Capítulo 4 Capitulo 4
No dormí.
Me quedé sentada en el borde de la cama con la luz apagada y el teléfono boca abajo sobre la mesa de noche. Cada vez que vibraba sentía un golpe seco en el estómago. No lo miraba. No hacía falta. Ya sabía lo que iba a encontrar.
Al amanecer el cuerpo me pesaba como si hubiera corrido kilómetros. Me duché con agua fría hasta que los dedos se me pusieron morados. Me vestí con la sudadera más ancha que tenía y un pantalón negro que me llegaba casi a los tobillos. El pelo lo recogí en una coleta baja sin mirarme al espejo. No quería ver la cara de la noche anterior.
Bajé las escaleras de la residencia evitando el rellano donde siempre había gente. El comedor estaba medio vacío a esa hora. Agarré un café negro y me senté en la mesa de la esquina, la misma de siempre. Nadie se acercó. Pero las miradas sí. Las sentí en la nuca, en los hombros, en la forma en que dos chicas del primer año se inclinaron la una hacia la otra y rieron bajito mientras me miraban de reojo.
Saqué el teléfono. La pantalla se llenó de notificaciones. Mensajes del grupo de la facultad. Capturas. Enlaces. Uno de los videos ya tenía más de doscientas visualizaciones. En él se me veía de pie en el centro de la habitación, la cara roja, Tyler agarrándome del hombro y Ethan sonriendo como si todo fuera un juego divertido. El audio era imperfecto, pero se escuchaba claramente la palabra “ballena” y mi voz diciendo que nunca me había gustado de verdad.
Cerré la aplicación. El café se me había enfriado entre las manos.
La primera clase del día era Teoría Literaria. Entré dos minutos antes de que empezara y me senté en la última fila, pegada a la pared. El asiento crujió. Alguien detrás de mí susurró algo que no quise entender. La profesora llegó y empezó a hablar de intertextualidad como si el mundo no se hubiera roto la noche anterior. Yo abrí el cuaderno y fingí tomar apuntes. Las palabras se me escapaban. Solo escuchaba el eco de las risas de la fiesta y la voz de Ethan diciendo “confía en mí”.
Cuando terminó la clase recogí mis cosas con cuidado. No quería que se me cayera nada. Ya había sido suficiente espectáculo.
En el pasillo casi me atropella un grupo de chicos del equipo de hockey. Tyler iba al frente. Me vio y abrió una sonrisa amplia.
—¡Eh, Julissa! ¿Descansaste bien después de tu debut?
Los demás rieron. Uno de ellos levantó el teléfono y fingió grabarme otra vez. Seguí caminando sin responder. Las piernas me temblaban, pero no me detuve. Doblé por el pasillo lateral que daba hacia las escaleras de emergencia. Quería aire. Quería desaparecer.
Empujé la puerta de salida y salí al patio trasero del edificio de Humanidades. El aire de la mañana olía a hierba húmeda y a café de la cafetería cercana. Me apoyé contra la pared de ladrillo y cerré los ojos. Respiré hondo. Una vez. Dos. El pecho seguía ardiendo.
—Oye.
La voz era grave, baja, y no la reconocí.
Abrí los ojos.
Un chico alto estaba de pie a unos metros de mí, bajo la sombra de un árbol. Llevaba una chaqueta de cuero negra, jeans oscuros y las manos metidas en los bolsillos. El cabello negro le caía un poco sobre la frente. Tenía tatuajes que subían por el cuello y una expresión cerrada, casi aburrida, pero los ojos… los ojos me miraban con una intensidad que no estaba acostumbrada a recibir.
No era de mi facultad. No lo había visto antes en ninguna clase. Y sin embargo algo en su postura me resultó familiar, como si ya lo hubiera sentido cerca la noche anterior.
—¿Qué? —pregunté. La voz me salió más áspera de lo que pretendía.
Él no se inmutó.
—Eres la chica del video.
No era una pregunta. Lo dijo como quien confirma un dato. Yo apreté la mandíbula.
—Si vienes a reírte, hazlo rápido y lárgate.
Él ladeó un poco la cabeza. No sonrió. No se burló. Solo me estudió en silencio durante unos segundos que se me hicieron eternos.
—No me río —dijo al fin—. Odio a la gente que se ríe de los que no pueden defenderse.
Me quedé callada. No sabía qué responder a eso. Nadie me había dicho nunca algo así. Ni siquiera en broma.
Él dio un paso más cerca, pero sin invadir del todo mi espacio. Desde esa distancia pude ver una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda y el brillo frío de un piercing en la oreja.
—Me llamo Caín —añadió—. Llegué ayer. Supongo que ya te enteraste de que nadie quiere acercarse mucho a mí.
—¿Y por qué me estás hablando entonces?
Él se encogió de hombros con una naturalidad que contrastaba con su aspecto.
—Porque te vi salir corriendo de esa casa anoche. Y porque los idiotas que te grabaron siguen paseándose como si nada. Me caen mal.
Guardé silencio. El viento movió unas hojas secas entre nosotros. Caín sacó una mano del bolsillo y se pasó los dedos por el pelo, revelando más tatuajes en los nudillos.
—No necesito que me defiendas —dije al fin. Sonó más orgullosa de lo que me sentía.
—No estoy ofreciendo defenderte —respondió él—. Solo digo que si alguien vuelve a ponerte las manos encima delante de mí, va a tener un problema. Eso es todo.
Me miró un segundo más. Después asintió una sola vez, como si la conversación hubiera terminado, y se dio la vuelta. Empezó a caminar hacia el estacionamiento sin mirar atrás.
Me quedé apoyada contra la pared con el corazón latiéndome demasiado rápido. No por miedo. Por algo distinto. Algo que no sabía nombrar.
Saqué el teléfono otra vez. El video seguía sumando visualizaciones. Había comentarios nuevos. Uno de ellos decía: “La gorda se cree que puede contestar. Alguien debería recordarle su lugar”.
Cerré la pantalla. Levanté la vista. Caín ya casi había desaparecido entre los coches, la espalda ancha envuelta en cuero negro, caminando como si el campus entero le importara una mierda.
Por un momento absurdo pensé en llamarlo. En pedirle que se detuviera. En preguntarle por qué realmente se había acercado.
No lo hice.
En cambio me aparté de la pared y empecé a caminar hacia la biblioteca. Necesitaba un sitio donde nadie me mirara. Un sitio donde pudiera respirar sin sentir que el aire me pesaba.
No sabía que, a menos de diez minutos de distancia, Ethan Cole estaba sentado en el vestuario del equipo revisando el mismo video una y otra vez. Y que, al llegar al final, cuando se escuchaba mi voz diciendo que nunca me había gustado de verdad, su expresión había dejado de ser divertida.
Ahora solo había algo frío y decidido en su cara.
Algo que prometía que la noche de la fiesta no había sido el final.
Había sido solo el comienzo.
