odiaba más que cualquier insulto.
La mano de Tyler siguió en mi hombro. Otro chico se acercó por el otro lado. Me sentí rodeada. El aire de la habitación se volvió espeso, cargado de perfume barato, cerveza y el olor a sudor de los cuerpos que me apretaban.
Por un segundo pensé que iba a vomitar.
Después pensé en correr. En empujar. En gritar más fuerte. Pero el cuerpo no me respondía. Se había quedado pesado, exactamente como ellos esperaban que estuviera. Grande. Lento. Fácil de atrapar.
Ethan se acercó una vez más. Esta vez sí me tocó. Me tomó la muñeca con suavidad fingida y me acercó un poco hacia él, como si fuera a susurrarme algo solo a mí. Su boca quedó cerca de mi oído. El aliento me rozó la piel.
—Si te quedas callada y sonríes —murmuró—, esto termina más rápido. Si sigues gritando, la próxima semana todo el campus va a tener el video. Tú decides.
Aparté la cara de golpe. Nuestros ojos se encontraron a centímetros.
En ese instante supe que la declaración que había planeado durante meses nunca iba a ocurrir. No porque yo no tuviera el valor. Sino porque él nunca había merecido escucharlo.
Le escupí la verdad en la cara, sin gritar, pero con toda la claridad que me quedaba:
—Nunca me gustaste de verdad. Solo me gustaba la versión que inventabas cuando nadie miraba.
La sonrisa de Ethan se congeló por primera vez en toda la noche.
Alguien silbó. Tyler soltó una carcajada.
—¡Hostia, la gorda tiene veneno!
Ethan soltó mi muñeca como si quemara. Dio un paso atrás. La expresión de su cara cambió. Ya no era solo diversión. Había algo más oscuro. Ofendido. Herido en el orgullo.
—Fuera de mi casa —dijo en voz baja y cortante.
No me lo tuvieron que repetir.
Empujé a Tyler con las dos manos. No fue un empujón fuerte, pero él no se lo esperaba y retrocedió lo suficiente para abrirme un hueco. Atravesé el grupo en la puerta. Alguien me llamó “puta gorda”. Otra voz gritó que volviera, que la fiesta apenas empezaba. No me detuve.
Bajé las escaleras de la casa casi tropezando. El aire frío de la noche me golpeó la cara como una bofetada necesaria. Caminé sin rumbo por el estacionamiento, después por el sendero que bordeaba el campo de hockey. Las luces de la casa se fueron quedando atrás. Las risas también.
Solo cuando llegué al puente pequeño que cruzaba el río del campus me detuve. Me agarré a la barandilla de metal. Las manos me temblaban tanto que el frío del hierro se me metió hasta los huesos. Respiré hondo. Una vez. Dos. El pecho seguía ardiendo.
Saqué el teléfono. La pantalla se iluminó con notificaciones nuevas. Mensajes del grupo de la facultad. Capturas. Ya estaban compartiendo fotos. En una se me veía de pie en el centro de la habitación, la cara roja, la blusa negra marcándome cada curva. En otra Tyler me tenía agarrada del hombro y yo miraba a Ethan con una expresión que solo podía describirse como rota.
Borré las notificaciones una por una. No lloré. Todavía no. El llanto vendría después, cuando estuviera a solas en mi habitación y nadie pudiera grabarlo.
Me quedé mirando el agua negra del río. El reflejo de las farolas temblaba sobre la superficie. Por un momento me pregunté qué se sentiría dejarse caer. El pensamiento llegó y se fue igual de rápido. No era ese tipo de persona. Todavía no.
El teléfono vibró otra vez. Un mensaje nuevo. De Ethan.
No debiste decir eso delante de todos. Mañana hablamos.
Lo leí tres veces. Después apagué la pantalla sin responder.
Mañana. Como si todavía hubiera algo que hablar. Como si las palabras privadas que me había dado durante semanas no se hubieran convertido en basura delante de media universidad.
Me sequé la cara con la manga de la blusa aunque no había lágrimas todavía. Me di la vuelta y empecé a caminar de regreso a la residencia. Cada paso resonaba demasiado fuerte en la noche callada.
No sabía que, a menos de cincuenta metros, apoyado contra el tronco de un árbol grueso y envuelto en una chaqueta oscura, alguien me había estado observando desde que salí corriendo de la casa.
Un chico alto, de hombros anchos y postura tensa, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada fija en mi espalda. No se acercó. No dijo nada. Solo siguió mi figura hasta que desaparecí entre los edificios de las residencias.
Caín había llegado al campus esa misma tarde.
Y esa noche, sin que yo lo supiera, ya había decidido que la siguiente persona que me hiciera llorar iba a tener que pasar primero por él.
